Éramos
el goce nocturno del verbo,
los androides programados contra
todo tipo de giros,
todo tipo de vuelos
y todo tipo de tipos.
Así,
amalgamados con la sed constante
fuimos la sombra imperfecta del negro
y, a partir de la 2, el negro mismo.
Frío pigmento
de desérticas magnitudes.
Olfateábamos
el vientre chancroso de las calles
hasta olvidar el agujero
en la manta ontológica
o remendarlo con mentiras e ilusiones herbáceas.
Nos gustaba
ver la luna cubierta por el sarro
y, sin darnos cuenta, dormirnos
o disiparnos
hacia callejones sin miel.
A la mañana
intentar recordarla,
dibujar sus rasgos
con la incertidumbre
del retoque imaginario.
Nos gustaba,
en serio.
Tanto, o más, como hablar
de libros obsoletos
o la bola escatológica
llamada vulgarmente “Sol”.
Cautivos de olas indecisas
no arrastrábamos
entre vomito y orín divino.
Lluvia y lodo,
éramos,
yuxtapuestos.
¿Qué ganamos
bebiendo tanto?
Solo más sed.
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