No dudaba que Juliana se mataría, hasta que ví el horror en sus ojos; las aguas del mar ya cubrían su pecho. Se detuvo, vacilante, sin animarse a dar su zambullida final. Luego dio media vuelta y regresó nadando a la orilla.
¡Traidora! Había desertado de nuestro juramento, nuestro dulce sueño de perecer juntos en las profundidades del océano. De ello me lamentaba cuando el mar terminó de tragarme.
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