LAS REGLAS DEL AZAR
Rendidos en un perdón momentáneo, las anécdotas contrastaban a manera de espejismo, ocultando tu mirada al destino casual. Tú por invitarme a ganar; yo al derrotarte, sin reglas de por medio.
La rutina decidió habilitar excusas en nombre del día que se fraguaba, perezoso; entre el desenfado de tus sábanas de agua; evitando, hasta donde les fue posible, la creación de otro patético domingo, cómplice del neón de ayer; veda impregnada de la verdadera anécdota de esta ciudad indiferente a heroínas en celo adormecido.
Nos seguíamos a través de las manchas del cristal, vibrante apenas cuando el chofer aceleró, diluyéndose el camastro nebuloso; y esos labios al fin se animaron a confiarme la condena inconmovible en el cemento de tu esquina, perfumada barata, desnuda de maquillajes; pidiendo a gritos un sueño sin almohadas ni lecho, donde al fin escurriesen tus ojos tan vulnerables que por un instante te olvidaste del fantasma, asceta sinvergüenza.
Aún sonrío; pero el polvo de la lluvia me sigue ocultando a tu mirada.
Sí, haz un esfuerzo, que si sonrío no es porque me sienta un tonto; bien conozco las reglas del azar.
Anda, ve a dormir. El sol te puede convertir en mariposa prematura. Nada me debes. Me pesa mucho tener que aceptar que nada te debo, mujer casual de destino perdido.
Quizás por esto te sigo sonriendo, al alargar mis ojos hasta la última ventana y la siguiente esquina donde te encuentro de nuevo, tapizada en abstracto con lujo de zapatillas; obligándome a tocar el timbre de tu ataúd por última vez.
|