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Inicio / Cuenteros Locales / Ereius / Breve cuento de una tarde

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Muchas veces pensé en contarlo, en coger la pluma y explicar lo que aquel banco significó para mí. Muchas veces he emborronado hojas intentando narrar las sensaciones e imágenes que durante aquel atardecer me inundaron. Demasiados papeles muertos.
No sé si esta vez lograré concluirlo, no sé si amanecerá relatado. Tal vez espere que no ocurra, o tal vez espere lo contrario. Sinceramente, no estoy necesariamente loco. Mi alma se guía por estadios de emociones que en baños de pensamientos advierten sucesiones de versos que tan solo en una abstracción vivencial son de posible entendimiento.
Tal vez no debiera escribirlo; lo he pensado muchas veces mientras jugaba a hacer brasas en la chimenea. Es demasiado extraño. En cierto modo, esas brasas me recuerdan aquel momento. Las cenizas de los troncos, ardientes como si de luciérnagas nacidas de Fénix se tratasen. He leído muchos libros en mi vida. Tal vez sea un buen comienzo para entender lo que pasó. A lo largo de mi vida he leído un amplio número de libros, unos considerados universales y otros no tanto. Me he interesado de las formas escritas de la misma forma que el propio Cervantes en tanto lector impasible y a veces me he visto tan cuerdo como ese caballero de la triste figura.
¿Cuántos libros habré leído? No podría decirlo, pero sí puedo afirmar aunque muchos lo duden y otros se sorprendan, que todos los leí en aquella puesta de sol, durante ese lisonjero instante.
Supongo que, tal vez, debiera empezar contando el hecho en sí.
Cuando una persona solitaria se sienta en un banco, miles de miradas se cruzan con cuantos pensamientos le inundan. ¿Qué piensa? La vida en un instante, un solo sueño y ya está.
Los pensamientos son muchas veces confundidos con alegorías y falsas de confusas circunstancias que el alma no comprende. Cuando una persona va a un museo se dedica a observar los cuadros ¿Qué piensa esa persona mientras observa esos cuadros? Tal vez sea un entendido en arte, o tal vez no. Tal vez sea un simple curioso que sin conocimientos técnicos de calidades, observa un cuadro y si es bueno, se relaja y se mete en él.
No creo que nadie hubiera podido pintar mi historia, sinceramente dudo mucho que acabado mi relato, yo mismo, principal protagonista del hecho, pueda siquiera entenderlo. Una persona en busca de soledad que se sienta a contemplar un atardecer.
Ese banco, lo recuerdo, miraba al mar, como todos los bancos de las personas solitarias que leemos en los relatos. Me senté, y tras de mí oía como una mujer anciana discutía con el que podía ser su nieto en torno a ciertos alimentos que el joven deseaba y que ella no estaba dispuesta a concederle por la cercanía de la hora de cenar. Se oían también coches de fondo y algún pitido ocasional de esas personas que no sienten simpatía hacia la calma y el sosiego. Todos estaban allí con sus prisas, en su mundo de prisas, en su mundo dolorido y doloriente. En cambio yo, disfrutaba de mi destierro consentido.
Algunos se preguntarán por qué lo hice. ¿Por qué se nos oculta el sol? Me preguntaba yo. Me senté en aquel banco porque no tenía nada de especial, odio las cosas especiales. ¿Cómo debía sentarme? Una persona que va acompañada adopta una cierta postura al sentarse en un banco en la calle, siempre hay una especie de ritual y de formas que se mantienen estando sentado en compañía en un banco; pero, ¿Cómo se supone que se tiene que sentar alguien que está solo y que no espera la compañía de nadie más? Tal vez, al lector le parezca una tontería, pero para mí era todo un misterio y un enigma, y si se fija bien, verá que el personaje solitario siempre es observado de forma distinta. Pongamos por caso una cafetería. Recuerdo que a este respecto escribí una vez en uno de mis tantos diarios mientras era yo el que estaba sentado solo mientras me tomaba el café. Imaginemos por un instante que estamos desayunando en una cafetería, tal vez en la cafetería que frecuentamos siempre y nos encontramos en compañía tal vez de un amigo o de nuestra esposa. Escogido el ejemplo vemos en un instante a un hombre que está sentado solo tomando un cortado mientras lee su periódico. Automáticamente todas las miradas ocultas del local se centran en este ser solitario. Tal vez sepa que está siendo observado, pero eso ahora le da igual, sólo gusta de disfrutar su café y de leer el artículo.
Seguro, en más de una ocasión, habrá observado a alguien tal ¿Verdad? ¿Qué extrañas u ocultas circunstancias llevan al ser humano a la soledad? Parece incluso que está mal visto. Todos observamos la soledad. ¿Por qué le tenemos tanto miedo a la soledad?
Y ahí estaba yo, sentado sin más compañía que ese sol, viendo cómo se despedía relegado una vez más a su descanso y empapada mi mente tantos pensamientos...
Mi vida entera pasó ante mí, todo lo recordé y todo lo volví a sentir. Pensé en todo lo que había pasado ante mis ojos desde que los abriera por primera vez. Todos guardamos en nuestro corazón un amplio abanico de hechos de los que nos arrepentimos. Días y noches hemos velado deseando esa vuelta al pasado para arreglar las cosas que hemos hecho mal. Sinceramente, nunca he creído en el destino más que como ejercicio mental.
He cometido muchos errores en mi vida, muchas maldades han surgido de mi intelecto y muchas atrocidades he llevado a cabo. No puedo decir que me hubiera gustado que no hubieran pasado. He perdido a muchos seres queridos. ¡Tantas tragedias ante unos ojos tan chicos! Sinceramente, las cosas que pasan no deben ser temidas y olvidadas. Ahora miro al pasado y me lamento, pero es ese lamento el que me da la conciencia de quien soy. Mi sensibilidad y cabalidad se han forjado en pos de todas esas lamentaciones, son todas esas lamentaciones las que me han convertido en quien soy. No debiera haber dicho lo que dije, ciertamente. Tienes razón, me equivoqué, pero ahora soy mejor persona y es a partir de este momento desde el que debes empezar a juzgarme en el sentido de mi error.
El sol se ha ocultado definitivamente sobre el horizonte y el frío comienza a hacer causa de efecto en mi ya envejecido cuerpo. Parece que ahora el canto de las gaviotas se hace mucho más triste. ¿Sentirán ellas algo que nosotros apenas percibimos?
Ya me he levantado del banco, muchas reflexiones quedan en él. Tal vez, en otro día, alguien asome por aquí y las comparta. Ya no veo ancianas a mi alrededor ni coches que estorben a mis pensamientos. Todo es silencio. Ya no hay tonos rojizos ni anaranjados, sólo queda el negro envuelto de la nebulosidad marchita.
“¡Dios mío!, pensé, ¡Qué solos se quedan los muertos!”

Texto agregado el 23-05-2005, y leído por 96 visitantes. (0 votos)


Lectores Opinan
2005-05-23 21:51:49 "Las puertas de salida se abren hacía adentro", buen texto, cotidinidad fluye y no creo que la soledad sea un gran temor, creo que el miedo máximo es encontrarnos a nosotros mismos cuando la soledad nos llama a sus dominios, felicidades. koke-36
 
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