El reloj detuvo su memoria a las seis; al igual que tu voz, se ha callado. El tiempo marca los suspiros vespertinos, en un revoloteo inquieto de miradas. No estás, y el silencio ahoga sus voces en la negrura helada de mi luna; tras las sombras amanecidas sin tu piel. Y te extraño; como un manto de sentidos que recorren nuestras sábanas; cóncava y convexa de ti; hueca de tu espacio, como una estrella fugaz deslizando de placer, sin tu figura. Y no vienes; el crujir de la puerta no te anuncia en una reverencia de chillidos; los soles han huido, como un lobo hambriento en busca de esperanza. Te espero; tras el cristal en celo que me cubre; perdiendo y encontrando tu risa, para continuar esta batalla solitaria.
Y regresas, desprendiendo el cielo con tus manos; bajo el alba de mis pechos abiertos a tus labios. Me vuelves a tener entre tus alas, desafiando al viento de tu ida; como un espejismo de cuerpos a la par. Y mueres dentro de mi vientre, en cada bocanada; bajo la lluvia de mis lenguas que ejecutan tus plegarias; como un mártir de placer rodando en mis sentidos; has vuelto a sumergirte con mi sangre, en la bahía de mis huesos; para encallar bajo la espuma de tu oleaje que baña mis secretos.
Ana.
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