Carlos Bauman, extranjero, se encontraba sentado en una de las tantas paradas de autobuses sobre una de las calles de Asunción, esperando uno que lo lleve hasta las cercanías de su hotel mientras la gente caminaba acelerada por la llovizna de aquel invierno.
—Joven, joven —se dirigió a él, la voz lastimera de una anciana que se acercaba lentamente, con una carga en la espalda, la cual sostenía con la mano derecha, y con la izquierda un bastón de ébano. Vestía un atuendo de una sola pieza, indecente y andrajoso, y un paño color negro cubría sus grisáceos cabellos. Carlos Bauman observó a la viejecita y al instante reconoció en ella a una mendiga.
— ¿Podría usted ayudarme con el bulto? —Expresó y alzó su temblorosa mano para señalar el lugar a unas seis calles—. Debo llegar hasta aquel edificio.
Carlos Bauman, sin pensarlo siquiera, dejó su asiento y se dispuso a ayudarla.
—Le agradezco mucho, hijo, hoy día ya cuesta encontrar caballeros —decía mientras caminaba lenta y encorvada. Su bastón al chocar contra la vereda de concreto asemejaba al paso de un cojo, que peligraba caer. El joven marchaba a su lado con la carga en brazos.
— ¿Qué lleva en esta bolsa señora, piedras? —Preguntó, sólo para romper el silencio y dibujar una sonrisa en su rostro.
—No —respondió la viejecita coloreada por cierta timidez—, eso que usted lleva bien envuelto es lo que la gente me dio hoy día para que yo no muera de hambre —objetó, y después de soltar una risilla agregó—, notará usted que a esta edad una mujer ya no puede valerse por sí misma.
Pronto llegaron frente a un gran caserón abandonado y borroso por la llovizna. El lugar que la anciana había indicado.
—Sígueme hijo, es por aquí.
La viejecita se perdió en la oscuridad de un pasillo que daba al interior del recinto. Carlos Bauman la siguió a ciegas.
—Por aquí, por aquí —decía la voz de la anciana en medio de la nada—, aquí está.
La puerta se abrió y una luz tenue se despidió del interior del cuarto. Al ingresar a la habitación, Carlos Bauman descubrió que se trataba del sótano. Bajaron la escalera y la viejecita fue apresurada hacia una lumbre donde, al parecer, había olvidado un perol. En tanto, el joven depositaba su pesada carga sobre una pequeña mesa.
—Que el Altísimo se lo pague —agradeció la viejecita el favor al joven, luego, juntó las manos a la altura del pecho y continuó—, pero, me sentiría una aprovechadora si no le invito una taza de chocolate caliente antes de que vuelva a las frías calles de la ciudad.
—Agradezco la invitación señora, pero, el bus de las seis me va a dejar —dijo Carlos Bauman al tiempo que alzaba la muñeca para mirar su reloj de pulsera.
Dudó un instante y sin dejar de mirar la maquina se dirigió a la anciana:
—Pensándolo bien, no es muy tarde y ese aroma me invita a quedarme un momento más.
—Siéntese —dijo cordialmente la anciana señalando una pequeña silla con rasgos góticos, diferente a otra que estaba al extremo de la mesilla—, mi mesa es pequeña, como verá, no es para invitados.
Sonriente, la anciana, acercó una humeante taza y luego tomó asiento para acompañar a su huésped.
Él bebió unos sorbos con brillante delicadeza, opacando los modales de la anfitriona. Bajó la taza, unió sus manos palma con palma, las sopló y las frotó para obtener cierta calidez y por último expresó:
—Hay mucha humedad aquí, no entiendo cómo puede resistir estas condiciones señora...
—Llámeme Eli —interrumpió la viejecita —, por cierto joven no se ha presentado.
—Carlos Bauman —contestó antes de volver a llevar la taza a la boca.
—Mire señor Bauman —dijo con cierto tono de enojo—, no fue mi elección tomar este sótano como vivienda —se levantó apoyando las dos manos sobre la mesa, y alzando la voz continuó diciendo—, no es culpa mía que este país esté gobernado por gente corrupta y que los pobres cada vez crezcan en número y que los ricos se vuelvan más ricos.
Carlos Bauman la observaba atentamente sosteniendo su taza a la altura del mentón.
La vieja calló un instante sin apartar la mirada de la de su huésped. Por fin extendió la mano para tomar el bulto que Carlos había cargado al principio.
—Y estos ricos, joven, no tienen piedad de los pobres —decía mientras descubría el contenido del bulto que, hasta ese momento, se encontraba envuelto—, ¿usted cree que voy a comer piedras? —dijo, y se desparramaron los cascotes que, con un ruido sordo, cayeron en el piso.
En ese momento, el rostro de la anciana adquirió un extraño cambio abandonando totalmente su primera apariencia.
— ¿Piensa usted, que yo recorro los basureros para luego ir a retirar alimentos que me regala la gente?... No, no es así y debería saberlo —expresó la anciana apuntando a su huésped con un dedo tembloroso pero acusador y concluyó diciendo:
—Por su acento, sé que no es de aquí, además, de haber sido no me hubiera ayudado.
En ese instante una taza estalló contra el piso en mil pedazos. Carlos Bauman perdió el control de sus manos, sus dedos se contrajeron con tal violencia que, sus huesos parecían desquebrajarse.
— ¡Vieja maldita! —exclamó comprendiendo lo que había ocurrido.
Intentó ponerse en pie y cayó al piso dando fuertes convulsiones, y luego de intentarlo nuevamente volvió a caer. Sus pupilas se perdieron dejando en blanco sus globos oculares.
Dando un gemido casi animal dejó de temblar y sus convulsiones cesaron. Una línea amarillenta de sustancia líquida resbaló entre sus azulados labios y se expandió en el piso.
La viejecita movió con el pie el cadáver, tomó un cuchillo y dejo escapar una macabra risilla.
Mientras tanto, la noche cubría con su oscuro manto la jungla de cemento. Húmeda, fría y cruel como el corazón de sus habitantes. Se acercaba la hora de la cena. |