A lo lejos, la silueta se perdía bajo una borrasca, de pensamientos taciturnos. Tras la sombra, María llevaba a cuesta su pesar; maltratada, regando las aceras, entre lloro y lloro, con el fantasma de sus labios. Las gotas dibujaban, el sabor de una memoria agudizada, por aquella relación; como un naufragio imposible de rescatar, en el mar de su tormenta. Y aunque el sol de vez en cuando, encendía su morada de bondad, ella nunca pudo, ni podrá olvidarla.
Ana Cecilia.
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