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Inicio / Cuenteros Locales / alipuso / Hojas de Eucalipto

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HOJAS DE EUCALIPTO



La atmósfera del jardín trasero invita a que la vida se detenga apacible, en emoción pura, no sobrevaluada.
El enorme eucalipto parece llevar la pausa del sosiego matutino con su sombra suave, ingenua hasta que el viento de la tarde le otorga voz en su balanceo, a manera de viejo sabio desfogando con violencia arrumacos al aire. Alicia suele suspirar profunda bajo sus ramaje potente, sacudiéndose, cuando las hojas alargadas silban de placer mientras ella pasa otra página rebelde de su libro, como si cada una se negara a ser leída, ante el reclamo de la ventisca.
Se cobija hasta los codos con el viejo chal de estambre gris, sobreviviente del último invierno antes de la guerra; el agudo ingenio de Chesterton la invita a chupar la patilla izquierda de esas gafas de añeja, servil secretaria; meditando que si la imaginación de Julio Verne colocó al hombre en la luna, no menor ha sido la osadía del inglés al meter en un artefacto volador –que a Alicia se le ha antojado a manera de aquel cilindro marciano, de La Guerra de los Mundos, de H. G. Wells- a Lucifer y a Dios, con objeto de demostrar lo relativo que resulta el bien y el mal al impregnarse de ideales humanos.

A Alicia nunca le ha gustado comprar libros, le resulta obsceno tener que canjear dinero por ellos; tanto como absurda se le han antojado siempre las colección de cualquier tipo, sobre todo las de libros. Lo más cerca que estuvo de una transacción semejante fue cuando burló al anciano encargado de una librería, introduciendo sutilmente, entre su larga falda blanca, un ejemplar austero de tapa dura de El Lobo Estepario, de Hesse, poco antes de cumplir los diecisiete años; ante el susto del único novio que tuvo en su vida, que la acompañara esa tarde nublada por el rumbo de Donceles.
-¡Róbenselos! ¡Por amor de Dios! ¡Aunque sea robados, pero pónganse a leer! –fue el grito que la maestra de literatura les dirigió a sus alumnos, el mismo día del hurto de Alicia; quien hacía todo lo posible por ignorar esa fastidiosa clase, limitada a coleccionar fechas, nombres o fríos títulos; hasta que la profesora le otorgó la llave, la clave que le demostrara a la chica lo sofisticado que resultan dones y tristezas, al intentar posarse en un alma solitaria; absolviéndola, semanas más tarde, el mismo Hesse del hurto material, mismo que más bien resultó en incomparable modelo de restitución delirante.
Nunca ha dado plata por un libro, ni siquiera en los bazares donde la filosofía alemana, el humor inglés o las larguísimas descripciones rusas, poseen una plusvalía de cincuenta centavos el tabique cuadrado.

Ama su jardín. Entra en casa cuando le es imprescindible algo fortuito para ella, como lo son comer y reposar lo suficiente para mantenerse despierta frente a su máquina de escribir, en el centro de una ciudad tan absurda que ha aprendido a perpetuarse tan sólo comiendo y aletargándose en su propio arrullo.
Pero más que alimentarse, la ocupación principal de Alicia se concentra en escuchar la radio. Su dedo desliza ligero el sintonizador, al puro tacto, al lado de su cama, entre las dos únicas estaciones que prefiere, pasando de vez en cuando de una a otra de manera exacta, sin titubeos, como quien abre o cierra una ventana; evita las óperas que siempre la han fastidiado tanto como se esfuerza por sublimar el sentir de Ravel; para luego dejarse consentir por el salero de Sony Boy Williamson, cuando él mismo presentaba sus bluses a orilla del Mississippi. Esos elepés con más de quinientos noventa y un sesiones sobre la tornamesa.
Y bueno, quizás el lector ya lo sospeche. La mujer también se niega rotunda a mercar con la música. De hecho carece, premeditada, de lo que se concibe normalmente como un aparato de radio, que a la vez sirviera de adorno en un rincón de la sala o el comedor, fatigados de un ayer que ella ha aprendido a no advertir, no abrigar, postergándolo a ratos; a pesar de olerlo, de llamarla de cuando en cuando un mueble o las puertas colgantes siguen crujiendo después de medio siglo; un sol tan terco que, con todo y la novedosa urbanidad de edificios circundantes, continúa calentando en corto lapso matinal la estancia absorbida en su primor.
Los acordes, los allegros, un lento círculo de blues brota desde la insignificancia de un radio-despertador, ante la complicidad de un delgado eco, en la recámara semivacía.
La estrategia es sencilla: la radio le obsequia exquisita armonía a manera de sorpresas, sin tener nunca la más remota idea de la siguiente selección. Es como si la desnudez de cada muro, manchados de humedad, estuviesen tapizados hasta el techo por columnas de vinilos hasta el infinito. En el extraño caso de no satisfacer su gusto –esos martes a las diez de la noche, con María Callas y compañía- todo lo que tiene que hacer es estirar el brazo para que el dedo experto gire el mágico botón, transportándola hasta un jazz…
Acomoda la almohada en los barrotes de la cabecera metálica de la cama, segura de que uno que otro ánimo extraviado comparte con ella el simple gusto por vivir.
El escenario explota virtud en la penumbra. En lugar de butacas, simples lechos que no llegan a tres docenas de almohadones sobre las cabeceras crujientes; disfrutando de la luna reflejada en el filo de la persiana, estremecida apenas a cada percusión, llevando el ritmo del sax y hasta el piano huye de su índice, al igual que el boleto para el recital al que nunca irá.

La luna resbaló su polo por el ventanal en no más de un minuto de ansiedad; suficiente para que Paganini sonriera apenado, en instancia de la insomne aventura; invitando a Alicia a salir a la vida.
Leer libros viejos equivale a adquirir complicidad anónima, y si se tiene suerte, alguna interpretación fantasmal; a encontrarse alguna vez con una hoja apergaminada o restos de un manuscrito subrayado sobre un eucalipto, cuya fragancia es suficiente para desmentir a ciertos artistas que crearon arte que de alguna manera fastidia, por haber vertido en él un sentir profundo, pero monótono –para ser sutilmente sugestivo en literatura, hay que ser, a la vez, extremadamente cauto en la idea.
El llanto de un violín adorna, pausado, el desliz de la luna, que se despide en los cristales altos de aquel edificio, presto a retardar la brisa de sol cada mañana en la estancia, al frente del hogar. Es un edificio desnudo, sin cortinas, inmutable, sordo, con vocación invidente -vivo, diría Alicia; tan vivo que Chesterton se atreve a confesar a un escritor, en verdad original, como heredero del don del tormento, la nostalgia por la muerte un paso más allá de lo que Lucifer o Dios entenderían por el bien y el mal; el mismo Hesse convertido en adolescente y hasta el ingenuo ensayo de la maestra de literatura; transformando esas treinta y tantas camas, ahora perdidas en la oscuridad, en un condominio siquiátrico, con música ambiental; tantos sofás como almohadones hagan falta.
Seguramente, el dueño de dicho edificio es un usurero que elevó la renta, provocando la muda del personal completo, viéndose en la necesidad de buscar un nuevo espacio ante el beneplácito de Alicia. Ya no tendrá que verle la cara de imbécil al guardia que volteaba a verla, morboso, cada vez que ella echaba llave al portón de madera; esto sin contar a los choferes, empleados, el estrépito de las motocicletas de los cobradores, todos ellos con rutinas absolutas comer-dormir; por lo tanto, obligados, aunque sea instintivamente, a volcar un sentir profundo en su personal monotonía; cuchicheando su hilaridad, preguntándose si la bruja poseía toda una colección de chales de estambre gris; la excentricidad que seguramente brotaba maníaca detrás del altísimo, austero frente escarapelado de su casa; reflejada en el andar siempre presuroso de las rudas sandalias de la mujer, dándole un toque de cartero esquizofrénico al taconeo, huidizo hasta el metro; con el blanco pelambre ensortijado; desdeñoso su porte en noches de frenesí.

Chesterton está a punto de convencerla; el piano dispuesto a poseer fragmentos de un sax que a Paganini le hubiera gustado rozar con sus dedos, para imaginar lo que se sentiría ser invitado a correr de la mano de ella a lo largo de Donceles, muertos de risa, con los ojos y el amor de tormenta, allá afuera, en la vida; o compartir el lecho en un recital improvisado, aquí, junto a la enorme biblioteca que sigue explotando en sombra de virtud, deslizada hasta el jardín; sin dejar de seleccionar al tacto las mejores hojas de eucalipto para convertirlas en la siguiente cosecha de complicidad literaria; mientras su amada procura la sintonía perfecta de su propia voz, al recitar de memoria las dos páginas finales del libro, selladas por el viento, el último invierno después de la guerra.

Texto agregado el 16-07-2005, y leído por 349 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
2006-05-28 22:51:43 Como en cada escrito que leo de ti, encuentro exquisiteces..."todos ellos con rutinas absolutas “comer-dormir”...que buena. Por momentos me imaginé a Alicia como Tonino... la-negra- chilena
2005-07-25 13:05:23 Eres un "cuenta cuentos" y mira que eso es muy dificil de ser. Me encanta tu forma de escriir y describir. te dejo mis estrellas... debbie
2005-07-25 02:09:40 excelente, como siempre. 5* peinpot
2005-07-22 05:49:11 Alipuso, no me odies, pero no encuentro un cuento aquí, es entre una reflexión y lo que siente Alicia? Lo siento. doctora
2005-07-22 05:49:11 Alipuso, no me odies, pero no encuentro un cuento aquí, es entre una reflexión y lo que siente Alicia? Lo siento. doctora
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