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Inicio / Cuenteros Locales / vaerjuma / Don Cristóbal (a Malomo)

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DON CRISTOBAL

Era una noche tranquila, fresca, limpia; una hermosa noche.
En el aire de Concepción del Uruguay se respiraba, suave, el olor de los pastos húmedos de rocío, y la luna se delineaba, nítida, en medio de las estrellas del cielo negro y sin nubes. Las calles, ahora sosegadas, eran recorridas apenas por perros solitarios, gatos vagabundos y algunos hombres anónimos, sin senda ni destino, que sin saberlo seguían un dibujo simétrico y sin embargo azaroso.
Guillermo Sampedri miró el reloj y, aunque no era tan tarde, decidió que ya era tiempo de volver a su casa. Apremió el último trago de su vaso de vino tinto y salió del club Ferro rumbo al Parque de la Ciudad, donde vivía. Como todas las noches, se encaminó por el boulevard, dobló en la esquina de siempre y pasó por la plaza 12 de Octubre, cortándola en diagonal. En el centro de la plaza, justo cuando pasaba junto a la estatua de tamaño natural de Cristóbal Colón, y sólo porque le tocó a él y no a otro, se topó con el destino.
Nítido y fuerte, sonó un chistido en medio del silencio…
Sampedri se detuvo automáticamente, sabiéndose destinatario de aquel llamado, y se puso a mirar en derredor: en toda la plaza no había nadie más que él… Se escuchó otro chistido y Sampedri volvió a mirar, comprobando que estaba solo; que salvo la estatua que estaba a su lado, no había otra cosa parecida a una persona en toda la manzana.
-No joda don Cristóbal, que si es usted me voy a cagar en los calzoncillos del susto -dijo para sí en voz alta, en un tono que quiso ser jocoso y como tratando de ahuyentar sus miedos.
-Disculpe, pero es que me pica la espalda y no me puedo rascar –le dijo a su vez la estatua…
Sampedri no se cagó, pero una involuntaria mancha de humedad comenzó a oscurecer su bragueta, haciéndose más y más grande.
-¿No me rasca la espalda? –insistió la estatua.
Guillermo Sampedri la miró a la cara y con un hilo de voz, mientras trataba de recomponerse, preguntó a su vez:
-¿Qué dijo, don Cristóbal?...
-Que si me pude rascar la espalda, por favor… Las estatuas tenemos cierta dificultad para movernos, como bien sabrá, y por si fuera poco, otra vez me han robado las manos.
-¡Otra vez! –exclamó Sampedri, y desvió la mirada para comprobar que, una vez más, habían robado las manos de la estatua.
-Y sí, otra vez…
-¡Pero esto no puede ser, don Cristóbal! ¿Para qué carajos querría alguien las manos de una estatua?
-No sé, pero me las roban… -dijo la estatua, y agregó, dándose aires de importancia- Aunque lo tomo como una especie de honor que me hacen, porque lo mismo pasó con las del “Che” y las de Perón, ¿se acuerda?...
-Deben ser esos muchachos que se juntan a fumar porquerías, seguro.
-A veces sí, pero no siempre.
-¡No me diga!...
- Bueno, no le digo pero, por favor, ¡venga, suba de una vez y rásqueme la espalda, que no aguanto más la picazón! Es ahí, justo en el medio de las paletas, mi amigo.
-Discúlpeme don Cristóbal, ya lo ayudo –dijo Sampedri y comenzó a trepar por el pedestal con algún esfuerzo, hasta que se abrazó a la estatua…
Una vez encaramado y mientras completaba su tarea de aliviar la comezón del navegante genovés, o español, o judío, o marrano, o… lo que fuere que haya sido don Cristóbal Colón, ya sin miedo y hasta un poco más animado, Guillermo Sampedri siguió la conversación.
-Don Cristóbal, ¿no se aburre de estar todo el tiempo quieto y mirando para el mismo lado?...
-No, ya estoy acostumbrado. Además, durante el día pasa mucha gente por aquí. Y a la noche, antes de dormir, me entretengo mirando a las parejitas que se besan en los bancos… ¡He visto cada cosa!...
-Sí, sí, está bien pero, ¿no se siente solo?, digo...
La estatua hizo un silencio largo, estudiado, teatral, y contestó impostando gravemente la voz, para que sus palabras tuvieran un efecto rotundo:
-A veces sí. Hoy, por ejemplo… Por eso lo llamé, inventando la excusa de la picazón. Espero que no se enoje, ahora que se lo he dicho.
-¡Pero no, de ninguna manera! Lo entiendo perfectamente. Es más, ya que estamos lo invito a ir a tomar algo por ahí, si le parece, así se distrae un poco y de paso puede ver algo diferente.
-¿No será mucha molestia? Mire que va a tener que llevarme, porque yo no puedo caminar solo.
-No, don Cristóbal, no se haga problemas…
No fue nada fácil para Sampedri sacar la estatua del pedestal. Tampoco fue fácil bajarla, acomodarla a la espalda, y hacer las siete cuadras hasta el bar “El Firulete”, el único abierto a esa hora y en el barrio. Pero lo hizo… Una huella larga y sola, la que iba dejando la base de la estatua en las callecitas de tierra, parecía seguirlos como si fuera una víbora.
Cuando llegaron, “Martincho” Basgall, el bolichero, hombre acostumbrado a ver los disparates más raros y de asombro escaso, consideró sin embargo y muy seriamente la posibilidad de jubilarse en poco tiempo más. Igual los atendió como si fuera lo más natural del mundo el servir a un tipo arrastrando por compañero a una estatua de tamaño natural.
-¿Qué andan con ganas de tomar los señores? –preguntó Basgall, y los miró a los dos a los ojos, rogando en lo más íntimo que contestara el humano.
-Para mí un vinito tinto –dijo Sampedri.
-¿Y para el caballero?
-No sé… ¿qué toma usted, don Cristóbal?...
Hubo un pequeño silencio.
-Dice que una grapa con miel estaría bien a esta hora.
Basgall fue hasta el otro lado del mostrador y sirvió el pedido. Lo llevó hasta la mesa y enfiló otra vez para su lugar acostumbrado, agarró un trapo y se puso a secar vasos mientras los miraba de reojo, meneando la cabeza, cada vez más convencido de la necesidad de jubilarse pronto.
A eso de las 4 de la madrugada, luego de varios vinos y grapas, hombre y estatua pagaron la cuenta –en realidad pagó el hombre- y se fueron por donde habían venido.
Cuando llegaron a la plaza, un rato después, y mientras Sampedri, jadeante por el esfuerzo y los muchos vinos, la trataba de acomodar a duras penas como estaba antes, la estatua habló por última vez y dijo:
-He sido un maleducado, mi amigo. Usted se ha tomado muchas molestias por mí y yo ni siquiera le pregunté su nombre, ni qué hace, ni dónde vive, ni si hay alguna mujer que lo vaya a sermonear cuando vuelva a su casa…
-No se preocupe, don Cristóbal, no es nada… Yo soy Guillermo Sampedri, peón de albañil de los buenos, y vivo solo en una casita blanca, la única con un sauce grande en el jardín, en el barrio Parque de la Ciudad, acá cerca.
Fue en ese mismo momento, cuando termino de hablar, que sintió la rigidez en todo el cuerpo. Desesperado y aterrorizado, miró hasta donde podía abarcar con sus ojos fijos, y se vio irse con rumbo al Parque de la Ciudad. Una pareja se besaba ávidamente en uno de los bancos, ajena a todo lo que pasaba en el resto del mundo.
Sampedri entendió al instante lo que le estaba pasando. Con bronca, pero sabiendo que siempre hay revancha, se prometió tener paciencia hasta encontrar el tipo adecuado para chistarle.

Texto agregado el 27-06-2005, y leído por 369 visitantes. (24 votos)


Lectores Opinan
2006-03-05 18:38:32 Lleno de talento este escrito. Felicidades. Gabrielly
2006-02-11 00:14:01 Lo único que consuela es que Don Cristobal se fué manco. Muy buen relato, llegué a tus letras por casualidad y me alegro por ello. Saludos! MT migueltr
2005-08-03 16:14:33 En este caso, me gustaria ser el personaje interpretado por la rigidez elhombreazu lon
2005-07-28 05:28:00 ¡Pero que traicionera la estatua! encima que la llevan al bar le roba la vida a Sampedrini en pago. Nada que decir, excelente como todo lo tuyo. maitencillo
2005-07-25 15:40:44 Sí, es excelente. De gran factura, y bueno, pues le dejo mis estrellas a falta de encontrar un comentario tan ocurrente y certero como su cuento; por cierto, si tiene tiempo, lo invito a leer "La casa de las Estatuas" de Peinpot y "La Estatua", mío. Cierto parecido que me asombra. Saludos. Calamitatum
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