Nunca me pidió permiso. Simplemente lo hizo. Hizo que pasara. Dejé que pase. Se adueño del tiempo, del tiempo del espejo. Me quitó las visiones y me llenó de imágenes. Construyó mi mundo sobre un laberinto de reflejos, mi yo yacente, mi yo de rodillas, mi yo desvalido. Y no tuvo clemencia. Todos recordamos exactamente el día en que perdimos la inocencia, de forma definitiva, o los rezagos de ella. Todos sabemos cuándo dejamos de ser niños y adquirimos esa fachada, ese principio de adultez que no nos engaña ni a nosotros mismos. Agazapado, contraído, asustado. Eso recuerdo principalmente. El olor del miedo. El sabor de mi boca. Mi saliva apestosa y turbia. Mis pies paralizados, inútiles, desobedientes de mi voluntad. En el sueño te asaltan, te apuntan, amenazan con dispararte, matarte, “quitarte la vida”, arrebatarte todos los recuerdos, sueñas que huyes, lejos, golpeándote contra las ramas, arañado de espinas, tus brazos como machetes, siempre estás en un bosque y las sombras te pisan los talones, susurran en tu oído, sus voces te laceran los oídos, sus alientos te destrozan la médula, corrompiendo tu inconsciencia. Despiertas, “vuelves a la vida”. Yo no. Nunca despierto. Vivo en la pesadilla. Y sé que no voy a despertar. El amanecer es el ocaso de mi mundo. |