PUNTOS SUSPENSIVOS
Es fácil escribir bien. Todo lo que se necesita es disciplina, tremenda disciplina de años para aprender y aceptar poco a poco las reglas correspondientes; llenando, como resultado, el cerebro de claves, atajos y mañas, así como libreros, cajas repletas de ensayos, manuscritos y hasta la computadora de caracteres.
Incluso sin vocación, ante la pura necesidad de sobrevivencia, la simple práctica enseña a escribir bien. Digamos al cien por ciento de sudor y cero por ciento de genio e inspiración –acaso cierta dosis de talento descubierto a veces sobre la marcha.
Pero existe un abismo entre el simple hecho de escribir bien y escribir con carácter en el estilo, que hasta la osada heterodoxia echa mano de aquellas reglas para demostrar, incluso, la decadencia o el error inadvertido por la arrogancia de los creadores de estas. –León Felipe lo dijo mejor que nadie: “La retórica del poeta está en el cielo”.
Si se está dispuesto a correr semejante riesgo, será indispensable, en cada intento, encontrar el original punto de equilibrio de un círculo perfecto –que sin duda será la versión más auténtica, tangible, audible y olfativa de un delicioso universo, completo, explorado hasta por debajo de sus piedras-, apoyado en la nada, palabra tras palabra, labradas sin excusa en rocas de granito, en la oscuridad de una caverna, en el sueño de una vida; hasta sacar a flote la Idea, la peculiaridad de un algoritmo con alma de diamante; tal vez filosófico, para seguir fastidiando las famosas reglas tan violadas a diario en los periódicos o en los sucios labios de un juez elocuente. Y a manera de colofón, esa frágil, intensa angustia de unos puntos suspensivos provocando la incertidumbre, el extravío, el naufragio del lector.
A esto es a lo que se le llama Escribir.
Y es que no es tan fácil hacerlo cuando la cotidianeidad no lo exige; cuando se logra hacer dudar al propio dogma en el simple desequilibrio de tres lunares asimétricos, aún frescos, diluidos en mares de papel; dando a luz al suspenso de aquellos puntos desbarrancados en docenas de libretas, cajetillas vacías de cigarrillos, panfletos de moda, paredes y cuentas de hotel. Hasta la palma de mi mano, de náufrago, agitada en lo alto, esperando a que la tinta se seque y el sueño cristalino no convierta mi universo en otra nebulosa.
Vamos, para dominar al mundo siempre será necesario, básico, imprescindible –suficiente-, seguir el método susurrante de una gran mentira, una burda constante sustituida por otra de vez en cuando.
Para gritar mi verdad –recuerdo tan pocas cosas de muchas más- basta con aventarme al abismo.
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