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Inicio / Cuenteros Locales / mandrugo / Viaje de una palabra

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Llovía en Temuco esa mañana de mayo cuando me encaminé hacia la Comisaría de mi barrio. Necesitaba pedir un certificado de residencia que me serviría en Europa, por un asunto de trámites matrimoniales, en los que me encontré involucrado como final, no muy meditado, de diez años de mochileo por el Viejo Mundo.
Pronto me encontré sentado ante un sargento bastante robusto, más bien generoso en adiposidades, de amplia y lustrosa cara colorada. Era un hombrón de movimientos lentos y de aire campechano, que estaba arrellanado en una silla, la que apenas se veía bajo su envergadura, y frente a una mesa baja, de madera descolorida, donde el sargento sudaba y bufaba, de vez en cuando, con las teclas de una vieja máquina de escribir negra, de esas legendarias Olivetti.
El sargento tecleaba mis datos generales con un solo dedo, el índice, y muy lentamente, quizás con una cierta embarazante incomodidad ante la maquinita o, tal vez, por una natural nostalgia por el arado, donde se encontraba más a sus anchas, en medio al canto de los tiuques y el olor fresco de la tierra que se abre en surco, para recibir la semilla que un día se hará trigal.
Cuando logró llegar al final de su tarea, le pregunté:
-Perdone, mi sargento ¿cuál es la validez del certificado? –Pensé que unos tres meses serían más que suficientes, porque deseaba quedarme todavía un tiempito más en mi país, recuperando amistades y asados.
-Trecientos pesos! –fue su respuesta; desganada y segura.
-¿? ¡! No, no, perdón, me refiero al tiempo...
-¡Ah! Es bastante rápido, sólo de un día pa’otro.
Le agradecí la información. Saludé y salía a la lluvia.
Me gustaba sentir su cristalina compañía y mirar como mojaba las calles, mientras el viento del sur acariciaba los notros, esos árboles cuyas flores el verano incendia de un rojo de extraña belleza.
Y finalmente pude reírme a mis anchas, con esta simpática e inesperada anécdota idiomática, que esperaba compartir con mis amigos.
Sin embargo, para la palabra validez, las cosas comenzaron a ponerse color de hormiga cuando ella debió enfrentar a su significado, a su identidad dentro de las personas a las cuales conté esta pequeña historia. Hubo sorpresas varias.
Confieso que ya me había olvidado de la anécdota, verba volant, dicen, y tuve que recordarla a duras penas, cuando un sobrino me pidió contársela de nuevo. Fue así que decidí escribirla, antes que se vaya de nuevo a rodar tierras por los generosos campos del olvido.
Los resultados más curiosos del viaje de la palabra validez, sucedieron más o menos así:
Estando yo en Santiago, frente a una taza de café, mirando la belleza de los ojos profundos de una amiga, en el momento en que el sargento exclama: “sólo de un día pa’otro”, ella lanza una fresca y sonora carcajada, que aún resuena en mis oídos cuando los porfiados recuerdos me visitan por otros asuntos. Risa fresca y sonora que acompañó con un “deberías haberle dicho”:
-¡Gracias, entonces no me sirve!
Después de un tiempo la palabra apareció por la ciudad de Chillán, en la casa de mi compadre, donde compartimos un asadito y unas copas de vino tinto. Cuando la palabra validez, salió nuevamente en pista, buscando la risotada y el flujo de comunicación, ésta –la palabra- se quedó muda al final de su actuación, porque mi compadre, simplemente no hizo ningún comentario, y cuando se percató que yo había terminado de contar la anécdota, simplemente dejó caer sus ojos sobre algún punto invisible del piso, quizás ya rondanan golondrinas oscuras por algún rincón de su mente. El hecho es que ese rostro ausente le hizo bien a la palabra, porque ella se aferró a la idea que el compadre no la había visto o no había escuchado su sonido y, por lo tanto, su significado y presencia dentro del diccionario seguía siendo real. Conclusión que a mí me pareció válida.
De pronto el silencio de las reflexiones fue trizado por la voz de un tipo algo extraño, que también participaba del asado, y seguramente se trataba del infaltable paracaída que nunca falta en ningún lado, tanto menos en un asado que se precie de tal.
Seres raros aparecen también por ciertos funerales, como cuenta Neruda en sus memorias, con un misterioso personaje vestido de negro, que entró a la pieza donde velaban a su amigo poeta, una noche de intensa lluvia, pidió permiso y saltó sobre el ataúd, acto seguido se perdió bajo la lluvia y la noche.
Digresión aparte, el más modesto personaje de nuestra historia dijo, mientras vaciaba su vaso de vino tinto:
-En otros lados el certificado es más caro todavía.
-¡!??
Después fue a controlar el asado, cuyas gotas de olorosa y sacrifical grasa, chirriaban al contacto con las rojas ascuas del carbón de roble, que ardía sin llamas.
Ante tamaño despropósito la pobre palabra sintió un escalofrío helado, como de no existencia en el diccionario, recorrer cada una de sus letras.
Sin embargo, ella continuó su viaje con la frente alta, aunque una cierta duda radical aleteaba por el centro de sus seguridades, al comprobar la enorme variedad de vocabularios personales que comenzaba a descubrir. Virginia Woolf dijo que nosotros somos las palabras, entonces el asunto se estaba coloreando de castaño oscuro.
Con estas reflexiones y otras a cuestas, nuestra amiga palabra apareció por la hermosa y ordenada Suiza, donde conté la historia a un amigo gaucho, que cambió los vientos de la Patagonia por un par de ojos verdes. Para mi sorprendida sorpresa, tampoco esta vez hubo risa, ni siquiera sonrisa, al menos un rictus facial; simplemente un desganado y opaco comentario, cuando me vi obligado a forzar alguna explicación de significados y significantes:
-Es que también se dice así, hombre; pero no te hagas problemas, mejor abramos una botella de vino tinto, de los Antigua Reserva, y ¡chao!
Estas vicisitudes algo burrascosas del viaje de la palabra validez, me llevaron a preguntarme que cuando el inmortal Borges dice que las palabras son experiencias compartidas, seguramente se refería a otras cosas, quizás.
Bastaba, en el fondo, que hubiese preguntado ese día de lluvia en Temuco:
-Me excuse, mi sargento, pero cuál es la vigencia del documento?
Pero, eso sí, no habría escrito esta pequeña historia.

Texto agregado el 16-06-2005, y leído por 524 visitantes. (19 votos)


Lectores Opinan
2007-12-24 02:42:19 buena ¿historia? la tuya, de las subjetividades dentro de las palabras... descripciones precisas, imagenes suficientemente bellas, una narrativa fluida, sin sobresaltos... no es muy profunda ni tan interesante pero es agradable para pasarla bien un rato. besos duraznosa ngrando
2007-10-07 02:54:00 Ya que estaba por aquí me he acercado a recordar este cuentito tuyo. Quien mejor para hablar de las palabras que alguien que las domina como tú. Me he vuelto a reir. Selkis
2007-05-19 19:36:21 En Temuco los aguaceros son torrenciales, ya lo creo. Buena pieza literaria. Jazzista
2007-02-15 17:09:50 mandrugo, antes de nada, debías pensar que estamos en Chile, lugar en donde nos agrada tanto buscar palabra para cada cosa llevandonos hasta a verbalizar los sustantivos, así que en chile pocos pueden haberse percatado de la existencia o no d ela palabrita, en todo caso ella es de uso común ya. mira, de un balde, surge el verbo "valdear" y así cn muchos sustantivos. asi que la validez del certificado ha de ser de tres meses a lo menos. mis estrella.***** curiche
2007-02-15 13:20:14 ¡Vaya un personaje ...! ¿Se podría decir que el relato adquiere validez dentro del género fantástico? No quisiera yo poner en juego la validez de esta pueril reflexión, enunciada justamente en un magnífico sitio literario, cuya validez nadie discute. Felicitaciones, mis cinco estrellas. sara_eliana
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