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Inicio / Cuenteros Locales / Shapplin / La bestia de Santa Rita

 Versión para imprimir  Enviar a un amigo [C:118534]

El crepúsculo comenzaba a ensanchar sus ligeras alas de vapor sobre las casas del pueblo, cuando después de una fatigosa jornada llegué a Santa Rita, término de mi viaje. Santa Rita es un pequeño pueblo semejante a una isla rodeada de tierra donde pasé dos de los mejores años de mi vida y adquirí fama de cazador, muy bien ganada.

Mi presencia en Santa Rita después de tantos años se debía a una carta de mi viejo amigo Manuel que, sin dar más explicaciones, exigía mi pronta presencia en el lugar.

Decía la carta, en pocas palabras, que el pueblo estaba siendo victima del ataque de un animal feroz, de una bestia enviada por el mismo demonio, que sólo acometía protegida por la oscuridad de la noche, dejando a su paso despojos de aquellos que, el día anterior, habían sido animales enteros.

Reparaba en los arenales que Santa Rita tenía por calles cuando Manuel salió a mi encuentro.

— ¡Viejo amigo! —Dijo extendiendo sus brazos.

—El mismo de siempre —contesté—. No ha cambiado nada por aquí.

—No creas, desde que te fuiste han pasado muchas cosas —expresó con aire grave.

Ingresamos a una de las vetustas casas triunfadoras en la batalla contra el tiempo; entonces, exigí un esclarecimiento de la carta, a lo cual mi amigo respondió:

—Déjame ir a buscar a mis vacas cerca de los esteros antes que caiga la noche, y a mi regreso te cuento toda la historia.

Pronto mi amigo se perdió entre la niebla y los sauces, surcando las enredadas calles del pueblo, rumbo a los pantanales, en busca de sus contadas vacas.


II


En el patio de la casa, los estallidos en la fogata y el canto de los grillos orquestaban la hora nocturna mientras una brisa agitaba las plantas de tacuaras y estremecía las llamas. El agua hervía dejando escapar murmullos y vapor.

Me disponía a avivar el fuego cuando Manuel se acercó con un viejo maletín de cuero y se situó al otro lado de la fogata.

La espera terminó, al fin, era la hora de la prometida historia.

—Es terrible esta situación amigo —expresó Manuel como introducción a la historia que seguiría—. Te envié la carta para que vinieras y así pudiéramos contar con tu ayuda para cazar a una bestia que asecha el pueblo, perjudicando nuestros ganados y poniendo en peligro a nuestros niños y mujeres durante la noche.

—Pero si asecha durante la noche, por qué estamos aquí en el fondo de tu casa, expuestos a que ese animal salte sobre nosotros desde esos matorrales —dije.

—No, no es cualquier animal —contestó e hizo una pausa, bajó la cabeza luego alzó la vista hacia mí y concluyó—. Es un hombre lobo.

— ¡Un hombre lobo! —dije atajando la risa en mi garganta.

—Sí, esa maldita bestia es don Luís.

— ¿Don Luís, el anciano que vive solo cerca de los naranjales de don Orue?

—Sí, el mismo —dijo con severidad y continuó—. Todos los del pueblo hemos notado su extraño comportamiento en el barcito de doña Perla, de donde a veces sale nervioso y sudoroso al acercarse la media noche, casi siempre dejando un vaso de caña a la mitad o una partida de barajas sin terminar.

Una noche lo seguimos cautelosamente. Iba apresurado, tambaleando, amenazando con caer en cada esquina, pero siguió adelante hasta que, gracias a la luna llena de esa noche, vimos su silueta perderse entre los panteones del cementerio del pueblo. Entonces, pasaron un par de minutos antes que saliéramos corriendo del lugar, aterrados por un aullido mitad animal, mitad hombre que rompió la paz del camposanto. Sin embargo, sólo el comisario del pueblo y yo nos atreveremos a enfrentar a la bestia y será esta misma noche —sus ojos se dirigieron a los míos reflejando las llamas de la fogata mientras continuaba hablando—, por eso apresuré tanto tu presencia.

Introdujo su mano en el viejo maletín de cuero y extrajo de él un revólver y pasándomelo dijo:

—Eres el mejor cazador que ha pisado Santa Rita y serás de gran ayuda para el pueblo si aceptas participar de la cacería de esta noche.

Tomé el revolver sin decir nada, aún no terminaba de creer lo que decía mi amigo y que por cierto, al final lo creí sólo porque era él quien me lo contaba.

—Es una maldición —continuó Manuel—, todo esto empezó después de que un camión de trasporte de cargas se llevara por delante la parroquia de Santa Rita.

No compartía esa idea, la destrucción de un templo donde se adoraba a ídolos de piedra y barro no podía traer menos que bendiciones al pueblo.


III


La negrura de la noche y la luz tenue de la luna combatían por un lugar en la calle, el punto de reunión, donde nos hallábamos esperando al comisario que, poco después, se presentó disculpándose por el atraso. Llegó solo, como acostumbraba hacerlo en el tranquilo pueblo de Santa Rita.

Salimos rápido camino al barcito de doña Perla donde, sin duda, todavía se encontraba don Luís. La mejor jugada era, según el comisario, agarrarlo y encerrarlo en el siempre vacío calabozo de la comisaría.

Al llegar al citado lugar, doña Perla se disponía a colocar el tercer candado a su portón de hierro. Luego, haciendo una señal religiosa y nombrar a algunos santos dijo que don Luís ya había salido rumbo al camposanto.

Desenfundamos las armas y corriendo nos perdimos en la oscuridad. El cementerio se encontraba a escasos metros del lugar.

Pronto llegamos frente a los lúgubres panteones. El sitio de la bestia estaba iluminado tenuemente por el brillo lunar.

De repente, encima de un gran mausoleo azul y luna, se posó la terrible bestia oteando el horizonte nocturno sin advertir nuestra presencia.

Su forma humana no había cambiado del todo, se podía percibir al hombre debajo del grueso manto de pelo que lo cubría. Sin embargo, hasta ese momento era sólo una sombra macabra.

El comisario se me acercó cautelosamente y me murmuró al oído:

—Manuel y yo encenderemos las linternas con dirección a la bestia —me tocó el hombro y agregó—. Que sea un tiro certero.

Di mi aprobación a la táctica y me coloqué en posición. Lo tenía en la mira, sólo faltaba la señal para que la bestia cayera. Aún en la oscuridad podía darle en la cabeza.

— ¡Ahora! —grito Manuel y las dos linternas cegaron a la bestia que, en ese momento, intentó cubrir su rostro con una de sus peludas manos, en la otra tenía fuertemente sujeto un machete.

La intensidad del momento apenas me dejó pensar que era un hombre aquel que se había convertido en bestia. A pesar de su pelaje de perro y cuerpo de gorila, el animal adquirió un aspecto muy humano al blandir un machete.

Al último segundo decidí dispararle en la pierna. El tiro fue perfecto y la bestia cayó pesadamente desde lo alto del mausoleo dejando escapar un rugido seguido de un sonido seco al dar en el suelo.

Corrimos hacia el caído pasando por pasillos de panteones y cruces. Y por fin, allí estaba el herido, derrotado, caído como un soldado en el campo de batalla. El machete yacía en el suelo cubierto por el polvo del cementerio.

La bala apenas había rozado su pierna izquierda dejándole una línea roja bajo su pelaje de animal. A causa del disparo perdió el equilibrio y cayó quedando inconsciente por el golpazo contra el suelo. Seguía vivo aunque olía a uno más de los habitantes del camposanto.

Después de una pequeña discusión sobre el destino final del hombre lobo, finalmente, Manuel creyó conveniente llevar a la bestia a su propia casa, cerca de los naranjales de don Orue. Dadas estas circunstancias, era mejor esperar el amanecer, cuando la bestia hubiera recuperado su forma humana, para entablar un juicio.

Lo atamos con una cuerda de pies y manos, lo tomamos como a un cuerpo muerto y lo trasportamos hacia su vivienda. Al llegar allí con la pesada carga, lo depositamos en una de las habitaciones, la cual cerramos con llave. Los candados, las puertas y las ventanas los cerramos también.

Acordamos un encuentro al amanecer, frente a la casa cerca de los naranjales. Don Luís ya debería haber recuperado sus semblanzas para ese entonces.


IV


Clareaba el nuevo día, los naranjales estaban cubiertos por una espesa niebla que al pasar las horas irían huyendo de la luz del sol. Manuel y yo llegamos a la casa donde ya se encontraba el comisario esperándonos. La puerta de la casa seguía cerrada como habíamos acordado.

Una vez reunido los tres, el comisario procedió a abrir la puerta principal de la casa. Ingresamos cuidadosamente y escuchamos ruidos en la habitación donde habíamos dejado a la bestia.

— ¡Sáquenme de aquí! —decía el grito proveniente del cuarto. Parecía evidente que don Luís había recuperado su forma humana.

El comisario abrió finalmente la puerta de la habitación y entramos. Nuestras miradas se clavaron en el ser horrible, peludo y maloliente que yacía en el piso, atado de pies y manos.

Un revolver y dos escopetas apuntaron su cabeza. La bestia achico los ojos y bajó las orejas, y mirando a cada uno exclamó:

—No me maten, déjenme explicar lo que ocurrió.

Uno buscó una explicación en la mirada del otro. Observamos al animal que no había recuperado su estado humano. El comisario hizo un gesto con la cabeza, una señal para que saliéramos de la habitación y pasásemos a la contigua.

Una vez allí cerramos la habitación de la bestia y el comisario sorprendido preguntó:

— ¿Qué vamos a hacer, por qué sigue siendo un animal si ya es de día?

—Quizá tiene que ver el sol o no se fijó en el reloj —contestó Manuel.

—No, tiene que haber una explicación coherente a esta situación señores —dije tomándome la barbilla.

—Tengo la solución —dijo el comisario sacando el seguro de su escopeta—, es una bestia y vamos a acabar con ella.

—Pero no es un hombre lobo, si lo fuera a esta hora debería haber perdido esas características —opiné.

Miramos a Manuel y él sólo encogió los hombros.

Antes que esta pequeña discusión llegara a una conclusión, la voz del animal se volvió a escuchar desde la habitación cerrada:

—Déjenme explicarles, por años he escuchado sus confesiones, dejen que hoy yo me confiese —dijo.

El comisario volvió a hacer la señal con la cabeza, esta vez para ingresar junto a la bestia y así lo hicimos.

Sentamos al animal en una silla y luego de muchas súplicas, de su parte, le desatamos las manos. Prometió explicarnos todo lo que estaba ocurriendo si tomábamos asiento y dejábamos de apuntarle con las armas. Así lo hicimos y no tardó en empezar a narrar la historia en los siguientes términos:

—Recordarán ustedes que un camión embistió contra la iglesia del pueblo destruyéndola por completo —decía mientras reproducía la escena con las manos—. Esa madrugada yo me encontraba desvelándome sobre uno de mis libros en el estudio contiguo a la capilla, cuando sobresaltado por el estruendo me levanté y del techo empezaban a caer barriles, parte de la carga del camión.

Muchos barriles se rompieron contra las vigas del techo, bañándome con un extraño líquido y desde entonces me encuentro en esta forma. Es triste, es triste —dijo la bestia entre sollozos y cubriéndose la cara con las manos.

A medida que nos iba contando la historia fuimos descubriendo su verdadera identidad. Era el cura del pueblo que había sido victima de una mutación debido a su exposición a sustancias tóxicas usadas en fumigaciones de cultivos, sustancias que sólo se transportaba en horas de la madrugada ya que su uso estaba prohibido.

El silencio se apoderó de la habitación roto sólo por los sollozos del hombre-animal que, después de unos minutos de silencio, alzó la mirada y continuó:

—Eso no es todo, aún tengo que confesar mis macabros hechos —todos prestamos especial atención—. Me he aprovechado de la superstición de todos los pueblerinos, y especialmente de don Luís a quien, una noche, encontré caminando en las cercanías del cementerio, confundido por el alcohol. Amenacé a don Luís, le dije que si no iba todas las noches a esa hora al cementerio, yo iría hasta su cabaña y lo destrozaría con mis garras.

Se detuvo en este punto para extender sus manos.

—Pero miren, mis uñas no tienen fuerzas ni para desquebrajar la cáscara de una naranja.

— ¿Y como explica la muerte de los animales destrozados? —Inquirió el comisario.

La bestia se entristeció y bajó la cabeza.

—Bueno —dijo—, fue lo más horrible que hice en toda mi vida, pero no podía ir a pedir un plato en el barcito de doña Perla y tampoco podía comer cadáveres —quedó pensativo.

—Una noche —continuó—, iba cruzando los naranjales de don Orue y tropecé con un machete que uno de sus trabajadores olvidó clavado bajo uno de los naranjos. Con ese instrumento y preso del hambre fui a cazar. Les pido perdón, imagino que entenderán la situación —concluyó el hombre-animal.

Un estruendo se escuchó en la entrada de la casa, más de uno se puso de pie y la bestia alzó las orejas. Por la puerta ingresó don Luís oliendo a caña y todavía mareado.

Texto agregado el 29-06-2005, y leído por 32 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
2005-08-19 20:53:05 Quizás sea cierto que la fuerza se pierde. El cuento está bien estructurado pero el manejo se ha ido un poco por lo fácil, en tanto que los diálogos reemplazan sin mucho éxito a lo sugerente de las descripciones. Algunas frases destruyen un poco el ritmo y sobre todo, destruyen los tiempos en que narras. Coincido en que el primer capítulo es muy bueno. La historia es muy original. Te dejo 4*. Saludos. Calamitatum
2005-07-08 22:30:07 Estimado amigo. Gracias por la invitación a terminar de leer tu cuento, del cual te dejo la siguiente opinión: Los dos primeros capítulos tenían mucha fuerza y dejaba mostrar un buen plot para seguir leyendo. Pero en los dos ultimos esa fuerza se pierde un poco y es por los diálogos. Para manejar un cuento o narración tipo Thriller, siempre debes recrear la imagen de lo que acontece alrededor, sobre todo debes mantener en vilo al lector a veces los diálogos no ayudan para ello. Escribes bien y tienes buen manejo de las palabras y adjetivos, pero te sugiero que siempre le des varias leídas al texto antes d elanzarlo. El final (las ultimas tres frases) son buenas, pero el diálogo que le antecede del Cura es tedioso. Creo que puedes mejorarlo. Para concluir : Es una buena historia como para extenderla un poco más y te repito lo que te dije en otras ocaciones, eres un joven con muchas ganas y talento sigue así. elmarquesd elens
2005-06-30 18:31:32 La leí en tu presentación en capítulos. Es una buena historia, interesante, amena y una excelente narración. Besitos y estrellas. Magda gmmagdalena
 
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