En aquellos momentos rondaba yo los doce o trece años de edad, y no es que tenga muy buena memoria de mi aspecto físico, sino que algunas veces me he dado a la tarea de verme en fotografías: flaco, desgarbado, y larguirucho de piernas, narizón y escurrido del culo, como si al pasar por allí, hubiera dejado olvidadas las nalgas.
De lo que si tengo memoria es de mi ansiedad por pasar desapercibido a su mirada, jamás me hubiera podido imaginar que por alguna casualidad rozara por su cabeza la idea de fijarse en mí.
Yo, y al igual que yo, una docena de amigos llegábamos a la secundaria después de haber juntado nuestras vidas durante los seis años de la primaria, otros llegaban de las otras dos o tres escuelas de nuestro barrio, a cual mas conocidos entre sí; se asomó entonces al tercer día, la voz corría ya desesperada en los pasillos: -la niña nueva-. Blanca o pálida, con el cabello lacio y castaño cayendo como cascada de aguas cristalinas hasta la espalda, recuerdo perfectamente el color café de sus zapatos, y el vestido con un amplio vuelo en la falda, los delgados brazos, y los tiernos ojos, pero sobre todas esas cualidades y delicias, “la voz”, que aun en estas horas resuena nítida en mis oídos:
-Clara Cisneros- dijo, poniéndose de pie y presentándose ante la concurrencia. Rumor entre los varones, y cuchicheos entre las niñas.
-¡Qué pesadita!- murmuraba Martha Alicia justo detrás mío.
Yo, de plano girado en mi pupitre repasando aquel rostro de nariz respingada y labios frescos, escudriñando en aquella mirada de grandes ojos negros y recorriendo con los ojos, desde los hombros hasta la punta de los dedos.
Clara Cisneros aterrizó una mañana plena de calor infernal a bordo del pájaro que la traía directamente de la capital con toda su familia; se encontró con el cielo más azul que pudo haber imaginado, se encontró también con un suelo polvoriento y un aire que de tan ralo apenas osaba dispararle los cabellos. Un premio al buen desempeño del padre, un castigo voluntariamente aceptado ¿quién podría saber? Lo cierto es que casi la misma tarde que conocí a Clara, mi padre llegó con la noticia de que teníamos nuevo jefe de telégrafos.
Tuvieron que pasar casi dos semanas de aquel primer encuentro para que pudiera por fin hablar con ella, eran las diez y media, era también la hora del descanso ¿qué más podía haber para nosotros en esos escasos veinte minutos? “La cascarita” claro esta, gritos y gritos desesperados, zapatazos a diestra y siniestra, balones que rozaban las cabezas de las niñas, o que se estrellaban sin cuartel en las espaldas o en las paredes, el silbato que daba fin no solamente al partido sino también al descanso.
-Son unos guarros, asquerosos- dijo Clara, mirándome fijamente a los ojos, al verse empujada entre 5 o 6 sujetos empapados de sudor que jadeando se daban prisa por ocupar sus asientos; yo no tuve más que permanecer callado, después, ofrecí una disculpa casi en silencio.
Esa primera conversación terminó entre los olores del sudor que corría por mis brazos, y por el cuello, y por la espalda, tampoco me atreví a mirarla el resto de la mañana.
A pesar de mis buenas dotes de portero al día siguiente argumenté una falseadura del tobillo, falseadura que luego ante la insistencia, agregué también una de la muñeca izquierda. Esta vez no hubo cruce de palabras, aun así, hice todo lo posible por pasar junto a ella con la espalda y las axilas de mi camisa completamente secas.
Dos semanas sin tocar un balón en la escuela, es tarea harto difícil para alguien que a los doce o trece años, sueña con llegar a ser algún día Enrique Borja o Pelé; las falseaduras del tobillo y de la muñeca izquierda, o se habían hecho crónicas, o yo tenía que estar loco. El silencio también se había hecho crónico, más de una vez, muchísimas más, me había descubierto viéndola; había dejado también a un lado la amistad de Pedro, y como no hacerlo si en bola nos había confesado que Clara Cisneros, casi seguramente seria su novia, y con la experiencia de Pedro, ¿cómo no tomarlo en cuenta?, a sus trece años, con más de tres chicas en su haber, pero sobre todo, con esa risa que era capaz de contagiar a todo el mundo; con tristeza y recelo veía como ella celebraba las bromas y los inventos de aquel patán.
Para mi desgracia pude ver una buena mañana, que ya sin ninguna dificultad se asomaba a mirar los partidos de fútbol, y más aún, que sólo exclamaba airada cuando el tropel de jugadores hacía acto de presencia, fuera de allí, sonreía y celebraba de vez en vez algún gol o alguna atajada.
Después de los calores, o junto con ellos, hicieron su aparición las lluvias; los partidos de fútbol menguaron y en contraparte, el amontonamiento en los pasillos y el murmullo subiendo cada vez más de tono; comencé también en aquella temporada a usar los anteojos, y claro esta la retahíla de apodos por obra y gracia de Pedro.
La segunda conversación formalmente dirigida a mi llegó en aquella época de lluvias, amontonamiento, apodos y espejuelos.
Estaba refugiado al fondo de la biblioteca de la escuela disfrutando en soledad un vicio que había cogido desde pequeño, y del que sólo algunos pocos tenían noticias, descontando claro esta a mis padres: - Si lees tanto se te va a chupar el cerebro-. Incluso lo de las gafas había quien culpara aquel vicio como parte del problema.
-No se te ven mal- dijo al mismo tiempo que sonreía.
-Las gafas- apunto después.
Yo aprecié en aquellas palabras algún cumplido y lo único que se me ocurrió fue dar las gracias.
Recuerdo muy bien que después, cerrando aquel libro le mostré el titulo: "Cien años de soledad", y con la naturalidad de haber leído tantas veces en voz alta, a la abuela, o a mi madre, o al viento para que se llevara mis palabras a donde quisiera, sonreí y continué mi lectura, justo donde la había interrumpido:
-Voy a hablar con la niña- le dijo- y vas a ver como te la sirvo en bandeja…
En la promesa espontánea de Pilar Ternera a Aureliano Buendía
No hubo después un sólo descanso en el que no corriéramos despavoridos al refugio de aquella biblioteca, ni en el que ansiosos y cómplices buscásemos aquel libro y nuestro separador de textos que habíamos inventado: un pedazo de cartulina blanca con los nombres de Clara y Oscar, y una nota breve: Favor de no moverme de esta página, como si aquello fuera necesario.
Alguno de los dos, sin importar el turno, empezaba la lectura, dos o tres páginas, casi un murmullo, por respeto y por guardar silencio, siguiendo al pie de la letra las indicaciones en los letreros a pesar de que éramos los únicos en aquel mundo velado a todos los demás. Ambos además leyendo al mismo tiempo las líneas, como queriendo comprobar que la lectura correspondiese efectivamente al texto, o como si quisiéramos en aquella cercanía dar validez a nuestras palabras
Había mucho fuego en aquella lectura, demasiada magia y demasiado encantamiento, había también mucho fuego en aquella cercanía, ¿cómo no echar a volar la imaginación ante aquel mundo de fantasía de Ursula y Melquíades? ¿Ante aquella irrealidad del General Aureliano Buendía?¿Ante aquel sueño y aquella pesadilla del Mauricio Babilonia, de Mercedes, de Remedios Moscote y Pilar Ternera, impúber y puta? Había también sonrojos por nuestra parte, y a falta de una educación sexual formal, teníamos que imaginar lo que hacia el General Buendía, y lo que pasaba por la mente de José Arcadio, y el porqué de los obsequios de Pietro Crespi, y las angustias de Meme… y porque ansiaba más que seguir leyendo, sentir la respiración de Clara, y el sonido de su voz, y su brazo rozando mi brazo, y su cuerpo pegado junto al mío, en aquella soledad y en aquel silencio en la que dos almas vivían como si solamente fueran una sola.
Cuatro o cinco semanas después corría en boca de todos, desde el primero hasta el ultimo sabía ya que Clara era mi novia, todos, excepto yo.
" Pilar Ternera murió en el mecedor de bejuco, una noche de fiesta, vigilando la entrada de su paraíso…"
Así comienza el ultimo capitulo de Cien años de soledad.
Para aquellos momentos el rumor había rebasado ya los muros de la escuela, y se extendía no solamente al circulo cercano de amigos, si no que era ya noticia de reuniones familiares, corrillos en el parque del barrio, y me atrevo a decir que de veladas de sociedad y fiestas del pueblo. No dudaría, si ese fuera el caso, que hubiese aparecido por allí anunciado en los periódicos.
Interrumpí mi lectura, y quedé en silencio.
Me armé del poco valor que aún tenía en aquellos momentos y le pregunté, mirándola:
-¿Es cierto lo del rumor de que eres mi novia?
Despegó también la mirada del texto, volteó a verme, sonreía.
Había cambiado tanto, y descubrí en sus ojos un extrañísimo brillo que la hacia verse ya, no como la niña del primer día, sino como la mujer más hermosa que jamás hubiera visto; había crecido con Mercedes, y Amaranta, con la Meme, con Pilar Ternera, con Ursula, con Rebeca, con Remedios, y con todas aquellas mujeres que hicieron de un infierno, un mundo de magia y fantasía, y que habían por sobre todas las cosas, en el lapso de cien años, sobrevivido a sus varones.
- Es cierto- dijo entonces Clara Cisneros.
Y sosteniendo mi cara entre sus manos, me dio aquel primer beso en los labios.
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