EL TRASLADO
Sus ojos se abren asustados en medio de la oscuridad. Los dirige cauteloso hacia abajo, a su propio corazón enloquecido, activado ante el vértigo.
Luego de varios segundos transcurridos en placentero martirio parece recordar una imagen, agudizando la sensación que de cierto modo le va resultado familiar. Lo anterior lo obliga a convencerse de que, una vez más, le será imposible defender todo aquello que de buenas a primeras acepta que ama; a pesar de la atmósfera sorda de lapsos extendidos, idónea para evitar más de esas aburridas comprensiones.
Ahora que se encuentra en este espacio renovado adivina que se trata del principio; concentrándose lo suficiente para evitar preguntarse “el principio de qué”.
La caída prosigue, cautivándolo, lo protege en un sentido absoluto; y es que la caída “es”.
Antes, cuando reaccionaba sobresaltado, sin interpretar el suceso y su original característica, todo le parecía un error, un abrumador castigo sin causa; el cual seguramente en alguna parte del trayecto tendría tatuado un alias y hasta un conmovedor buenas noches. En cambio ahora, con el pentagrama en perspectiva, le entregaría su vida en lo que él intuye es un hacia adentro más que un simple y descorazonador hacia abajo; el centro de algo vivo entre su extravío y el presentimiento; ayudándole a retomar el camino frustrado de sus latidos, paso a paso; controlando aquellos grises protocolos de sol.
-¡No!… aún no -animándose a elevar temeroso la mirada ante la incertidumbre por seguir asimilando; y por si fuera poco el aturdimiento reanuda la opción única: “Acéptalo, dentro del lapsus un desliz no puede ser error”.
Finalmente se siente trasladado en punto neutro.
Arriba y abajo son divagaciones cuyo punto de equilibrio equivale a justificar el amparo de la piedad; la nitidez de su mirada titubeando ante la verdad.
Pero si la emoción aún logra inquietarlo, si su corazón una vez más se sacude, transformando la tangente en busca de coordenadas en una simple caída libre, significa que su ser se mantiene atento al llamado pero él en sí no concerta, o se niega, o no puede. Quizás duda a través de la estática y esa inusitada elasticidad profundizando un laberinto iluminado cada vez que el sueño parece vencerlo; atreviéndose a cerrar los ojos cansados de interpretar su sentir; obligado a hacer un último esfuerzo para mantenerlos alerta, fuera de sí, ya que hacia adentro va; sin parpadear, sin excusas; aceptando al fin que desde un principio la distancia ha terminado.
Sólo durmiendo podrá despertar.
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