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Sexo en la playa Hace frío. Y neblina. Uno camina y se apreta la bufanda negra hasta casi cortarse el cuello en tres partes. Y es que ahora somos un año más viejos, nos decimos, y nos evaluamos como entre drama y payaseo, en busca del detallismo que declare en tres palabras el mejor resumen de cuanto se es o no se es, y pruebas, y neblina, y frío, bufanda negra, chaqueta negra, pantalones negros, zapatillas azules con banda blanca, lentes rectangulares marco al aire, manos cruzadas y caminar lento. Y recordar. Ejercicios de nostalgia y más allá, que es lo indicado, preciso, quizás lo único coherente que hacer en vez de empezar con cosas que no existen, como los proyectos o las ilusiones chicas de pianos con personalidad adquirida que cuentan sobre su vida en unas cuantas notas de Chopin (como se dijo alguna vez en un estado que no se revela como consciente, pese a todas las pruebas que indican lo contrario). Y no es que sea megalómano. O snob. Prueba de eso es la inmoralidad en el habla, que no se escurre con ninguna palabra y sí, la terminología, y sí, el mundo entero, y los relojes de arena, y las personas que caminan con una sonrisa en la nuca y una mueca de payaso macabro por delante. Y el amor. Y el odio. Y las nubes. Y qué es eso que llevas en la mano. Y sí, es un palito de árbol. Y para que. Para tenerlo, el palito. Y conversar. Y la vida se va escurriendo en los vidrios que se empañan y son como poesía brutalmente sin rima, poesía pornográfica que se escurre como savia de un árbol blanco, paisaje de van gogh. Mirada cómplice. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net |