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El viejo, la lluvia y la aspirina

El viejo se aparto.
Perdió su mirada
y se apeó en el recuerdo.

Llovía, llovía intensamente...

Los limpiadores cesaron.
muertos por el agua de los cielos.

Detuvo el carro.
Soltó su mano del volante
y la depositó en la frágil nuca de la mujer.

La mujer
en silencio toleraba el martilleo en su cabeza.
Con seguridad,
en el hueco de la nuca acechaba el animal.

Era un cuello frágil y llovía, llovía, llovía... .

La mano subía y bajaba.
Eran caricias analgésicas obsequiadas con las yemas de los dedos.
Sólo se detenían a fumar un cigarro entre los dorsales y el Nilo de la espalda.

Ella ,
Aflojó la tensión y lo invitó a seguir.

Dos manos iban y venían.
Que mojaban,
que humedecían.
y dejaban abismos que después rellenaba
con la espuma de un mar de olas pequeñas.

Afuera, era un grito de cántaros rotos.

¿El dolor? le preguntó.
Me lo quitas con las manos.

Y estas, crecieron desmesuradas.
Entre trópicos encendidos
Llegaron al pómulo de sus pechos.

El climax del agua coincidió con el arrebato.

Ella fue quién lo guío.
Y sentada lo cabalgó en la tormenta.

Afuera, aplastados al cristal, los limpiadores eran parte del agua.

Después:

Llévame a la casa no sea que me vuelva el dolor.
-Le dijo.


¿ Por qué tardaste tanto?
preguntó su esposa.

-Se mojaron los cables del carro mujer-

¿Y ella? ¿mi amiga?

A ella, se le quitó el dolor.
¿Y con qué? Pues con una aspirina,
¿ con que otra cosa se le puede quitar?
le respondió.




Texto de sendero agregado el 16-08-2003.
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