Vivía la agonía de no comer sino lo que comía, de no oler sino lo que olía, de no mirar sino lo que miraba, de no sentir sino lo que sentía, de no ser, ser ¿qué era?, de no esperar sino lo que, ¿qué esperaba?, de no soñar... Soñar, ¿con que soñaba?
Señor, disculpe la intromisión, pero hace 2 años que hace lo mismo sin falta, déjeme expresar mi admiración por su constancia, debe ser usted una persona de muy buen trato, además quiero hacerlo extensivo a su, o sus destinatarios, pues no son menos merecedores de su lealtad. Si no le incomoda mi exceso, ¡gracias!, pues he logrado una tal constancia en mi hogar a costa suya que no podría decirle a mi esposo que se debe a un hombre. No se preocupe Rocío–lo dije al punto que se me rebalsaba la vacilación– para eso estamos. Me puede dar su secreto, –me dijo mientras iba inclinando su cabeza sobre su hombro izquierdo y sonreía como la chica del McDonalds de mi barrio–. Piensa positivo, eso es todo (y la imagen del McDonalds de nuevo, pero ahora en mi rostro). Te consideraré en mi próximo envío, ¿te parece?
La mañana clareada no ofrecía muchos motivos para no alegrarse con el día. Pacho, levántate, le hice una pequeña caricia, pero permanecía impasible, sólo saltaba al escuchar el cascabel de mis llaves cuando yo entraba a la casa, aún no se despegaba del piso, en derredor quedaban unos cuantos granos de cuido del día anterior dibujando desgano, pobre, le pudo más la pereza que el hambre. Hoy es un buen día para que nada quiera arrogarse una armonía que no le pertenece, uy, si miro los días sobre mi hombro hace un par de semanas, fueron como uno de esos aciagos que se presentan justo cuando uno tiene que presentar algún trabajo final para el que ha tenido que pasarse varias noches en vela acompañado únicamente por el cansancio, las ansias de la buena conclusión y aceptación del mismo, ah, bueno, y por el rico aroma y sabor del café (y, no podía faltar, por pacho que de cuando en cuando saltaba por algún mal sueño). Siempre que empieza el mes mi ánimo se cree mi amo, me gustan algunas cosas al punto que no concibo un inicio sin ellas, me hallo a mí mismo haciendo las compras, llevo el carro al taller, bañan y perfuman a pacho, compra un libro y un c.d., me “pongo al día” en le cine, avanzo con mi lectura de historia de los hobbies. Y no menos vital que esto es mi paso por la oficina de correos a dejar la correspondencia, y por mi apartado aéreo a recoger la que me envían. Es así de sencillo, dejo cartas y recojo cartas, dejo y recojo, cojo y redejo...
Augusto, hoy más que nunca necesito que seas tú mismo. –La voz de Luisa era grave y suave, melodía de un réquiem–. Mira que en estos días en que tenemos de todo menos de nosotros, es difícil coincidir con todas las exacciones de tu pareja. Si, pero mírame, creo que tu puedes ayudarme. –Me lo decía mientras cerraba la puerta de espaldas a ella y un esbozo de lágrima difuminaba el claro e intenso azul de su mirada–. La vida de pareja en paraje no es lo que buscaba, no sé porqué llegué hasta aquí, me decía con voz de naufrago. No tuve remedio, ella decidió buscarme y yo halle como disimular mi incomodidad y negar mi asco, pues dada la regla tan clara que hizo “él vive sólo y vive feliz, yo vivo acompañada y amalgamando una amargura flemática”; no podía menos que apartar mi mirada de la apasionante revista del cable. Se suponía que yo debía aconsejarla. Me hizo sirvió de monición un sonido gutural: Luisa, piensa positivo, y nada más (y el sabor al milkshake en mi memoria). Te voy a enviar una carta detallando la estrategia, ¿te parece?
Carlos era un ciudadano español, de esos finiseculares, o tal vez sea mejor decir, si mi madre lo permite, iniseculares. Lo conocí una mañana de esas de todos los días, en la oficina postal de Pamplona. Él iba a dejar, al igual que yo, las cartas correspondientes a sus seres queridos, que estaba tan lejos de nosotros, quizá tanto como una madre del hijo no nacido. Era demasiado perfecto contarse como uno de tantos, muy soñador y esperanzado, muy alegre y ameno, con una capacidad expansiva que sorprendía, cantaba, reía, soñaba, jugaba, bromeaba, explotaba.
Después de estacionar el auto, me dirigí a la oficina postal. Cuando salí de mi casa, pacho aún seguía durmiendo, suspiré añorando acariciarlo cuando saltara a recibirme después de escuchar el cascabel, ¡qué buen chico! era difícil encontrar uno como ese en los hoyes. El sitio donde yo dejaba las estelas de las llantas estaba ocupado, cosa que me alteró un poco. Creo que no me olvido de nada, pensé al activar la alarma del carro. Entremetí mi mano en los bolsillos a la par que caminaba, seguía inquieto por no olvidar nada al punto de recordar a los escolares, mientras cruzaba la calle fui abriendo mi portafolios postal buscando las cartas que aguardaban el turno de su paseo, ha... noooooo. ¿Y si la vida es real y una?, ¿Quién me despertará?, ¿Adónde me van a llevar?, ¿Se va a enterar mi madre? No sé como (ni haciendo los ejercicios de Trigonometría que tanto me gustaban) había pensado tan rápido.
Un carro casi lo atropella, pegó un brinco tal que su maletín voló como los avioncitos de prekinder. Era el levante del mes, y fue en la víspera de la entrada a la oficina postal. Unos cuantos papeles desperdigados por el aire dibujaban un nocturno opus nueve número uno de Chopan. Yo me distraje escuchando algunas de sus notas que danzaban entre motores ajenos y periodiqueros atávicos, el aire contaminado hizo de semiconductor y las deslizó por la luna de mi A3, se intercalaron con el impávido aire acondicionado y me sorprendieron con una inesperada compañía. Después del susto el transito hacia la oficina de prácticas no contó con la soledad de siempre; me aguardaron muy fielmente hasta el medio día en que bajé y subí de nuevo al auto. Allí estaban, como en un pentagrama que espera ser interpretado, copiloteándme. Las miré una y otra vez, pero el hambre, y el poco tiempo con que contaba, hicieron mella en mi curiosidad. Los espaguetis, como de costumbre. Entre el ascensor y la oficina tenía sensaciones del pentagrama, pero el latido de la envoltura de mi snikers los disolvió sin grima. Menos mal que me quedaban pocas horas de trabajo. Los viernes salíamos más temprano que de costumbre, también debíamos tener más tiempo para cocinar mejor para nosotros. No tuve la intención de hacerlo. Me invité a leer camino a casa, por lo menos una, me dije, aunque sea ajena. La autopista no presentaba demasiadas complicaciones para irla escuchando. El sobre estaba muy bien cerrado, mi intento por conservar la estampilla fue vano. No me importó mucho, al fin y al cabo era de local. El encabezado estaba escrito con una tinta de visos de la luna en la bahía, con una fuerza inusual, pero que me agradaba al punto de serme familiar. Sentimientos, seres y enseres, iban por un lado y venían por otro, eran para mí tan cercanos como el norte del sur (tan lejos uno del otro que se tocan con aversión). Mis ojos subían y bajaban al compás de la batuta del director.
De nuevo la taquicardia, no me venía desde que me asfixiaba, cuando era niño (una pálida y viva imagen, yo, al filo de la cama, las manos asidas al borde y presionando hacia el piso como para tomar impulso y sacar el pecho, poder respirar, la mirada cabizbaja, los ojos muy abiertos, la mirada desesperada y horrísona de mi madre...).
Me hice a un costado, de la pista. El A3 totalmente detenido. “Querida Luisa (Carlos). Me dices que necesitas un consejo desde la plácida soledad en que vivo, congojas...” No me contuve y la dejé, mi mano izquierda firmemente asida al timón, como buscando de dónde aferrarme, me mordía el labio inferior, sabía que esa no me interesaba, la pendiente se inclinaba, cogí otra. “Querida Rocío (Carlos). Mi constancia en la oficina postal se debe...” Era inevitable. El corazón se aceleraba en la medida en que las notas pasaban. Creo que por fin voy a hacerlo, me decía. Busqué una farmacia para comprar un inhalador. Intenté despegarme del sillón, otro me asía, bajé mis hombros en como levantando un pañuelo blanco. No, es inútil ahora. Abrí la última, decía algo así, quiero recodarlo, ahora que no me pesará haberlo leído: “Querida mamá (Carlos): No sé por qué nunca te he escrito, a pesar de haberlo hecho tantas veces. Si, ya sé que esto nunca llegará a tus manos, y no me consuela el hecho de tan solo intentarlo. Una vez más quiero confesarte que hay cosas que no comprendo. No comprendo por qué mi padre y tu se empeñaron en hacerme creer que mi vida aquí sería lo mejor que podía obtener, pero saben qué, yo no tengo la culpa de ser el menor, no es mi culpa que Federico haya muerto antes de tiempo, entienden, no–es–mi–cul–pa y tampoco lo es que la legislación española disponga que el primer apellido de los hijos no pueda ser el de una dama, que me perdone Andrea, no quería meterla en esto. –yo no sabía dónde meterme, quién me mandaba a leer cosas ajenas, ¿ajenas?, el sudor de la derecha las humedecía– Encuentro muchas –continúa la nota–, pero muchas cosas gratas, muchas cosas que me hacen querer creer una y otra vez en la posibilidad de ser más de lo que soy, diversión, amigos de 6 meses, lugares ni siquiera esbozados por el ingenio... Agradezco, con latidos que se aceleran, que nunca hayan venido a visitarme, pues mi rostro se chorrearía cuando vieran arraigados en él sus ideales. Ya sé que –el pecho se me cerraba aún más– un alpinista nunca se podrá hacer cargo del bufete de un García. Pero desde un bufete, lamentablemente para ustedes, no se llega a contemplar la inmensidad del espíritu conquistador del hombre que se arroba sobre nosotros cuando sentimos el frío que penetra las botas, el sudor de lucha, la infranqueable presencia de la comunidad al conquistar la cima del Everest, todo eso nos respalda. Te quiere, tu hijo Carlos Augusto”
Con la cabeza en algarabía de circo, las manos en el timón y una firmeza diamantina encendí el auto. Decidí visitarlo. En algunos sobres aún permanecía claro el remitente, su dirección no había corrido con la misma suerte que la estampilla.
Ahora totalmente detenido. Bonito departamento. Saqué las llaves y sonó el cascabel. Abrí la puerta, saltó pacho para recibirme, como de costumbre. Lo aparte con un esquivo gesto. Me cambié de ropa, desempolvé mi equipo de montaña aun intacto, hice una llamada a la agencia. La reserva hecha. ¿Estará aún ahí el Everest...?
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