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La realidad no juega

El silencio se adueña de la estancia, la recorre, como una lengua de hielo se posa en cada uno de los que, cual fichas de un juego de damas interrumpido, esperan que la luz decrezca y les lleven a cenar.

Miguel es uno de ellos. Un momento antes creyó percibir que el vello de los brazos se le erizaba y se le aceleró el corazón, por eso no percibe con claridad la caricia de la lengua de silencio. Ahora está aprendiendo a diferenciar los sentidos y aún no domina muy bien algunas percepciones para otros tan evidentes como la diferencia entre el día y la noche, entre la vida y la muerte.

Trata de mover los ojos. Hoy le han colocado de forma que casi ve la ventana. Es inútil. Sin embargo no se enfada. Además, el intenso dolor que le provoca el esfuerzo le hace sentirse vivo. Lo que no quiere es cerrarlos. Cerrar los ojos supone abrir la puerta a los demonios que le traen el recuerdo de aquel día en el que todo cambió.

El sueño siempre empieza igual: Mercedes espera mirando hacia el lugar por dónde él tendría que aparecer conduciendo la moto que a ella tanto le gusta.

“He de decirle que no ha sido mi culpa –se dice– que yo quiero llegar pero ellos no me dejan. ¡Mercedes, que llamen a Mercedes! Necesito tu ayuda, Mercedes. Dijiste que me amabas. Ellos no me hacen caso. Me recogen del suelo, me zarandean, me tratan como a un muñeco de trapo. Tal vez se ríen de mi suerte, que no es la suya. Prefiero eso a que me tengan lástima. Mercedes, tú no me tengas lástima.”

Y mientras esto ocurre en su mente, la noche se acelera y envuelve el cuerpo destrozado en un manto de paz. Nada importa ahora, porque nada le duele.

¿Y si en realidad el sueño no fuera lo que sueña? ¿Y si fuera el capricho de una mente traviesa que se empeña en cambiar las cosas de lugar?

El rostro de Miguel se ilumina de repente y dibuja una sonrisa. Antes de abrir los ojos se asegura de que lo que siente es real: Es una brisa leve que le besa en el rostro, como la que se filtraba a través de las ranuras del casco al detenerse en las noches de verano y Mercedes, sentada detrás, le abrazaba tan fuerte que luego les costaba separarse.

Pero la realidad no juega a ser un sueño, la realidad no juega a no hacer daño. La brisa existe, sí: Es el resultado de una silla de ruedas atravesando el patio de un hospital. La que empuja la silla no es Mercedes sino Aurora, la enfermera. Miguel abre los ojos, ya no sueña; y no lo hará hasta después de la cena cuando le lleven a acostar.

© Blas León.


Texto de blasleon agregado el 21-05-2005.
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