De niña, Miyuki se dormía escuchando los hermosos cuentos que le leía su padre y soñaba que era una princesa. Largas horas frente a la tele mirando Candy Candy le enseñaron que su príncipe azul aparecería en un momento mágico. Sus miradas se cruzarían y, en aquel preciso instante, sabría que habría encontrado el amor verdadero. Ese momento llegaría cuando tuviera que llegar, era inútil forzar el destino.
Miyuki tenía veintidós años y todavía no había encontrado el amor. Sus amigas salían por las noches hechas unas pilinguis y follaban con chicos que encontraban en las discotecas. Pero Miyuki no dejaba que eso le afectara. Ella seguía esperando el momento adecuado —the right time, como diría Lisa Stansfield— y sentía que ese momento no tardaría en llegar. A Miyuki le encantaba el jazz, en especial Lisa Stansfield. Era su ídolo.
Miyuki estaba preparándose para entrar en el mundo empresarial. Iba a una academia de idiomas para aprender inglés. Se sentía fascinada por Martin, su profesor. Martin llegaba siempre con el pelo despeinado y cara de sueño y al final de la clase Miyuki siempre se quedaba a preguntarle alguna duda. Y él la escuchaba mirándola dulcemente y le sonreía. Un día el profesor empezó a hacerle preguntas personales, pero Miyuki se negó a contestarle. Todavía no era el momento adecuado. Si el momento tenía que llegar, llegaría.
Y el momento llegó. Fue la noche de la fiesta de fin de curso. Los alumnos llevaron a cenar al profesor. Le colmaron de regalitos y origami. La cena estuvo salpicada de risas, de anécdotas del curso y canciones en inglés. Luego algunos querían ir a una discoteca. A Miyuki no le dejaban salir tan tarde y, ante la sorpresa de todos, Martín se ofreció para acompañarla. Miyuki quiso persuadirle de que no era necesario, pero no hubo manera. Fueron caminando en silencio hacia casa de Miyuki y antes de despedirse Martin le dijo algo que nunca nadie le había dicho.
—Mañana vuelvo a Inglaterra. No quería irme sin decirle lo que siento por ti.... No puedes imaginarte lo mucho que me gustas.
Martin la miró con una intensidad indescriptible. Miyuki sintió el latido de su corazón como no lo había sentido nunca y sintió que sus pies habían dejado de tocar el suelo. Fue como si todo desapareciera y sólo quedaran ellos dos en el mundo. Aquel era el momento mágico con el que había estado soñado toda la vida. Martín le acarició el pelo. Miyuki cerró los ojos y le entregó sus labios… Y un momento después le dijo adiós.
Miyuki estuvo varias semanas encerrada en su habitación sin hablar con nadie. Sus padres estaban un poco preocupados por si su hija se había vuelto una hikikomori. Sin embargo, una mañana, salió de su cuarto maquillada y elegantemente vestida. Se presentó a una entrevista de trabajo y consiguió un puesto de office lady en una empresa multinacional. Miyuki pasó dos años haciendo millones de fotocopias y sirviendo té a hombres de negocios. Dos años entregados a un trabajo que odiaba, el tiempo justo para ahorrar suficiente dinero para, contra la voluntad de sus padres, ir a Nottingham a encontrarse con su príncipe azul.
Todavía guardaba el papelito en el que Martin le había apuntado su número de teléfono. «No dejes de llamarme cuando vayas a Inglaterra», le había dicho. Al otro lado del teléfono, Martín parecía sorprendido. Quedaron en verse aquella misma tarde en una cafetería. Martin apareció acompañado de una joven inglesa de mirada diabólica. Lo comprendió enseguida, aquella bruja le había robado a su príncipe azul. Después de una incómoda conversación acordaron verse dos días más tarde, pero ninguno de los dos acudió a la cita.
Aquel golpe hizo que su vida, todos sus sueños, todo en lo que Miyuki había creído hasta entonces se derrumbara sobre ella, dejándola sumida en la más absoluta desesperación.
Sono, una compañera de piso de Miyuki que estaba en Nottingham estudiando un curso de secretaria internacional, se preocupó mucho por ella. Un par de veces al día entraba en su habitación para hablarle y llevarle un cuenco de caldo de pollo. En aquel momento Miyuki pertenecía más al mundo de los muertos que al de los vivos. Pero, aunque pareciera imposible, fue recuperándose y los monólogos de Sono empezaron a convertirse en diálogos.
Un día Sono le comentó que había quedado con unos amigos en un club de jazz.
—¿Por qué no vienes con nosotros? Te vendrá bien distraerte un rato—. Pensó que aquello era una buena idea, pues sabía que a Miyuki le encantaba el jazz, en especial Lisa Stansfield— A lo mejor hasta te dejan cantar una canción.
Miyuki se sonrojó y sonrió, por primera vez en cinco semanas. Sono tenía razón, el mundo no se había acabado, por muy perdida que se sintiera en aquel extraño país, tenía que seguir adelante.
En el club de jazz, a petición de sus nuevos amigos, Miyuki se subió tímidamente al escenario y cantó «Change», de Lisa Stansfield. «If I could change the way I've lived my life today, I wouldn't change a single thing». Se sintió transportada por aquella canción, por un momento fue Lisa Stansfield. Porque no podía haber ninguna canción más adecuada para ella aquella noche. Miyuki no se arrepentía de nada de lo que había hecho y pensó que si tuviera la oportunidad de volver a vivir su vida tampoco cambiaría nada. Bajó del escenario entre los aplausos de sus amigos. Un chico fue a sentarse a su lado.
—Qué bien cantas —le dijo aquel chico.
Miyuki empezó a explicarle cómo se sentía, estaba eufórica. Le habló de lo importante que era Lisa Stansfield para ella y de cómo cantar aquella canción delante de toda esa gente había sido algo absolutamente maravilloso. Y es que no podía ni imaginarse lo que significaba aquella canción para ella.
—Creo que te entiendo —le dijo el chico, aproximándose más a ella, y luego añadió— ¿Lisa Stansfield no tiene una canción que dice «this is the right time to believe in love»?
Aquello era lo único que necesitaba Miyuki para abalanzarse sobre él y empezar a besarle como una loca. Al fin había llegado, aquel era el momento adecuado, the right time, no había ninguna duda. Y mientras le besaba pensaba en lo extraordinario que era que el universo hubiera conspirado de aquella forma para llevarla a ese lugar la noche en la que tenía que conocer al hombre de sus sueños. Comprendió que el único sentido de todo lo que había vivido hasta entonces, incluida la noche en la que Martin la había besado, había sido llevarla a los brazos de aquel joven. Aquella noche Miyuki perdió la virginidad.
Julián era su príncipe azul. Había algo aristocrático en su mirada oscura, en su tez morena y en los rizos de su pelo negro como el azabache. Cuando Julián la abrazaba con sus anchos brazos, Miyuki se sentía protegida y feliz. Julián era superfuerte y antes, cuando iba al gimnasio, había tenido unos músculos increíbles. Claro, ahora estaba bastante más blando, porque en cuanto te dejas el gimnasio es lo que pasa. Y era muy macho. Y era la persona más inteligente que jamás había conocido. Podía pasarse horas y horas hablando de helicópteros. No importaba con quién estuvieran, Julián siempre sabía más que nadie y acababa demostrándole a todos lo equivocados que estaban. A veces a su lado se sentía un poco estúpida, pero también pensaba que era una gran suerte estar con alguien tan brillante como él.
Julián era medio español y medio judío. Tenía treinta años. A los dieciocho se alistó de voluntario en el ejército israelí para matar a hijos de puta palestinos. También había vivido en Miami. Ahora su familia vivía en Londres y él había ido a Nottingham a estudiar un doctorado de informática. Luego iría a Estados Unidos para trabajar de profesor en una universidad. Miyuki todavía no podía creerse cómo alguien tan interesante, tan increíble y tan carismático como Julián la hubiera elegido a ella como novia.
Durante aquel verano, Julián estuvo muy ocupado. Había montado un negocio con su compañero de piso Pietro y se pasaba el día montando sistemas de ordenador. Sólo le veía por las noches, cuando iba a su casa a visitarla. Julián estaba siempre destrozado. Cuando llegaba Miyuki le daba un masaje y le servía la comida. La comida no siempre era buena y Julián a menudo se quejaba. Le falta sal, le sobran especias, esto no sabe a nada, por qué no has tostado el pan. A veces, sobre todo si había pasado muchas horas en la cocina, Miyuki se disgustaba. Y entonces Julián le decía: «Carapapa, ven aquí.» Entonces Miyuki se sentaba en su rodilla y Julián la besaba. Y enseguida estaban riéndose los dos.
El curso comenzó y Julián empezó a pasarse las noches estudiando. Después de dos meses de ensueño Miyuki se quedó sola sin saber qué hacer. Entonces Sono le enseñó el programa del curso de secretaria con idiomas al que se había apuntado. Era un curso fantástico. Miyuki comprendió que había llegado el momento de retomar su carrera. No podía creer que sus sueños se estuvieran cumpliendo uno detrás de otro. Como siempre, las oportunidades llegaban en el momento justo. Era, una vez más, the right time.
Además necesitaba justificar de alguna forma ante sus padres su estancia en Inglaterra. Necesitaba el dinero que le enviaban cada mes y Julián también lo necesitaba, porque no sabía si le iban a dar la beca. Les convenció de lo importante que era aquel curso para su futuro, para encontrar un buen trabajo cuando volviera a Japón. Miyuki sabía que no iba a volver nunca a Japón, pero no era el momento adecuado para decírselo a sus padres.
Pero no fue todo tan fácil como parecía. El plazo de inscripción para aquel curso había tiempo que había terminado. Además, Sono le recordó que tenía que renovar el visado. Si no conseguía matricularse en algún sitio tendría que volver a Japón. Así que después de llamar a todos los colleges acabó matriculándose en un curso de pintura al óleo, que era el único en el que quedaban plazas. Fueron las peores dos semanas de su vida. Dos semanas buscando papeles, rellenando impresos, esperando durante horas sólo para que le dijeran que le faltaban más papeles.
La mañana que le renovaron el visado Miyuki llegó a casa sintiéndose enferma. Fue el principio de la peor gripe de su vida. Se pasó los días en la cama con una fiebre altísima. Julián la llamó algunas veces al móvil, pero mientras estuvo enferma no fue a verla ningún día. Sólo Sono cuidaba de ella, cuando volvía a casa después del curso de secretaria internacional.
A las dos semanas Julián apareció en casa de Miyuki con un ramo de flores y un racimo de uvas. Miyuki ya hacía días que había salido de la cama. Julián le habló de los dificilísimos proyectos que tenía que hacer para la universidad. Estaba pasándolo fatal porque estudiaba por las noches hasta las seis de la mañana y no podía ir a clase y no comprendía lo que estaban explicando en clase. No era justo.
Miyuki no sabía que estudiar en Inglaterra fuera tan duro. Tal vez había sido una suerte no haber podido matricularse en el curso de secretaria internacional. No se sentía preparada. Sono le informó de que habían abierto la matrícula para un curso, de un nivel más bajo al que ella estaba cursando, que empezaba después de navidad. Miyuki comprendió que aquel era su destino. Sin duda, ése era su curso. Y el destino le había dado la oportunidad de prepararse a conciencia para entrar ese curso. Se pasaría los siguientes meses estudiando inglés y practicando mecanografía por su cuenta para estar a la altura de lo que se esperaba de ella.
La noche siguiente Miyuki recibió una llamada a las tres de la mañana. Al otro lado de la línea Julián hablaba con voz entrecortada.
—Miyuki..., Miyuki, tienes que venir a acompañarme a urgencias... Me ha picado..., me ha picado un mosquito... No..., no puedo..., no puedo mover la pierna... Se me ha inflamado... Tengo un bulto enorme... No puedo caminar... Miyuki... Llévame a urgencias... Miyuki... Te necesito... ¡Tienes que venir ahora!
Miyuki todavía arrastraba síntomas gripales pero acompañó a Julián a urgencias y pasó la noche en el hospital. Nunca había visto nada igual, a Julián se le había hinchado la pierna como un globo, aquello tenía pinta de hacer mucho daño. Sin embargo, viéndolo lloriquear y soltar tacos mientras le curaban, viendo como el médico perdía la paciencia con él, Miyuki, por primera vez, pensó que a lo mejor su novio no era tan macho como decía.
Miyuki se fue a casa de Julián para cuidarlo. Al día siguiente Sono la llamó al móvil y le dijo que el dueño del club de jazz buscaba una nueva cantante y había estado preguntado por Miyuki. «Tienes que venir esta noche. Puede ser tu gran oportunidad», le dijo Sono. Miyuki se puso a dar saltos de emoción. Pero luego miró a Julián, que estaba roncando en la cama y comprendió que no podía ir. No podía ser tan egoísta como para abandonarlo de esa forma, ahora que la necesitaba más que nunca. Tenía que recuperar la serenidad. No era el momento adecuado para irse a cantar a un club de jazz. En aquel momento su lugar estaba junto a Julián.
Miyuki pasó los días siguientes cuidando de Julián, mimándole, dándole masajes, preparándole la comida y soportando sus quejas. Durante las largas horas que estuvo sentada junto a su cama observando sus muecas de dolor o viéndolo babear mientras dormía empezó a desarrollar un enorme resentimiento hacia él. Y al mismo tiempo se sentía culpable por ello, estaba siendo injusta con Julián, el pobre lo estaba pasando muy mal por aquella picadura de mosquito.
Miyuki conoció a Javier, un chico español muy simpático que era compañero de piso de Julián. A veces, cuando Julián se dormía, Javier la invitaba a tomar un té. Javier se interesaba mucho por la vida en Japón. Y Miyuki se sentía muy a gusto hablando con él. Un día, se decidió a preguntarle algo que desde hacía mucho tiempo había querido saber.
—¿Qué significa Carapapa?
—Cara de patata —, le dijo Javier
¿Por qué Julián le había estado llamando cara de patata todo aquel tiempo? Ella creía que Carapapa era un apelativo cariñoso. Pero no se podía llamar a alguien cara de patata de forma cariñosa. Aquel descubrimiento la hizo sentir humillada y fea. Durante los días siguientes, cada vez que se miraba al espejo se preguntaba si de verdad tenía cara de patata. Tal vez para un europeo sí que tenía cara de patata. Para su papá siempre había sido una princesita. Para Julián era una patata.
Miyuki, sentada junto a la cama de Julián se descubrió odiándolo y culpándolo por su infelicidad. ¿Por qué no había ido a visitarla cuando ella estaba enferma? ¿Por qué le llamaba cara de patata? ¿Por qué pretendía saber más que ella sobre Japón? ¿Por qué la interrumpía siempre cuando hablaba? ¿Por qué los problemas de él eran siempre tan grandes y los de ella no merecían ser escuchados? ¿Con qué derecho estaba viviendo él también del dinero que le enviaban sus padres? Odiaba su risa estridente, sus rizos grasientos, su papada, su cuerpo fláccido, la forma como le agarraba del brazo para traérsela hacia sí cuando quería acostarse con ella y la forma como se abalanzaba sobre ella, gruñendo como un cerdo. En aquel preciso instante Julián entreabrió los ojos y le sonrió.
—¿Por qué me llamas Carapapa? —le preguntó Miyuki.
Julián se rió.
—Es un mote cariñoso, Carapapa.
—No me gusta.
—No te pongas así, Carapapa —dijo Julián y se puso a roncar otra vez.
Miyuki salió del cuarto furiosa, en el pasillo se encontró a Javier.
—¿Quieres una taza de té? —le preguntó Javier dulcemente.
—Sí —contestó aviesamente Miyuki.
Aquella tarde Miyuki estuvo besándose con Javier al lado de la habitación de Julián. Y sabía que era lo peor que podía hacer en aquel momento. No había ninguna duda, era el momento equivocado, el lugar equivocado, la persona equivocada. Tenía clarísimo que Javier no era el hombre de su vida. Miyuki, que había pasado toda su vida creyendo en el destino, acababa de descubrir un concepto nuevo: the wrong time.
Lo había decidido, tenía que dejar al gilipollas. Aunque a lo mejor se estaba equivocando. A lo mejor estaba siendo injusta con él. Probablemente en su cultura cara de patata era un apelativo cariñoso. Puede que Julián fuera realmente su príncipe azul. Además, pronto iba a ser el 25 cumpleaños de Miyuki, el día de su pastel de navidad. Si volvía ahora a Japón ya nadie querría casarse con ella. Ahora no podía quedarse sola. Demasiado tarde, demasiado tarde, ya no era el momento de abandonar a su novio. Y qué sentido tenía quedarse en Inglaterra sin Julián. Sus aspiraciones de convertirse en secretaria internacional le parecían ahora una fantasía ilusa. Dependía de Julián, lo quisiera o no, su vida giraba alrededor de él. Julián era el hombre que le había tocado para el resto de su vida. Cuando llegaba a este pensamiento, Miyuki siempre rompía en lágrimas.
Pero ahora, en cualquier momento en el que Julián estuviera distraído, Miyuki se besaba a escondidas con Javier. Y se sentía fatal mientras le frotaba el paquete al mejor amigo de su novio. Tenía que afrontar los hechos. Estaba claro que a Julián no lo quería. Ahora sólo tenía que buscar el momento adecuado para decírselo.
Julián se recuperó de la picadura del insecto. Su otro compañero de piso, Pietro, consiguió un trabajo de reponedor en un supermercado y organizaron una cena para celebrarlo. Fue una noche muy animada. Estaban Pietro y Javier y unas chicas griegas e italianas que se reían mucho con los chistes verdes de Julián. Julián estaba muy feliz en compañía de sus amigos.
Luego fueron a una discoteca y Miyuki se decía continuamente que no debía pasar de aquella noche. Pero Julián estaba muy ocupado con las chicas italianas y Miyuki no encontraba la forma de tener una conversación privada con él. Así que se fue a bailar un rato. Pietro, completamente borracho, se puso a bailar delante de ella. Al verlo Julián fue directo a la pista de baile y le dio un empujón. «¡Aléjate de mi novia baboso!», le dijo. Julián y Pietro empezaron a pegarse guantazos. Mientras los guardias de seguridad los separaban Julián juró que le abriría las tripas con un cuchillo. Miyuki decidió que aquella noche no era el momento adecuado para sincerarse.
Pero el momento adecuado nunca llegaba. Y Miyuki sentía que se estaba convirtiendo en una fulana. Un día Julián se puso a discutir con unos testigos de Jehová que habían llamado a la puerta y Miyuki y Javier aprovecharon para pegar un polvo rápido. A partir de entonces follaban cada vez que Julián se iba al servicio. Su vida era auténtico desastre, no se reconocía. ¿Qué había pasado con aquella princesita soñadora? Miyuki no era así, pero no encontraba la forma de salir de aquella situación.
Era imposible tener una conversación normal con Julián. Julián seguía furioso por la traición de Pietro y Miyuki no se atrevía a llevarle la contraria porque se ponía muy violento. Julián se dedicó a hacerle la vida imposible a Pietro hasta que consiguió que se fuera del piso. Además estaban las súplicas de Javier, que le pedía a Miyuki que no le dijera nada, que lo hiciera por él.
Luego empezaron a sucederle todas aquellas desgracias a Julián. Cada vez estaba más bajo de moral. No le iba bien en la universidad, le habían abierto un expediente por insultar a una profesora. Fue entonces cuando Miyuki se enteró de que Julián no estaba estudiando un doctorado como ella creía, sino un curso de acceso a la universidad para mayores de veinticinco años. Julián tenía que ampliar la memoria de su ordenador y no le alcanzaba el dinero y el casero había decidido subirles el alquiler y no podía pagarlo (sobre todo ahora que Pietro se había ido del piso) y tenía que pagar unos recibos y había empezado a buscar trabajo y no encontraba nada. Y luego la enfermedad de su padre. Aquel no era el momento de dejarlo. Julián la necesitaba ahora más que nunca.
Pero la situación estaba complicándose cada vez más y sus mentiras eran cada vez más grandes. Ya no sabía qué inventarse cuando sus padres le preguntaban por el curso que estaba estudiando. Y Julián había estado a punto de pillarle con Javier en varias ocasiones. Y Pietro había empezado a llamarla. Y se le había retrasado la regla una semana. Y Julián le decía que no podía pagar su piso y le había propuesto que alquilaran un estudio juntos.
Miyuki tenía miedo. Aquello podía estallar en cualquier momento. Tenía que hablar con él. Tenía que cortar con él. Pasó la noche en blanco repitiéndose a sí misma que la próxima vez que lo viera se lo iba a decir sin falta. Al día siguiente, Miyuki abrió la puerta y se encontró a Julián con los ojos enrojecidos.
—Mi madre y mi hermana han tenido un accidente de coche y están en coma en el hospital.
Mientras Julián lloraba en su regazo, Miyuki se mordía el labio, preguntándose qué narices iba a hacer ahora.
Aquella tarde Julián se fue a Londres al hospital y Javier se presentó casa de Miyuki con la intención de pasar unos días de sexo desenfrenado. Pero, esta vez, Miyuki le dijo que no le parecía adecuado y estuvo los siguientes días sin verle.
El día de su veinticinco cumpleaños, el día de su pastel de navidad. Miyuki hizo un repaso a su vida. Siempre había imaginado que a esa edad estaría casada. Por la mañana habló con su madre.
—Felicidades Miyuki —le dijo fríamente— es tu veinticinco cumpleaños, feliz pastel de navidad. ¿Qué estás haciendo en Inglaterra? ¿Por qué no vuelves a casa? ¿Te das cuenta de que se te ha pasado el momento, por hacer el idiota?
—¿Verdad que sí, mamá?
—¿Qué estas haciendo con tu vida?
—No lo sé, mamá —dijo Miyuki y se puso a llorar.
Miyuki ya estaba completamente borracha antes de que empezara la fiesta. Los invitados fueron llegando poco a poco. Éstos se dividían entre amigos de Sono, amigos y ex amigos de Julián y gente que Miyuki no había visto en su vida. Miyuki no paraba de bailar y de hablar a gritos con la gente, se reía como una loca. Nunca la habían visto comportarse así antes.
Javier intentaba mantener la distancia con Miyuki, pero en un momento dado Miyuki se lanzó a sus brazos y empezó a besarle mientras le decía: «Javier te quiero, te quiero Javier...». Aquello escandalizó a bastante gente, que empezaron a comentar lo puta que era Miyuki. ¿Cómo podía estar besándole con el mejor amigo de su novio cuando la madre y la hermana de Julián estaban en coma?
Luego se puso a bailar con Pietro. Pietro la sostenía para que no se cayera y le daba besos en el cuello.
—Así que te gustan mucho las chicas japonesas -decía Miyuki contoneándose lánguidamente contra el cuerpo de Pietro— pues tienes muy buen gusto...
Pietro le susurró algo al oído.
—Ah, Javier te ha hablado de mí...
Las manos de Pietro empezaron a recorrerle el cuerpo.
—Oye Pietro... déjame en paz. No, no quiero que vayamos a mi habitación… ¿Qué te ha dicho Javier?
—Me ha dicho que follas de puta madre.
—¿Dónde está Javier? —preguntó Miyuki buscándolo con la mirada.
Los dedos de Pietro se movían bajo el sujetador de Miyuki cuando sonó un timbre. Miyuki bajó las escaleras tambaleándose y fue a abrir la puerta de entrada. Allí estaba Julián empapado bajo la lluvia.
—Mi madre y mi hermana han muerto —dijo Julián.
—Oh —dijo Miyuki.
—Y mi padre tiene un cáncer terminal.
En aquel momento Miyuki se sintió el ser más despreciable del universo. Abrazó a su novio con fuerza.
—Te quiero Miyuki, te quiero. Mi vida es un desastre, eres lo único que me queda.
Julián escuchó la música y ruidos que venían del primer piso.
—¿Has organizado una fiesta?
—Sí —dijo Miyuki y añadió, consciente de lo estúpida que sonaba—, es mi cumpleaños.
—Yo quería pasar la noche contigo y aquí te encuentro celebrando una fiesta sin mí.
—Lo siento Julián, perdóname.
—No importa —dijo Julián—, a fin de cuentas, es tu cumpleaños.
Julián subió a la fiesta y enseguida se convirtió en el centro de atención. Bajaron el volumen de la música. Los invitados borrachos le abrazaron, le dieron muestras de apoyo. La gente comentaba entre sí en voz baja. Javier no pudo contener las lágrimas y, al final, fue Julián quien le consoló a él. En la cocina, rodeado de gente y con su amigo Javier al lado, Julián le dijo a Miyuki.
—Te he traído un regalo —dijo y sacó una cajita del bolsillo.
El público se quedó en silencio, admirando aquella pequeña caja azul turquesa y esperando la reacción de Miyuki.
Miyuki abrió la cajita, en su interior había un anillo con una preciosa esmeralda verde. Miyuki no sabía qué decir, nunca había visto algo tan bonito. Era el anillo de una princesa. Era para ella.
—Era de mi madre —le dijo Julián.
En la mirada de Julián había un amor sin límites. Miyuki se quedó embelesada mirando el hermoso rostro de su novio. Puede que todo este tiempo hubiera estado confundida. Puede que al final Julián sí fuera su príncipe azul. Puede que todavía estuviera a tiempo de arreglar las cosas.
—Te quiero —, le dijo Julián.
Se oyó un «ooooh» de algunos de los invitados. Aquel podía haber sido un momento perfecto, el momento en el que sus sueños se hacían realidad. Desde luego, era el peor momento posible para hacer nada de lo que hizo. Miyuki se quedó como transpuesta y cuando al final habló, lo que dijo le salió del alma.
—Pues yo no te quiero. Me das asco, eres un cerdo seboso, un prepotente, un engreído y un imbécil y nunca me has respetado. Eres penoso y tu risa me da ganas de vomitar. Te crees el más listo pero ni siquiera es capaz de sacarte un curso de acceso a la universidad. Apabullas, interrumpes a la gente, eres violento, egoísta… Juntarme contigo es lo más estúpido que he hecho en mi vida. Ni siquiera me viniste a visitar cuando estaba enferma y la gente todavía se ríe con lo que montaste por una mierda de picadura de mosquito. Me sobras Julián, me sobras. Te lo quería decir antes pero nunca parecía el momento adecuado, siempre tenías alguna desgracia que te hacía incapaz de afrontar la vida. Cuanto más quería deshacerme de ti, más decías que me necesitabas. Y me hacías chantaje emocional. Y es que te han pasado desgracias, no lo voy a negar, pero ¿tú te das cuenta de que eres una desgracia andante? Siempre estás con movidas, tío, cuando no es una cosa es otra. Pero yo me he dado cuenta de que también quiero vivir. Creo que ya va siendo hora de que lo sepas, hace mucho tiempo que no te soporto. Y además —le dirigió una mirada a Javier, que observaba la escena aterrorizado—, ya que estamos en ello te lo voy a decir, me he estado follando a Javier, ¿sabes? Javier, tu mejor amigo. Y ¿sabes? él tampoco te soporta, y se burla de ti a tus espaldas. Así que ya puedes pegarle una paliza, ya puedes abrirle la tripa con un cuchillo de cocina o usar alguno de esos trucos que aprendiste en Israel, que es lo que siempre dices. Pero todo es de boquilla, porque en realidad eres un cobarde y un bocazas inútil. Eres insoportable Julián. Ah, y por cierto, esta noche también me he enrollado con Pietro, para que lo sepas. Y puede que pienses que soy una hija de puta, que soy increíblemente cruel e insensible, por decirte esto, por tratarte así, por desentenderme de ti, justo ahora que estás pasando el peor momento de tu vida, que se acaba de morir tu madre y tu hermana, y que tu padre está a punto de palmarla. Sé que es el peor momento en el que podría hacer esto y la peor forma como podría hacerlo. Pero sabes qué te digo, que estoy harta de esperar al momento adecuado. Estoy harta de ir por la vida esperando algo del destino. Si tuviera que esperar al momento adecuado para mandarte a la mierda, dentro de veinte años todavía estaría contigo, haciendo el gilipollas. A lo mejor hasta terminaba prometiéndote amor eterno y casándome contigo y dando a luz a tus hijos, aj, qué asco. Pero, sabes lo que te digo, no es eso lo que quiero en mi vida. Acabo de cumplir veinticinco años. No podía haber peor momento para romper con mi pareja. En Japón ya no me podré casar y en Europa los hombres sólo se quieren acostar conmigo para poder decir que se han tirado a una japonesa. Por cierto, sabías que no soportaba que me llamaras Carapapa y seguiste haciéndolo de todas formas. Eso es lo que más me ha dolido. Yo no soy una patata. Soy una princesa. Y si tú no te has dado cuenta, es problema tuyo.
Miyuki se quedó callada, sorprendida de lo bien que estaba hablando inglés a pesar de todo lo que había bebido.
Cuando empezó a amanecer, Miyuki estaba en la cama abrazada a su amiga Sono, todavía se oía la música que venía del comedor. Con actitud de personaje trágico, Julián había abandonado el piso sin decir palabra y, con él, se había ido un nutrido grupo de invitados escandalizados. Otro grupo de gente se quedó para agredirla verbalmente hasta que Miyuki los mandó a la mierda. El móvil de Miyuki terminó en el váter después de la segunda llamada de Julián. Sono le dio su regalo de cumpleaños, el mejor que le podía haber hecho, el último disco de Lisa Stansfield. Los pocos invitados que quedaban se contagiaron del humor kamikaze de Miyuki. Menudos destrozos habían hecho en la casa, tendría que pensar qué le decía la casero. Miyuki había perdido la cuenta de toda la gente con la que se había acostado aquella noche. Aquella noche, en el peor momento posible, Sono le había declarado su amor. Miyuki había acabado en la cama con ella, aunque fuera del sexo equivocado y aunque sabía que sólo iba a hacerle daño. Aquella noche Miyuki decidió mandar a la mierda el curso de secretaria internacional, no había nada que le interesara menos. Miyuki se quedó pensativa mientras acariciaba el rostro de Sono. Entonces Sono abrió los ojos y la miró tiernamente.
—Voy a ser cantante —le dijo Miyuki—. Pero no como esa pava de Lisa Stansfield. Voy a montarme una banda de punk.
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