“Quise crear un hombre paralelo en el que habitaran todos los sueños imposibles, todas las ilusiones aún no erosionadas por el polvo del camino y sólo conseguí duplicar mi corazón”
–Mamá se ha vuelto a enfadar con papá –dijo Alicia sonriendo. Andrés apartó un momento la vista de la “gameboy” y también sonrió.
–¿Otra vez internet? –preguntó.
–Otra vez –respondió la niña–. Ven, vamos a ver que escribe.
Los dos se dirigieron al salón. Al fondo, en una pequeña mesa al lado de una estantería repleta de libros, Santiago se rascaba la cabeza sin apartar la vista de la pantalla del ordenador.
–¿Qué haces? –quiso saber Andrés situándose detrás.
–Busco información sobre el divorcio –ironizó el padre, al tiempo que cerraba el programa y se levantaba.
–¡No será para tanto, papá! –dijo la niña.
Santiago tomó a sus hijos por los hombros e hizo un gesto con la cabeza señalando a la cocina dónde el crepitar del aceite en la sartén se mezclaba con el sonido del televisor.
–Supongo que ella tiene razón –dijo–. Me paso el día trabajando fuera y cuando vengo...
–¡No es todos los días, papá! –cortó Alicia.
–¡Sí, tú dale alas! –exclamó Elena desde la cocina–. Venga, poned la mesa; la cena ya está lista.
Santiago se acercó a ella por detrás y la tomó de la cintura.
–No te enfades, reina –dijo–. Esta vez estoy escribiendo algo para ti.
Cenaron hablando de otras cosas, mezclando las noticias del telediario con no se qué incidente en la clase de gimnasia de Alicia y un trabajo en grupo para física de Andrés, con el pescado rebozado y la ensalada, a la que le faltaba sal.
Hacía más de veinte años que Elena y Santiago se conocían y más de quince que compartían el hogar. No eran un matrimonio atípico. Trabajaban para sacar adelante una casa que casi tenían pagada y alimentaban con mimo esos pequeños retos por los que merecía la pena vivir. A veces eran sueños solitarios, aunque las más eran peldaños de una escalera que anhelaban subir juntos, llevando a los niños de la mano.
Tras la cena los niños se fueron a la cama. Santiago y Elena recogieron la cocina y se sentaron un minuto. Ella aún tenía puesto el delantal.
–¿Es cierto eso de que escribes para mí?
–Claro.
–¿Un poema, o me vas a colgar en la red?
–Aún no lo sé.
–Bueno, pero no será necesario que lo hagas esta noche.
–Será sólo un momento.
–Está bien, no tardes. Te espero leyendo.
Elena encendió la luz del pasillo y, antes de entrar en el dormitorio, hizo una mínima visita a los cuartos de los niños que ya dormían.
Santiago, en el ordenador, leyó lo que había escrito. Había algo que no terminaba de gustarle. Miró el reloj y pensó que Elena tenía razón ¿Para qué tanta prisa? Apagó y fue a la habitación.
Elena se habría enfadado de verdad si se hubiera dado cuenta de que, en medio del abrazo y aprovechando la oscuridad, Santiago se ausentó un instante y regresó al relato:
“Crear un hombre paralelo, que tontería; ni que fuera el hombre duplicado de Saramago”
Luego la volvió a besar.
© BlasLeon
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