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Escuadrón L-201

ESCUADRÓN L-201



Como de costumbre salió del Túnel Magnético desorientado y con una fuerte erección. Nunca había hablado con nadie del intenso orgasmo que sentía mientras duraba el trayecto, le parecía demasiado personal, pero se resistía a pensar que él era al único al que le pasaba. Jack siempre elegía el túnel como medio de transporte y no lo hacía ni por el orgasmo, de ser por eso se habría comprado una Emuladora con chip pirata para sentir lo mismo y con quien fuese; ni por dinero, ya que un billete costaba casi el doble que el de un Vuelo Espacial. Lo hacía porque no soportaba a la gente. Y los camarotes de los Vuelos Espaciales iban repletos de ella.

Al llegar a casa fue corriendo a la terraza y se tumbó panza arriba para ver la Tierra, ya que el hecho de que ellos se encontrasen en la fase oscura significaba que a ella la bañaba la luz del sol, y ese día había Tierra Llena, que era cuando mejor iluminada estaba. En una noche así (a decir verdad la noche y el día en la Luna duraban trece o catorce días, pero ya hacía tiempo que habían adaptado la luz y las sombras al horario terrícola) Jack podía estar mirándola durante horas (incluso decía notar como giraba) sin cansarse. Después de cenar se acostó y gracias al techo de cristal que encargó construir en su habitación continuó disfrutando de la vista hasta dormirse.



A la mañana siguiente la Tierra seguía igual de hermosa. Una nube la recubría en su mayor parte y a través de los agujeros que la horadaban podía verse el inmenso mar azul y los mermados continentes de Europa y África, cada vez con menos manchas verdes y marrones y con más plateadas. Mientras desayunaba apoyado en la baranda de su terraza, bajó la vista a la calle y observó a los habitantes que deambulaban a esa temprana hora. Casi todos lujosamente vestidos, aunque fuera sólo para ir a comprar el pan, pues la ciudad de Venusia es una de las más importantes y pomposas del sistema solar.

Sólo llevaba dos años viviendo en la Luna y ya se sentía como en casa. No fue siempre así, al principio muchas veces pensó en vender su enorme apartamento en el centro para irse a un lugar más despoblado, a Marte por ejemplo; comprar unas cuantas hectáreas, y retirarse cultivando verduras y criando animales en uno de esos ranchos espaciales tan de moda en los últimos meses. Pero tener a la Tierra, su tan amada y añorada Tierra, donde nació y de donde tuvo que marcharse por no poder soportar lo que le estaban haciendo; tan cerca, le hacía darse cuenta de que no podría encontrar un lugar mejor para vivir.
En la calle más de lo mismo. Ricos por todas partes. Jack no era el tipo de persona que uno podía encontrarse en el centro, no tenía suficiente nivel económico para pagar una hipoteca ni un alquiler, pero como había heredado el apartamento de un tío lejano al que apenas conocía (quizás por eso fue el único beneficiario) podía permitirse el lujo de gastar su raquítica nómina en aguantar el alto nivel de vida que exigía el centro de Venusia.



La paradoja de todo esto es que vivir en la Luna nunca había sido caro. Al principio, debido a los problemas que había para habilitar espacios con gravedad similar a la de la Tierra (lo que se convirtió en una odisea y un desperdicio de dinero), nadie quería ocupar el pelado satélite, y sólo vivían allí astronautas, científicos y chiflados; que adquirieron terrenos casi regalados. Así siguió siendo los tres siglos que siguieron a su colonización hasta que en Venus se descubrió el LMV (Líquido Magnético de Venus). El LMV es un metal líquido que ocupa la mayor parte del interior de Venus y es altamente magnético. Este líquido es moldeable gracias a las particularidades que alcanza a distintas temperaturas y una vez se ha solidificado, administrándole una pequeña dosis de energía, multiplica su magnetismo hasta límites insospechados. Por eso mismo Donald Ford, su descubridor, compró miles de hectáreas de suelo lunar a precio irrisorio, las recubrió con placas de LMV conectadas a una computadora y sobre ellas construyó Venusia. La computadora era capaz de suministrar la energía adecuada para crear el magnetismo deseado y conseguir una gravedad idéntica a la de la Tierra. Así fue como nació la primera ciudad de Gravedad Universal de la Luna. Con el tiempo todo el mundo quiso vivir allí, pues se convirtió en la Megápolis del espacio exterior más cercana a la Tierra, multiplicándose por momentos su población hasta llegar a residir más gente en Venusia que en el resto del satélite. Y aunque las leyes del Sistema Solar entraron rápidamente en juego obligando a Ford a cederles la explotación del LMV en Venus (alegando que era un bien de la humanidad), el magnate ya había extraído lo suficiente para llenar los depósitos de cientos de Almacenes Espaciales, además de millones de metros cuadrados de placas y el sistema informático que las controla, que había alquilado a la mayoría de ciudades de la Luna y Marte, por lo que siguió poseyendo el monopolio de la gravedad convirtiéndose en uno de los hombres más ricos del Sistema Solar.



Cuarenta años después de la fundación de Venusia, Ford inventó el Túnel Magnético. Todo comenzó a partir de la tormenta de meteoritos del 65, que coincidió con el virus informático que inutilizó la mayoría de radares y láser antimeteoritos de seguridad, y que provocó que los proyectiles que caían sobre el satélite se cebaran con la mayoría de naves que no tenían escudo protector provocando cientos de catástrofes. Después, el transporte más utilizado y el más seguro, el que poseía una estadística de 0% de víctimas en accidentes pasó a ser de 0’0000000000000000000000003. Aun así la propaganda del Sistema surgió efecto y el Vuelo Espacial continuó siendo el medio más utilizado, pero el pánico se apoderó de muchas personas que exigían otras alternativas y Ford apareció para ofrecerles lo que deseaban. Se sacó de la manga el Túnel Magnético, un medio de transporte en el que es imposible sufrir un accidente y menos aun por el impacto de un meteorito.
El TM es un túnel cilíndrico recubierto de LMV que une dos puntos. Las paredes están conectadas a un gran ordenador que decide la carga de energía suficiente para desplazar cualquier objeto que se encuentre dentro (humanos inclusive). El ordenador controla el peso, la velocidad y la trayectoria con la condición de no hacer chocar nunca dos objetos y de llevarlos a la Cabina de Aterrizaje asignada. Debido a la increíble fuerza que puede generar el TM, los seres vivos deben viajar en unos trajes especiales parecidos a los de los astronautas, y gracias a los cuales pueden alcanzar los dos mil kilómetros por hora.

Ford se jactaba constantemente de que su Túnel era el único medio de transporte con un 0% de víctimas en accidente.



Cuando Jack llegó a su Cabina de Despegue se sonrió por el inevitable orgasmo que estaba a punto de sentir y no pudo reprimir pensar en ella. A Jack no le gustaban especialmente las lunares, demasiado altas y delgadas (obsequio de trescientos años de gravedad casi nula) pero ella no medía más de metro ochenta y tenía las caderas y los pechos tan redondeados que podía pasar por una terrícola perfectamente. Desconocía si ella cogía el TM por el mismo motivo que él o no, “si algún día hablamos se lo preguntaré”, solía pensar; ni si también sentía el orgasmo, “eso no se lo preguntaré jamás”; pero el hecho de cruzarse constantemente en la salida le hacía afrontar el día con una sonrisa en el rostro.

Últimamente se cruzaban cada día.



La primera vez que Jack reparó en ella (nunca supo si fue primera vez que se vieron pues no solía prestar demasiada atención a la gente) se sintió profundamente cautivado por esos ojos verdes como la hierba, y desde entonces no hubo día que no la buscara. Al principio se veían semana sí semana no, pero con el tiempo, sin cruzar palabra, se pusieron de acuerdo para verse diariamente. En el último mes ambos habían variado su rutina para verse también a la vuelta de sus respectivos destinos.



Se calzó el traje reforzado con escafandra de gel de titanio ultrarresistente y marcó en el pequeño teclado encajado en el brazo del mismo la Cabina de Aterrizaje 356 y la hora habitual de llegada. Fue justo antes de abrir la Puerta de Embarque cuando se dio cuenta de que aun sostenía el maletín en la mano.



La primera vez que utilizó el TM también olvido meterlo en el cajón transportador y al no tener código de ruta estuvo viajando durante varios días por los túneles. Cuando le llamaron de la oficina de objetos encontrados y fue a buscarlo, se llevó una desagradable sorpresa al ver que había perdido todos los papeles del trabajo. “¡No me joda!” le gritó en aquella ocasión el encargado cuando él le pidió explicaciones, “Claro que destruimos todo lo que anda suelto, ¿sabe cuanta mierda echan por minuto al TM? Si tuviéramos que detener el tráfico cada vez que algo quedará encerrado no acabaríamos nunca”. “Ya, pero es que iban dentro del maletín” recuerda que le replicó, “¡Suerte has tenido de que no lo destruyéramos también! Eso te pasa por no meterlo todo dentro de un Cajón Transportador. Ahí no hay trampa ni cartón, le asignas el Código de Ruta y si te da la gana llega antes que tú”.



Metió el maletín en un cajón de tamaño D y le asignó el mismo código que minutos antes había marcado en el teclado del traje. Finalmente abrió la Puerta de Embarque le abordó esa extraña sensación que notaba cuando veía el TM desde la escotilla, la de saberse insignificante comparado con la tremenda energía que fluía a través de ese túnel cilíndrico de algo menos de tres metros de diámetro. Siempre se quedaba mirando unos segundos a través del marco, agudizando la vista y el oído para intentar ver algo o alguien pasar. Pero nunca notaba nada. El TM, visto desde fuera, daba la sensación de ser una simple cañería gigante por donde hacía años que nunca pasaba nada.

Con un ligero titubeo saltó al túnel después de ver como desaparecía, delante de sus ojos, el Cajón Transportador que había arrojado segundos antes y al entrar notó ese típico zarandeo que precedía a la explosión que transformaba el túnel en una espiral hipnotizante que le llevaba a la única clase de orgasmos que sentía desde hacía unos meses.



El escuadrón L-201 recibió la segunda llamada urgente de ese mes. El comandante decidió cortar el tramo que iba de la Cabina de Despegue 33 a la 37. Era una sección larga, pero era la única manera de no detener la línea Venusia – Ciudad Oficina. Transmitió los datos al Ordenador Central y éste se limitó a desviar el tráfico por las bifurcaciones encontradas antes de llegar a la 33 y después de la 37. Era un desvío de casi dos kilómetros, pero sólo un retraso de 3’6 segundos. Nadie lo notaría.

En la última Cabina de Despegue de la línea Venusia – Ciudad Oficina una hermosa joven de ojos increíblemente verdes fingía tener problemas con el traje mientras miraba disimuladamente la Puerta de Desembarque. Un cajón transportador de tamaño D cuyo interior imaginaba se posó suavemente en el suelo. Miró el holoplasma que presidía el marco de la entrada y efectivamente vio que provenía de la cabina 3. El corazón le dio un vuelco y contó mentalmente los segundos que separaban ese aterrizaje del que ella esperaba. Nada. Por primera vez en mucho tiempo venía con retraso. Los nervios fueron aumentando irremediablemente a medida que avanzaba el tiempo. Cuando por fin sacó valor de su interior y se levantó en dirección a la escotilla para comprobar el interior del cajón, un pasajero al que jamás había visto aterrizó y cogió el cajón sin dilación. Ella soltó aire con fuerza por la nariz, los nervios se fueron con él y miró de reojo el holoplasma, sorprendiéndose al comprobar que marcaba el despegue del pasajero desde la cabina 87.

-¡Un momento! –exclamó-. Eso no es suyo.

Pero al girarse el hombre había desaparecido.

La chica siguió esperando al joven del que había quedado prendida desde la primera vez que lo vio. Estuvo más de una hora sin dejar de mirar la Puerta de Desembarque ni el holoplasma, pero él no apareció.



El escuadrón L-201 todavía no había acabado su trabajo. Recoger la masa de líquido casi transparente del suelo del túnel fue fácil. Requisar el cajón huérfano del pasajero también. Lo complicado y para lo que los escuadrones estaban perfectamente entrenados, fue modificar el último día del ciudadano Jack Curtis. Los Escuadrones de Limpieza eran expertos en atar cabos, inventar datos y en hacer todo lo necesario para evitar que alguien sospechase que, por ejemplo, esa mañana el señor Curtis entró en el TM y que un desajuste de las placas de LMV del kilómetro 36 de la línea Venusia – Ciudad Oficina lo habían aplastado reduciéndolo a una masa gelatinosa. En definitiva, conseguir que el TM continuase siendo el único transporte de la luna en conservar sólo un redondo cero delante signo de porcentaje referente a víctimas en accidente.



La joven lunar se acercó a la escotilla de despegue dispuesta a emprender su viaje dándose cuenta de lo necesitada que estaba de ver cada día a ese hombre del que ni siquiera sabía el nombre.
-Mañana se lo preguntaré –se dijo a sí misma al saltar dentro del túnel que le provocaba esas cosquillas terribles en los pies y manos-, y si no aparece iré a buscarlo.
Pero el escuadrón L-201, como de costumbre, no dejó ningún cabo suelo y ella tampoco salió del túnel.


Texto de Basura_Espacial agregado el 17-06-2005.
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