LA EXCEPCION A LA REGLA
Si bien el arte nunca se atreverá a cerrar su círculo, me temo que sí se verá en problemas muy pronto para proponer esa extraña mezcla de sudor y talento que pocos artistas se han decidido a lograr, y que suele llamarse originalidad.
Resulta fácil de comprender pero difícil de asimilar: algún Neandertal inteligente ideó la manera de transformar y preservar la sangre de un rinoceronte peludo en imágenes; mientras la insuperable gama de matices suele ser insuficiente para que el pintor actual de un paso más allá de aquellos cavernícolas o el escritor aventure su imaginación un milímetro eterno; en ambos casos buscando un Estilo. Tal parece que todo lo que el humano contemporáneo ha heredado son simples cuadrados perfectos.
Esta es la razón por la que mi vieja mecedora a ratos me arrulla; esperando sin prisa a que las escasas nubes nocturnas, después de la lluvia, se alejen para seguir leyendo en libertad este libro inédito, manuscrito. También me extasiaré con la pulcritud de invisibles pinceles proyectados perpetuos.
La noche es tibia aquí en el trópico, olorosa en extremo; como si el chaparrón que hace rato cayó fuese salvaje caricia invitando a la tierra y su espesura a desfogar sensaciones, emociones que ahora flotan en la oscuridad.
He evitado toda clase de luz para evitar a la vez toda clase de hambrientos espectadores. Me rastrean… Yo suspiro, al descubrir en lo alto una parvada de flamingos apenas visibles, ligeros, dirigiendo su vuelo al eterno santuario donde provocarán novedosas tonalidades al salpicar sus alas rosadas con la espuma marina del mediodía.
La concavidad celeste nunca ha entendido de cuadrados, mucho menos perfectos. Tan diferente concepto a un sublime acabado.
Lo que más me gusta de mis citas con la nada es que nunca sé si lo que el firmamento me obsequiará será otro extenso capítulo de la novela o un divertido cuento de famas y cronopios de cristal; hasta ese aforismo nunca ideado, recordado; esto sin contar el tímido lamento de un cotorrito, pareciendo pedirle a los sapos, con su angustia entrecortada, un minuto de silencio para que la cascada guíe a su madre hacia él, al pie del cafetal, donde el canto titubeante de grillos y chicharras parecen comprender su orfandad.
La Osa Mayor es lienzo en proceso brillando transparente. No me decido entre concentrar mi vista en el bosquejo o en el poema en movimiento de una sola línea, que quizás sea uno de esos satélites rusos fotografiando en infrarrojo las antenas de los escasos moscos que han percibido mi Ardor, provocando comezón en mis tobillos; en tanto paso de página:
Es un códice escrito hace millones de años en otros planetas. No puedo darme el lujo de ignorarlo, pues cada estación, cada año, la novela se reinventa a sí misma; dejándome como efímera moraleja mi propia innovación.
¿Tendré suerte esta madrugada de leer uno de eso lirismos anónimos? Aquellos que pareciera nunca existieron. Todo depende del calendario gregoriano y sus famosas predicciones.
¿A quién le interesa empaparse de noticias inútiles para enterarse por casualidad que esta noche sucederá una lluvia de estrellas; mientras te quedas dormido con el pulgar hinchado de tanto cambiar el canal? ¿Por qué la gente no entiende que la mejor estrategia de sobrevivencia es la sorpresa? Lo único que falta es que mañana digan los diarios: “Hoy, a las 9:36:04, sobrevolará el muelle de Tampico el primer pico de la parvada número catorce de la temporada de flamingos 2005”; diez segundos después ya habrás olvidado la nota.
La quietud es impresionante, aquí, lejos de la civilización. A pesar del murmullo animal logro escuchar el movimiento de ramas ante el vuelo del ave nocturna al asecho de la sangre de su presa; misma que al amanecer se transformará en canto capaz de metamorfear al cubo en esfera.
Lo anterior me hace reflexionar: esta infinita biblioteca posee la extraordinaria capacidad de convertirse en galería donde a diario se exponen, a manera de frescos, las escenas intemporales de las obras de teatro más significativas en la relativamente corta historia artística del planeta. Galería enmarcada, de vez en cuando, por alguna estela a manera de ensayo sin corregir; vamos, sin tema o ideas por meditar. Apasionado cometa anunciando el resurgir de la sensibilidad.
Pólvora impregnada de tintas secas, de matices en reposo. Los hambrientos espectadores siguen cualquier rastro; llamando mi atención el sonido de la lluvia tan parecido al de una sala de conciertos abarrotada de aplausos bofos; masacrando las palmas inconscientes a las entrelíneas pinceladas de cientos de luciérnagas que solían despertar en parpadeos luminosos la marquesina:
“PROXIMAMENTE, EL BOSQUEJO DE LA OSA MAYOR SERÁ PRELUDIO A POSTERIORES RENACIMIENTOS”.
Estoy seguro de que aquel Neandertal aprendió su primer moraleja al salir de su hogar después de la tormenta: “Siempre existirán excepciones a la regla”; internándose en la selva esa luz de esperanza, obsequiándole al cotorrito la paz necesaria para ir a soñar contigo, anónimo retoño perdido en el trópico.
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