Anoche sentí que podía volver a hacerte temblar. Aterido, te aferrabas a mi cuerpo, me mordías en las oquedades del cuello, sofocabas un grito de hielo. De noche niño mío, todos somos negros. Y en las noches que fueron mías, tú te sentías menos negro que nunca.
Anoche sentí que volvías a buscarme, envuelto en un viento blanco y gris. Sentí tu presencia callada colándose entre las sabanas, y tu cuerpo que hablaba duramente apretándose contra un consuelo seguro. Sentí como en toda tu grandeza, volvías a buscar refugio porque la noche te daba miedo. Mirándome en el fondo de tus ojos duros como las hiedras no pude verme, porque solo estabas tú, porque no me amas, sino que dependes de mí.
No quieres darte cuenta de que yo solo puedo cuidarte mientras te tenga lejos. A mi lado, Adonis, tu cuerpo se vuelve agua. Yo me derrito también, como las alas de Icaro, frente a tus plumas de color Quetzal, y no me sirven las armas de hierro de la civilización. No soy nada ante tu grandeza mexica. Mientras no te conviertas en dios, no tendré que convertirme en sacrificio humano.
Solo quieres que te cuide, y que sea como Penélope y te espere blandamente tejiéndome un mañana en el que no me perteneces. Eres Dios, si, y por ello eres arrogante.
Te cuidaré, niño mío, grandeza del ombligo de la luna, tomare tus ojos con mis manos y lameré tus heridas sin pedir nada a cambio. Pero no me pidas poseerte, no me pidas mi cuerpo. No puedo cuidarte si me abandono, y en medio del amor yo no soy más yo, sino un apéndice de ti, un vampiro.
Te cuidare niño mío, y lameré tus heridas hasta que no sepan a hiel, hasta que la lengua me sangre en carne viva y tu aroma de pimienta y tabasco me asfixie.
Pero primero déjame olvidarte.
|