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Inicio / Cuenteros Locales / Ereius / Una historia

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Acabo de borrar lo que he empezado a escribir sobre esta historia que me dispongo a narrar. Decía en lo borrado que nuestra historia la escribo no por tener una idea que me ronde especialmente en la cabeza, no por resolver en la creación de un relato tal que las almas tiemblen al leerlo, simplemente, decía que me he propuesto escribir este relato con el único objeto de olvidar el tremendo cansancio que me inunda.
No sé exactamente si acabada la redacción de nuestro cuentecito revisaré lo escrito para arreglar desperfectos en los que haya caído o palabras malsonantes o contradichas. Tal vez no lea este relato más que mientras lo escribo; de hecho, es muy probable que lo olvide o lo borre.
Normalmente, este tipo de relatos los escribo directamente en alguno de los cuadernos que suelo usar como diarios o libros de pensamientos, como yo los llamo. Pero en esta ocasión prefiero escuchar el suave “tac” de las teclas del ordenador y ver deslizarse la barrita que crea las letras.
¿De qué puede tratar nuestro cuento? Podría crear una historia tipo las que narran algunos autores hispanoamericanos sobre gentes anónimas y vidas sumidas en ruedas de eternos retornos como contaba el ensayista Azorín. En más de una ocasión he usado de estas técnicas y temáticas para narrar cuanto me placía, pero ahora lo encuentro insulso, agotado metafóricamente. Muchas veces he pensado que la gente tiende demasiado a verse reflejada en espejos cóncavos en vez de en espejos que realmente les muestren tal y como son. Pensar que el mundo gira no cambia en nada nuestro paso en su derredor. Así mismo, si he de vivir esta vida mil veces más, el conocimiento de este hecho no va a servir para que modifique mi forma de pensar o entender las cosas. Soy del gusto del descubrimiento sorprendido, me gusta sorprenderme con las cosas, hasta con el simple aleteo de las mariposas me maravillo y fascino. Realmente, no hay nada como pasear entre la gente y observar cuanto a mi alrededor hay. Perfectamente puedo coger mi pluma y mi cuaderno y sentarme en un banco para escribir sobre la gente que pasa. No me entiendan mal, No inventaré historias ficticias ni vidas paralelas en torno a esos individuos, únicamente me dedicaré a observar sus pasos, sus miradas, sus movimientos, su forma de vestir, su forma de hablar.
Volviendo al tema principal de nuestro relato, contaba al, tal vez, inválido lector que me proponía narrarle una historia. Como verán he dicho inválido, pues es muestra de invalidez el leer una historia sin poder participar en ella. No seré yo quien traiga la revolución al libro o al relato inventando una nueva forma de novelar haciendo al lector principal editor de nuestro relato, para eso ya se han escrito innumerables artificios literarios, y para eso, también, están los juegos de mesa. Yo simplemente deseo escribir una historia. Sinceramente, mi relato ha de ser fácilmente olvidable, sin más trascendencia que la propia del momento de su lectura. Tal vez, el lector inteligente piense que el verdadero objeto de mi narración, mi verdadero relato sea el contar mi proposición de escribir un cuento. Es un error ciertamente, pues es cierto que me propongo en las siguientes líneas narrar un cuentecito, el problema y principal motivo por el que no he empezado por el cuento en sí es por el mismo motivo antes mencionado, el cansancio que me ha impedido pensar en el relato y me ha obligado a empezar a escribir mientras pienso qué historia complicada e irreverentemente tejida puedo contar. Y las hay muchas y muy intricadas, pero las apetencias no se hallan de la mano de ciertos tipos de relatos. ¿Qué piensan? Tal vez les interese una narración en la que simplemente cuente un hecho acaecido en un segundo temporal. Si mal no recuerdo, una vez me comentaron que un gran escritor había hecho un libro o un relato, no recuerdo muy bien las palabras, en torno a un cenicero. Tiene que ser cosa interesante la de escribir quinientas páginas en torno, únicamente, a un cenicero. ¿Qué se pueden contar en tal cantidad de páginas sobre ese cenicero? Personalmente, aun teniendo la historia más larga inventada por el hombre en mi cabeza, creo, me sentiría incapaz de redactar tantas páginas en mi vida. Me aburro demasiado pronto a la hora de escribir. Realmente, mi propósito esta tarde es el redactar algo similar a un cuentecito de hadas que leí hace mucho tiempo cuyo nombre recuerdo como algo así de “La princesa y la manzana”. No me pondré en estas páginas a relatarles ese cuento infantil, pero sí me apetece, antes de comenzar la historia que les voy a narrar, hablarles; comentarles, decirles un hecho que acaeció hace no mucho tiempo en un lugar cercano al que vivo. Cosa extraña, sin duda.
Resulta que por aquel entonces me hallaba yo estudiando, preparando alguno de los exámenes que me esperaban y que debía aprobar pues la visión de unas vacaciones formidables me atraía bastante. Recuerdo que hastiado del estudio decidí salir un rato a pasear por las callejuelas del casco antiguo y que al llegar a una plaza por la que había pasado muchas veces antes, me encontré con un personaje bastante atípico, al menos para este país. Era un hombre de ya denotada edad que parecía, por sus ropajes y color de la piel nativo de la India. El personaje se encontraba sentado sobre el suelo en el centro de la plaza al parecer como en trance. No pude verle bien por la ingente cantidad de público que le rodeaba. Según contaban el anciano se metía un enorme sable que llevaba con él por la garganta y lo volvía a sacar como si nada. “Un verdadero espectáculo” exclamaba totalmente extasiado. La verdad es que nunca había asistido a un espectáculo de esos, pero ante la certeza de que no iba a conseguir ver nada más que el tumulto de gente observante, decidí que tal vez me lo volviera a encontrar un poco más tarde sin tanta afluencia de público. Seguí mi paso pues y al poco topé con un par de chavales más o menos de mi edad que con las caras pintadas de payasos estaban interpretando una escena de Romeo y Julieta muy modificada para lograr las risas de los niños que pasaban por ahí. Estas dos escenas me hubieran resultado de una curiosidad pasmosa encontrándolas el mismo día y en lugares tan cercanos en cualquier otra fecha, pero la navidad tiene, en parte, estas cosas por comunes. Bufones trotamundos que conceden el entretenimiento y la fascinación a la gente a cambio de las monedas sueltas que siempre todos llevamos. Realmente es una circunstancia interesante, ver el mundo como un vano espectáculo, como un circo, como un gran circo. Supongo que muchos filósofos antes que yo habrán pensado esto llenando infinidad de tomos; a mí poco me importa todas esas reflexiones, mi única obsesión es descubrir, imaginar, soñar y participar de las banalidades y circunstancias de este mundo a veces patético y otras maravilloso. El caso es que parece que en Navidad todo esto aparece multiplicado de tal forma que los colores, las gente, el batiburrillo; todo se enlaza en la animación de la incontrolabilidad mundana festiva.
Les hablaba de esto por el hecho de la causalidad mundana. Resulta que a la noche siguiente, en otro de mis paseos, me senté a tomar un café en un local bastante curioso donde las letras y la política conviven en forma de fachadas universitarias. El caso es que estando allí sentado entraron los dos muchachos que la noche anterior tenían sus caras pintadas de payaso. Ambos se sentaron en una mesa y por lo que pude descifrar de su español arcaizado, pidieron ambos una manzanilla. Un dato más. Me acerqué a ellos con el ánimo del conocimiento de vidas realmente interesantes como las de estos personajes y los motivos que les había llevado a viajar por países extraños y vivir de actuaciones callejeras. Pasé bastante tiempo hablando con esas gentes totalmente fascinado. Uno de ellos se llamaba según contaba Mike y ambos eran ingleses que se conocían desde que eran críos. De familias acomodadas y con estudios universitarios. Me contaron que su aventura empezó el mismo día que se licenciaron en la universidad. Necesitaban hacer algo distinto antes de atar totalmente sus vidas a la esencia anónima del individuo heredada durante tantas generaciones de padres e hijos como historia tiene el mundo. Así me contaron que decidieron hacer la locura de viajar por Europa viviendo de representaciones teatrales por las calles de las ciudades. Llevaban ya año y medio de andanzas y según contaban la aventura se hubiera acabado hacía bastante tiempo de no ser por la casualidad de la comedia. Contaron que había un personaje bastante peculiar que vivía de algo parecido a ellos, solo que su arte era el de meterse un sable por cuantos rincones tenía su cuerpo. Lo gracioso del caso es que a partir del segundo mes empezaron a encontrárselo por cuantas ciudades pasaban y teniendo en cuenta la ingente cantidad de ciudades que hay en el mundo les resulto gracioso y decidieron que volverían a casa el mismo día que dejaran de encontrarse con ese personaje.
Llevamos ya cuatro folios del relato y todavía el cuento no ha sido narrado, sólo he contado una pequeña escaramuza más que por un motivo en sí, por la apetencia de compartir en este escrito algo con el lector que en su momento me fascinó. Una historia curiosa la de los amigos ingleses, pero, sin duda, bastante más curiosa la del anciano indio. ¿Se habría propuesto seguir a estos jóvenes? ¿Sería realmente una casualidad?
Bueno, retomemos el hilo de nuestra historia. Podríamos describir para empezar un paisaje maravilloso, como los que encontramos en los sueños. Por ejemplo:
“La empinada floresta bailaba con el suave rumor de las delgadas olas con que el río gustaba de acariciarla”.
Ya tenemos la personificación del bosque. Ahora nos falta el niño.
“El rumor de un pájaro cantarín, la sonrisa de esos álamos y esos montecitos de jazmín. Miguel leía cosas alegres, la clase de cosas que un niño de su edad solía leer. Un cuidado librito de tal belleza que una vez anciano guardaría como el más preciado tesoro. Tantas veces se había sentado a leer en este bosquecito, tantas veces, acompañado de su amiga Esperanza había recordado cada una de las palabras mientras su joven compañera cantaba canciones hermosas danzando en los columpios que su padre tallaba para ella. Miguel sonreía, su amiga no tardaría en llegar y de nuevo podría contarle esas hermosas historias que siempre le contaba su librito.”
No se espanten, no voy a hacer como esos escritores modernos creando la atmósfera perfecta en el lector para dar a entender el trágico final, tal vez, la caída de la muchacha por un barranco. No se engañen, no es tal mi ánimo.
“Como cada atardecer Miguelito disfrutaba de la compañía de Esperanza y soñaban juntos los mundos que sólo ellos comprendían. El padre de Esperanza era carpintero y tenía un pequeño taller abierto en su misma casa. La madre de la muchacha hacía demasiado tiempo ya que había desaparecido y el hombre quería a su hija como quien era y como el recuerdo de su perdida esposa.”
“Igual que Miguelito, Esperanza gustaba de la lectura, pero su mayor pasión era la música, el canto. Esperanza iba cada domingo a misa con el único deseo de escuchar a esas mujeres cantar bajo la imponente majestuosidad del órgano. Un instrumento interesante el órgano, siempre fascinó a las gentes de aquella localidad. Pero para Esperanza, ese órgano, al igual que para Miguelito, era muy especial, pues fue tras la implantación de este viejo instrumento en la iglesia cuando Esperanza y Miguelito se conocieron.”
Llegados a este punto, esperarán que les narre la historia de cómo se conocieron ambos niños. Realmente es un relato muy hermoso y llamativo, pero en alas de la mejor elaboración de nuestra trama, me guardo de contarlo; al menos de momento.
“Esperanza y Miguelito siempre estaban juntos, y en una dulce tarde de primavera, en el bosque donde siempre se encontraban, ella llegó al encuentro. Se había retrasado un poco porque su padre le había pedido que le ayudara. Él nunca entendía a dónde iba. El buen hombre nunca había visto a Miguelito, le daba miedo pasar por el taller, recordaba una herida que se hizo hace tiempo con una máquina en la cabecita y temía que volviera a pasarle. Hacía mucho tiempo de eso, pero Miguelito siempre lo recordaba con vivo dolor. Tal vez por eso empezó a leer libros hermosos. Tal vez por eso sus padres le habían comprado tantos libros hermosos, para que olvidara su pasado. Pobre Miguelito había escuchado más de una vez volviendo a su casa. Su madre lloraba y su padre, mientras encendía la chimenea exclamaba repetidas veces volverá.
Miguelito no debía defraudar a sus padres. Leerías un par de cuentos a su amiguita como cada tarde y volvería antes que anocheciera a su hogar.
Fue el caso que en esta ocasión Esperanza no llegó sola, sino con su padre. La niña, inocente como Miguelito, habló de las maravillas que habían visto juntos y de lo mucho que gustaban de contarse cuentecitos como el que tocaba. El padre y la niña se sentaron al lado de Miguelito y éste, tremendamente contento comenzó su relato olvidando las letras que veía en el libro. Como cada tarde, Miguelito leía y Esperanza repetía sus palabras...
Erase una vez un joven niño que jugaba, era un niño alegre y alegre estaba su padre. Por eso, una tarde de otoño, el padre quiso enseñar dónde trabajaba a su dulce niñito. Se lo llevó aquel día a la fábrica junto con los demás hombres recios que trabajaban con él. El niño, para entretenerse, se había llevado una pelotita y cuando llamaron a su padre desde arriba para presentar ciertos papeles que por su edad, el niño no podía leer, se puso a jugar a la pelota hasta que un grito muy triste exhaló la pérdida de esa pelota y esa inocencia entre los pétalos de una madera...
Ese cuento ya lo había contado Miguelito otras veces, ese cuento era el que siempre contaba Miguelito y el padre llorando y la niña alegre se fueron solos a su hogar...”

Texto agregado el 23-05-2005, y leído por 78 visitantes. (0 votos)


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