En esta noche, al borde de la soledad, recuerdo las mañanas frías en las que solíamos alargar hasta el infinito el instante último en que separábamos el abrazo, la mirada, el beso como aquel niño que aleja la mano de su madre en la puerta de la escuela. Y siento que alguito se me va, se escurre a través del ritmo lento de mis dedos galopando el teclado.
Cierro el libro y sostengo para mi la inmensa frase de Roa Bastos: “Al futuro entramos de espaldas”. Hoy, este presente continuo es tiempo de un pasado, delgadísimo, raquítico en el que retengo el recuerdo de tu rostro como el de tantos miles que han quedado en la otra margen del río. Y el futuro, es yo de espaldas, mirando el pasado, tendida en esta cotidiana contemporaneidad que me regala la continuidad de nuevos, cómplices rostros, miradas, manos, gestos.
Y ahora soy la memoria de la cuidad amorfa que se teje en la cabeza de cuánto existe en cualquier latitud. Memoria extendida hacia el futuro inminente, ése en el cual nos reiremos tan fuertísimo de la muerte por mucha mano opresora que habite, por mucho ejército de cristos flaquitos.
Y tú, la inclemente remembranza que azota de madrugada en la ventana. Una estampida de animales salvajes en fuga. El páramo de la almohada. La suma de palabras que ya no remiten a tu nombre, el mío, como la misma imagen.
|