Tiemblan las manos
cada vez que recuerdan la vara
de las tuyas ásperas
que acariciaban furtivas,
mientras pedían que te odiara.
Una fiebre morada
pudre el delicado aliento
cada vez que la piel
recuerda un beso escondido
con sabor a lamento.
En cada furiosa batalla
dentelladas y flores
inyectaste una dosis
de néctar venenoso y dulce
en un cáncer de ardores.
Ahora tengo que inventar
con cada matiz del amargo
del furtivo, del áspero,
un antídoto analgésico
que me empape de letargo,
cada vez,
cada vez
que alguien te nombre
en el océano que nos separa
con su alma de pez.
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