El tiempo disgrega su cuerpo, bajo el tamiz de la sangre, que despierta mi sensualidad. Me embriagas en una espiral de sueños, que ascienden por mis horas; como un fuego que nace bajo el influjo de los Dioses, para acallar el alma. Me atormentas; mojas la orilla de mi vientre en una conjunción de sedas; desciendes al centro de mi amor, robando cada uno de los brotes. Y emerjo en la lujuria de tu rostro, que desmaya con mi carne; como un campo encendido de debilidades, que humedecen mis fronteras. Alborotas tu piel bajo la sombra de mis pechos, que penden de tus labios; como un placebo de voces, danzando con el aleteo de tu lengua. Soy tuya; ramifico las sales que declinan en tu savia; para acechar al hombre erguido en mí; para bañar la sed que navega tu infinito, recostada en el perfil, que tu soledad expande.
Ana.
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