Acabo de recordar que, una vez, conocí a un ser realmente excepcional. La historia es difícil de contar, puesto que prácticamente no es una historia. No hay un desencadenador realmente especial que nos pueda llevar a una resolución de un misterio. Me atrevería a decir que casi no existe misterio alguno.
Saben que soy persona del gusto del paseo tranquilo. El mundo tiene cosas maravillosas que merece la pena descubrir y por eso hay que hacerle el gran honor de intentar visitarlo. Recuerdo que el día que sucedieron los hechos era muy parecido al día de hoy. Entrábamos ya en verano, aunque todavía guardábamos la esencia de la primavera y la ciudad se mostraba envuelta en una magnífica atmósfera de algodón. Ustedes, tal vez, conocerán la planta que hace el milagro, pero yo no conozco su nombre. Sólo sé decir que sus pétalos son de algodón y que una leve racha de aire es capaz de liberarlos de su primera cuna para convertirlos en aves celestiales que envuelven cada rincón de la ciudad. La visión, sin duda, es encantadora, a pesar del inconveniente de que mientras paseas debes tener cuidado de mantener la boca cerrada.
Como digo, un día muy similar al de hoy paseaba, ya atardecido, por las calles. Cuando el sol comienza a esconderse parece que se crea una atmósfera casi melancólica. Cada paso tiene un eco de melancolía y los rostros de las pocas personas que ves a tu alrededor son focos de tu misma presencia, son reflejos de tu misma epopeya de miserias melancólicas y triste de que te imbuye la puesta de sol. Paseaba. No iba a ningún sitio en especial. Tal vez a todos, como dirían los poetas. Simplemente paseaba. Me dejaba encandilar por los edificios bañados en sombras, por las persianas casi a punto de rozar la tierra, por las gente moribundas, por las parejas que se encontraban tras en intenso día de trabajo. Vi todos los colores conocidos y descubrí aquellos que me eran desconocidos. Deben saber que esta ciudad, extremadamente tranquila, más parecida, en ocasiones, a un pueblo grande; es recorrida por un río, cuyo nombre desconozco, pero que, sin duda, la dota de una magnificencia especial. Iba paseando a la altura del paseo que recorre el río ya cerca de la desembocadura, pues la misma ciudad guarda el secreto de su desembocadura, cuando sin darme cuenta choqué con una persona verdaderamente extraña que me piró con pavor. Me quedé parado un segundo y me volví para observar al extraño personaje al que acababa de producirle tal sensación. Vi su espalda avanzar con velocidad. Parecía un ser bastante destartalado, con ropas roídas, sucias y el pelo envuelto en una espiral descendente. Todo lo que pude ver de él me resultó extraño. Pero no fue esta visión la que me decidió a seguirlo, sino la extrañeza de comprobar que miraba con pavor, asustado y con rareza a cada caminante que se cruzaba en su camino. Es como si todos fuéramos extraños para él. Pensé en un Segismundo encerrado desde chico sin posibilidad de conocer a nadie. Pensé en el pobre y desventurado Eric y hasta pensé en la criatura que creó el doctor Víctor Frankenstein. Pensé en mil razones extrañas, en mil locuras difusas, y lo seguí. Seguí sus pasos hasta una pequeña calle casi destartalada. Entró en un edificio y desapareció de mi vista. Me quedé mirando el edificio un rato hasta que vi encenderse la luz de uno de los pisos. Podía ser cualquier persona, cualquiera la que hubiera encendido esa luz, pero yo me quedé mirando y creí reconocer su silueta acercarse un par de veces hacia la puerta. Era el tercero B. Me acerqué con sumo disimulo hacia el portón donde esperaba encontrar un nombre, pero no había nada. Esto tampoco era de extrañar, pues son muchas las personas que olvidan poner su nombre en los portones de los edificios. En este momento pensé en volver a mi paseo, pero esa persona me atraía en exceso. Tal vez me había montado yo sólo una pequeña novela en mi imaginación, pero aun así, quería corroborarla, quería saber quién era ese ser que se asustaba de todos. Vi acercarse a una mujer ya anciana hacia la puerta del edificio y en su mano derecha pude comprobar que ya tenía preparada la llave. Me vio y titubeó un poco. Era mi oportunidad. Me aparté amablemente de la puerta.
- ¿Ha perdido su llave, señor?
Le sonreí. Denotaba en su rostro una bondad exquisita.
- No vivo aquí. No obstante, ¿Usted sabría decirme quién es la persona que vive en el tercero B?
Silencio. Abrió la puerta y la cerró con presteza sin dejarme siquiera tiempo a intentar disculparme. Me senté en un escalón de la cera de enfrente y recapacité sobre lo que había pasado. ¿Quién era ese individuo? ¿A qué podía ser debido la extraña respuesta de la anciana?
Estaba envuelto en estas cavilaciones cuando vi que otra persona, esta vez un hombre joven, se acercaba al portal y llamaba a lo que creí el piso de esa persona misteriosa. El hombre llevaba una carta en su mano. No pareció que hablara con nadie, simplemente le abrieron la puerta, entró y al poco salió sin la carta. No era cartero, al menos, no lo denotaba el traje que vestía. Esa era mi oportunidad para salir de dudas en torno al personaje y sin pararme a pensar en las consecuencias de mis actos, me acerqué al individuo que con paso decidido se alejaba del edificio. Cuando llegué a su altura, tras haberlo llamado, se dio la vuelta y me observó. No me conocía y me miró con extrañeza pensando que le iba a pedir tal vez dinero, tal vez la hora o le iba a preguntar por una calle. No obstante mi pregunta era otra y resultó directa. ¿Quién era la persona del tercero B? Titubeó, casi me miró con ira. Me preguntó si pertenecía a algún periódico. Le dije que no, que simplemente me había cruzado con él por la calle y me había parecido una persona especial y quería conocerla, simplemente saber algo de él. Tuve que insistir durante cinco minutos hasta que al final accedió a hablar. Pero no quería hacerlo en la calle así que fuimos a una cafetería. Nos sentamos. Pidió un carajillo mientras yo me contenté con un café solo. Lo miraba ansioso de que me contara la historia. Tal vez se me pueda achacar el ser una persona que se deja llevar demasiado por la imaginación, por los hechos absurdos a los que les doy importancias extremas, pero esa persona me había parecido realmente peculiar y quería saber algo sobre él. El hombre que estaba sentado en frente mía me dijo llamarse José, como yo.
- De acuerdo, ésta es la historia. Cuando usted pasea por la calle y se cruza con una persona que lo mismo viste de forma extravagante, lo mismo va excesivamente maquillada, tiene cresta, va casi desnuda o de cualquier forma que no entre dentro de los cánones establecidos por la sociedad, estoy casi seguro de que la mirará con extrañeza. Algunos la mirarán con pavor, miedo y hasta desprecio. ¿Quién es esa persona? ¿Por qué va vestido así? ¿Qué pretende? ¿Verdad? A todos nos pasa, en mayor o menor medida. Somos seres humanos y juzgamos. Pues bien, ¿Qué le diría si le dijera que la persona que vive en ese piso es todo lo contrario, es lo contrario de usted, lo contrario de la gente que está sentada en esta cafetería e incluso lo contrario de yo mismo? Soy psiquiatra, llevo trabajando en mi profesión desde hace quince años. Hay quienes afirman que soy bastante bueno y es cierto que me siento satisfecho por haber solucionado grandes problemas de muchas personas que ahora hacen vidas felices y al fin se sienten ellas mismas. Me siento orgulloso de mi trabajo, de haber conseguido lo que he conseguido, pero cuando conocí a Gracián, toda mi convicción en torno a lo que creía, a lo que pensaba que había ayudado, se volvió contra mí y hasta tuve pesadillas por ser quien era. Trataba de acomodar a un modelo de vida a personas que, simplemente, se habían enfrentado a ese modelo de vida y habían triunfado… y yo tiraba por tierra sus logros. Ésta es la historia de Gracián, la antítesis de la sociedad. Cuando lo trajeron a mi consulta, una anciana muy simpática que era vecina suya había sido la que se había esforzado por pagar lo que costara la curación del muchacho. Lo encontré como un joven estrafalario, estrafalario por cómo vestía; pero mucho más por cómo miraba. Me miraba con pavor, miraba a la enfermera con pavor, a la buena anciana también y a todos los que estábamos en el lugar. Le pregunté y no respondía, así durante casi un mes hasta que de una extraña forma, acabó acostumbrándose a mi presencia y empezó a decir frases sueltas, cosas raras. Yo ya tenía forjada una pequeña opinión sobre lo que le pasaba pero no terminaba de aceptarla. No sabía nada de su infancia, aún hoy sigo sin saber nada de ella, pero conozco su presente y lo que le carcome el alma. Es algo para lo que no tengo sanación posible. ¿Se acuerda de lo que le he dicho al principio de esta conversación? Para ese muchacho todos nosotros somos extraños, todos somos estrafalarios. Hay muchos filósofos y personas que se dan de sabios que afirman que todos somos animales de dos caras, que todos llevamos máscara. Una máscara para la sociedad, otra máscara para nosotros mismos y luego nuestro Yo real. Ese muchacho no tiene máscara, es tal cual es. No sé si me estoy explicando. Esa persona no se esconde de nada ni de nadie, es más, todos los demás le parecemos extraños, le parecemos extravagantes. Es una persona que casi no puede salir de su hogar pues pasear por las calles casi le hace perder la cabeza. Dice que todas las personas con las que se cruza le dan miedo, que todas son como monstruos. Es todo lo contrario a nosotros ¿Entiende? Es sorprendente, igual que nosotros nos quedamos extrañados al ver una persona que se sale del canon, él se queda extrañado ante todos los que estamos dentro de ese canon. No lo entiende y le damos pavor. “¿Por qué se tienen que esconder dentro de sí mismos?” “¿Es, acaso, porque son monstruos?” Estas preguntas y otras me repetía constantemente. Ya se lo he dicho, no hay cura posible para este muchacho tan especial, tal vez, porque es el único que de verdad está cuerdo de todos nosotros ¿No cree? No sé, el encontrarse con personas así hace que nos planteemos las propias raíces de nuestras creencias. Ya ha dejado de visitarme, ahora soy yo el que le visita en su hogar. No sé porqué ha salido hoy a la calle, no puedo decírselo. Yo voy a su casa a veces a visitarlo y otras a dejarle un sobre en el que tiene varios artículos interesantes para su entretenimiento sobre el mundo de hoy en día y las creencias de los que habitamos el exterior de su mundo. No sé, espero que, al menos, con el tiempo, se pueda acostumbrar a nuestra presencia igual que medio se ha acostumbrado a la mía y, al menos, pueda caminar sin pavor por la calle.
Terminado el relato nos despedimos y salimos de la cafetería por caminos opuestos. Fui a mi casa, pero antes tuve que pasar por delante de ese edificio otra vez y mirar esa ventana. Desde entonces, a veces, casi sin esperarlo, mis pasos me llevan hasta ese lugar y observo esperando cruzarme con sus ojos. Es un ser realmente extraño y magnífico. Es una pena que le tengamos miedo.
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