EL SECRETO DE CLARA
Si las pupilas emanaran luz al momento de sentir profunda emoción, toda esa hierba, como crin rebelde cubriendo parcialmente la enorme piedra, se tornaría en jazmines, haciendo olvidar la tristeza de su morada.
Una ardilla se aleja brincando entre el espino. Clara parece despertar de un sueño que le augura presencias; rodeada de claveles y uno que otro alcatraz que alargan apenados su sombra, confundida entre el polvo de la tierra marchita. El agua estancada quisiera prolongar su viveza; así como la fe de ese par de señoras tristes, ficticias quizá, que se secan una lágrima con el delantal alguna vez colorido, ondeante en fugaces heridas, al tiempo que cargan su ramo marchito al atajar el polvo rebelde que por momentos las ciega de esperanza.
En cambio a Clara le gusta ver las diminutas olas de tierra surcando la losa, una y otra vez, sin descanso desde el primer minuto de la tarde; como si toda la evocación pudiese ser abarcada en un par de efímeros renglones de metal, por capricho del viento.
El tiempo ha hurtado ya una “R” y hasta la “N”, acentuando más el aire de abandono en el florero vacío, cuarteado; lo mismo en las cosas que ella le sigue contando en silencio, mientras observa curiosa el camino serpenteante de un pequeño ciempiés recorriendo el borde de la piedra, apenas camuflado por la hierba que parece ser lo único que encierra vida alrededor.
A excepción de aquella casita con el rosal seco que a Clara también le agrada visitar cuando viene a este santuario; asomándose entre la ceniza del cristal, se sublima ante todas esas muñecas luciendo su mejore gala, procuran con la mirada a la niña de la fotografía, al fondo del cobijo que la ampara entre velas sin cera y algún viejo detalle sincero.
Mañana es domingo. Con un poco de suerte, algún deudo de la niña de la fotografía, entre el desfile de parroquianos que desde temprano llegan con disfraz de santo noctámbulo, meditabundo, se decida a visitar a su bisabuela. Tal vez esta misma noche uno de los vecinos le ofrezca a la nena abandonada un trueque, entre una de las muñecas de fantasía, para regalársela a su hija, a cambio del resto de sus letras de óxido que a él ya no le sirven de gran cosa.
Clara se despide, junta apenas por un instante la humedad de sus pestañas para evitar la menor sospecha de alejamiento y murmuraciones de la dinastía Callejas, pareciendo siempre asomar la nariz desde su vecino aposento caleidoscópico. La chica oculta su rostro íntimo de aquel querubín con sus alas de smog, vueltas a la vida por las farolas de la ciudad.
Pero antes de irse, antes de partir, ella quiere ver de nuevo ese mirar blanco que desde hace unos meses la mantienen cautivada.
En la última semana, el exceso de visitantes la obligaron a retornar sobre sus pasos antes de acercarse a la esquina del Señor Brown y los Prado Montemayor, cuyo monumento –suele pensar Clara, divertida- es más grande que su propia casa.
Hoy ha tenido suerte. A lo lejos no se advierten las lúgubres filas de autos para comenzar otra procesión. Aquellas dos señoras han desaparecido de nuevo.
Clara se sienta en el borde de la callejuela, evitando pisar, sin proponérselo, esos labios carmesí con forma de pétalo que conservan la tersura de su curvar delicado; mientras el ángel parece invocarla con mirada piadosa, absolviéndola de todos, de todo; acostumbrado a evadir la lista de cualidades que por lo visto poseía doña Columba Montemayor viuda de Prado. Presagiando el futuro con la fineza de su mano derecha ofrecida al infinito, a las aves durante el día, para que ellas sigan practicando el tiro al blanco sobre la palma de mármol; mientras la otra quisiera soltar su Biblia, acercarla a la mano que Clara le ofrece a través de la reja.
Si al menos por un instante volteara a verla; un guiño, un dedo trémulo demostrándole que él también la ama.
El último rincón del cielo se ha oscurecido.
A Clara le llega una débil fragancia a claveles; guiándose, como es su costumbre, por el brillo de una que otra veladora a punto de fenecer en el estrecho camino, hasta llegar a la calle principal. Se despide a la distancia de su ángel espléndido; el cual seguirá procurando el reposo de don Guillermo Prado Barberena, parentela que lo acompaña y hasta el Señor Brown; a quien Clara siempre imaginó calvo y bonachón; sin faltar, sobre todo, el óxido perdido de esa “R” y la “N” que ella sigue echando tanto de menos.
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Al viejo velador le gusta contar la historia de Clara, aun cuando evita siempre la parte donde tuvo que cubrirse la boca para que el corazón no se le saliera, en el momento justo en que la chica cruzó la puerta monumental.
“La vi subirse al puente, despacito –detalla a todo el que quiera escucharlo-; parecía no llevar prisa. Iba alegre, bonita, a pesar de que ya era noche. Su cabello bien peinado, como cualquier muchachilla… ¡No sé! –quitándose el sombrero para rascarse la nuca; recordando el tremendo susto-, la fui siguiendo bien alerta con mis ojos; alcancé a verla bajar del otro lado y... se me perdió entre los coches. ¡Por ésta que digo la verdad! –besa repetidas veces un pequeño crucifijo de madera que desde esa noche nunca se descolgó del cuello.
Los visionarios suelen callar su verdad más proclive a realizarse cuando el futuro promete alguna esperanza muda.
Clara nunca regresó. Diría Machado: le cubre el polvo de un país vecino que por momentos ciega la fe de un par de señoras, cargando su manojo de alcatraces y una que otra rosa silvestre que de unos años para acá brotan entre la hierba, adornando las moradas más tristes; entre santos, algún parroquiano meditabundo y una muchachita animosa; evitando pisar, sin proponérselo, los pétalo carmesí.
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