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Inicio / Cuenteros Locales / Ereius / El desván de los Abuelos

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Todos, con mayor o menor precisión, recordamos algún hecho destacado de nuestra infancia, pequeñas fotografías de sucesos hermosos o tristes. Todos hemos experimentado magias extrañas y hemos crecido bajo un abanico de sensaciones y olores que, guardadas en nuestro corazón, las hemos revivido ya adultos y hemos exclamado “¡Qué recuerdos!” “¡Era tan feliz entonces!”
Luego siempre dejamos caer la mirada al suelo, tristes por haber perdido esa inocencia, esa ilusión de las banalidades. Nos sentimos en un mundo austero, preferimos el de nuestra juventud.
Tal es el caso que tras pasar demasiados años agobiado en el ruido de la multitud, recibí un día una llamada que me abrió los ojos de tal forma que nunca, creo, los he podido volver a cerrar. Mis abuelos hacía mucho tiempo que habían dejado de caminar por este mundo y en aquel momento ya no había tristeza por su pérdida, sólo quedaba el recuerdo.
Ellos, lo recordaré siempre, vivían en una bonita casa en el pueblo donde todos habíamos nacido. Personalmente hacía muchos años que no pisaba aquel lugar, incluso cuando murieron no pude asistir por la problemática del trabajo que me mantenía ocupado demasiado tiempo. Pero aquella vez era diferente, debía ir al pueblo sin importar obstáculo, mis abuelos habían querido que esa casa fuera mía y no entendía el porqué. Me llamó un abogado con voz seria y respetable. Al día siguiente, yo ya estaba subiendo los peldaños de esas casa que tanto había recorrido cuando...
Es algo extraño, tal vez, el lector lo sepa y entienda bien. Pasas tu juventud en un lugar y lo recorres jugando durante toda esa época. Es, prácticamente, el único lugar que conoces. Pero llega el día y desaparece de tu vista, ya no está, has tenido que viajar, que abandonar a los tuyos; has tenido que rodear otros peldaños que ya no te divierten y jugar a otros juegos que ya no son los que tú inventabas cuando estabas con aquella amiga. ¿Qué habrá sido de ella? Recuerdo que éramos inseparables. ¿Saben cómo nos conocimos? Fue un hecho extraño, sin duda. No recuerdo mi edad, pero sí que era la primera vez que pisaba aquel lugar como mío. Cogí rápido la bicicleta mientras mis padres concluían la labor de desempaquetar las maletas y salí a pasear, a recorrer el nuevo lugar que me iba a ver crecer. La nuestra, era una calle de casitas adosadas enfrente de la cual había campo antes de llegar a la carretera. Lo recorrí todo antes de volver. Vi a niños jugando que me miraban como a un extraño, vi a esas niñas que como todas las niñas del mundo jugaban a saltar la comba. También determiné una calle como prohibida por la presencia de perros grandes y negros. Todo era nuevo y llamativo esperando las mil aventuras que iba a padecer y soñar. Fue en el punto de volver a mi calle. Una muchacha también montada en una bicicleta. Nos vinos, se cruzaron nuestras miradas y comenzamos a dar vueltas en círculo uno enfrente del otro. Me dijo su nombre y nunca lo olvidé. Era vecina mía, un año mayor... y luego, una vez crecimos un poco más, fue ese año de diferencia el que nos separó.
Cuando volví dudaba mucho que ella siguiera viviendo en la casa de antaño. Su madre sí seguía allí, pero no quise acercarme por temor a lo que el pasado podría remover en mí. Yo ya no era el niño tímido de entonces. Había cambiado demasiado.
Entré en la casa y la estuve mirando sin moverme de la puerta durante más tiempo del que podía esperar. Todo estaba igual, todo permanecía en su sitio y la casa estaba limpia como si mis abuelos no la hubieran abandonado nunca. Creo, incluso, que todavía podía oler el placentero olor de la sopa que mi abuela me había preparado tantas noches. Los veía.
Mi abuelo estaba sentado a la mesa leyendo como siempre su periódico. Fumaba pipa y a mí me encantaba el olor de la pipa. Los primos, menores que yo, correteaban de un lado a otro de la casa vigilados por María. Mis padres no estaban, trabajarían hoy hasta tarde. Tal vez, como tantas otras veces, no los viera antes de dormirme. Mi abuela estaba en la cocina, la oía cantar esas coplas que de joven le enseñaron. Iba de un lado a otro batiendo el bizcocho que siempre le había salido tan bueno. ¡Qué hermoso era todo! Mi amiga Ángela tocaba en aquel momento el timbre de la puerta, había llegado el momento de salir y vivir aventuras como cada tarde. Unas veces jugábamos a policías e inocentemente nos desnudábamos mutuamente en busca de armas ocultas, otras jugábamos a buscarnos con las bicicletas o nos refugiábamos en nuestra isla secreta para contarnos cuentos. Ella era una princesa y me había regalado una manzana.
Como tantas veces en mi juventud, salí de la casa y comencé a pasear por las calles. Nada había cambiado, todo estaba como entonces. Seguía siendo el niño. Paseé, como un viajero extraño pero a la vez familiar y los hombres que pasaban por las calles, que estaban sentados hablando de sus cosas o que simplemente me veían, se quedaban mirando al extraño como cuando eran niños se quedaron mirando. ¿Quién sería ese niño nuevo? Y paseé hasta el cementerio. Muchas veces, en mi adolescencia, me había retirado a la soledad y paz del cementerio a leer y a pensar. Volvía a él, ahora, para encontrar a mis abuelos. No estaba triste, pero sí añoraba tenerlos a mi lado. Recordé palabras y consejos, recordé cuánto lloré cuando se fueron. Era joven e ingenuo. Ya no volví a coger aquella bicicleta con que tantos rasguños me había hecho y tantas andanzas había padecido. La casa estaba sola, el silencio era demasiado fuerte como para soportarlo. Ya no volví a montar en bicicleta, mi amiga ya no estaba y desaparecí. Me abandoné a otro pueblo más grande y más inerte. La gente ya no me miraba como extraño, todos éramos extraños. Terminé mis estudios y me puse a trabajar... y ya está.
Acabada la tarde, oculto ya el sol bajo el horizonte, no quedaba más que cerrar con llave la puerta y terminar de colocar bien el cartel.
“Se Vende”
Ya esa casa no era mi casa. Otras familias disfrutarían ahora de ella y otros niños crecerían allí. Nunca he gustado de comprar casa vieja por los recuerdos que pueden guardar sus paredes... pero eso sólo me importa a mí, y por eso la vendo. Guardaré el recuerdo en un desván adormecido hasta que llegue el momento de despertar y volver a caminar esas calles y buscar esos ojos que no conozco y que me observan como a un extraño que está invadiendo su casa. Luego seremos amigos y no podremos estar separados y finalmente, volveré a encontrar a una amiga con la que pasaré toda mi vida y esta vez, seremos los dos de la misma edad.
¡Es tan fácil soñar con los ojos abiertos!

Texto agregado el 23-05-2005, y leído por 56 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
2005-06-08 20:51:34 Solo me gustó y te doy un voto morin
2005-05-24 14:09:35 Me ha gustado mucho. Tienes una forma muy personal de contar las cosas más cotidianas. Muy interesante. Sophie
 
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