La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net - pierremenard - 'El ultimo desarrollo.'


El ultimo desarrollo.

La conozco de toda la vida, siempre estuvo en mis momentos, acaso aquellos que yo consideré como más importantes. Bataría decir que nos une una porción de sangre y el mismo apellido.
Puedo afirmar, sin pecar de exagerado, que Karina es una gran persona que bien le cabe el sayo de especial, ya lo verá usted.
Cuando era apenas una niña su cuerpo de tan breve parecía traslucido, con algunos timidos inicios que no auguraban la futura voluptuosidad que le sobrevendría. Su rostro fué siempre el mismo; los ojos grandes, oscuros y extrañamente separados entre sí como los de un pájaro, boca de labio superior generoso que obliga a la inmediata tentación, configurando un arcano profundo y majestuoso diponible sólo a quien se atreva a entrar por la fuerza.
Nada me impide calificarla de promiscua, aunque en mi boca la palabra no pretende de ningún modo ser peyorativa. Así como digo que es hermosa, que es morena, que es alocada, digo pues que es promiscua.
¿Y con eso qué?
Si estuviera atado a las estúpidas convenciones morales quizás me sonrojaría el insinuar semejante cosa. Pero el echo es que no estoy atado a nada, ni tan siquiera a ella. Sé por lo pronto que cuando no está aquí, dando vueltas por toda la casa, es ya no probable, sino seguro, que está con otro hombre.
Por otra parte el ejercicio sexual la embellece; no sé si ocurre lo mismo con otras mujeres, pero Karina, luego de estar con un hombre, se la nota más lozana y fresca que de costumbre, despidiendo u naroma como a flores, que según los entendidos, es el olor de la santidad.
A veces le da por comportarse de manera extraña, no lo niego, pero eso no aviva otra cosa que mi interes.
¿Qué daño puede hacerme corriendo desuda por toda la casa escribiendo su nombre con lápiz labial por todos los espejos? Salir por la ventana de mi habitación y trepar hasta el techo para luego escalar la torre de televisión es casi una proeza temeraria, ¿pero qué puedo hacer yo? ¿qué otra cosa sino rogar para que no se caiga?
Las primeras veces poco faltó para que me muera de un síncope, hoy no me queda otra cosa que reirme a carcajadas y pedirle de la manera más suave posible que por favor deje de hacer la tonta y se baje.
Usted no podría permanecer serio si la viera allí arriba, tal como el Creador la trajo al mundo, con un revólver de juguete que olvidó mi sobrinito en casa, haciéndo disparos al aire y gritándole a mis vecinos para que madruguen.
A mí nada que provenga de Karina me pude sorprender ya que fuí testigo de todos sus desarrollos, algo así como un testigo privilegiado.
No faltaron, por supuesto, los que me aconsejaron el no meterme con ella, incluso nuestros más cercanos parientes que pusieron el grito en el cielo cuando nos fuimos a vivir juntos.
"Hay que cuidar las apariencias" decía esta pobre gente.
Karina adoptaba ante ellos una pose que calificó de aristotélica y que por poco me mata de risa.
Yo no sé si usted habrá tenido la oportunidad de observar a la estatua del pensador, esa de Rodin en que la cabeza del sujeto descansa sobre un brazo apoyado, a su vez, en una de sus rodillas. Karina recreaba la pose y repetía como respuesta a los numeroso divagues interjecciones tales como: ajá, hum, ¡epa! ¡agua va! y que sé yo cuantas pavadas más.
He perdido la noción del tiempo, no se sorprenda de mis saltos atemporales. Estoy seguro que de seguir un hilo conductivo acabaría por perderme en una maraña imposible de deshilvanar.
Fue... creo que el otoño pasado. Me despertaron los sobresaltos de Karina que batallaba con las sábanas. Era común en ella no estarse quieta ni aún dormida, aunque siempre lograba tranquilizarla trayéndola contra mi cuerpo y acariciándola. Esta vez su piel estaba más fría que de costumbre, erizada como un animalito asustado.
Recorrí su espalda con la mano abierta y la noté como agazapada, contraído los hombros y los omóplatos endurecidos.
Fuí hasta la cocina a buscar un vaso de agua y cuando regresé hallé la ventana abierta y la ausencia de Karina.
Me vestí presuroso pues ya sabía donde hallarla.
En la terraza corría un viento que cortaba los ojos; desde lo alto de la torre, Karina, con los brazos abiertos y la cara dirigida al cielo, permanecía extática como labrada en mármol.
Con mal humor a causa del frío y la hora avanzada, le sugerí que de no bajarse iría a bajarla yo mismo, de ser necesario, de los pelos. Pero ella insistía en la extraña postura sin hacerme el más mínimo de los casos.
Entonces se arrojó al vacío.
No sé si fueron segundos, tal vez minutos, pero a mí me parecieron años enteros.
La veía caer con una mezcla de sorpresa y desesperación sin atinar siquiera a cerrar los ojos.
Cuando ya no dudaba de la inminente colisión contra el duro cemento y de su segura muerte, ocurrió el último desarrollo de Karina.
De aquella espalda contraída y de los omóplatos endurecidos, surgieron de improviso lo que primero califiqué de apéndices, o manchas, o sabe Dios qué cosa, de aspecto vaporoso y tenor blancuzco que resultaron en alas, y que la elevaron sobre la noche con un rumor de hojas secas cayéndo al unísono de un árbol.
No me restó sino observar su vuelo, verla convertirse en punto hasta perderse inexorable.
Al día siguiente ninguno de los dos refirió el suceso; indudablemente posée la virtud de ocultar sus alas y desplegarlas sólo cuando ella quiere.
Hasta el día de hoy me sentí como obligado a guardar el asunto como un secreto, pero ya lo ve, me encuentro de pronto contándole a usted todo como si le conociera de toda la vida, y tan tranquilo en verdad.
¿Sabe porqué tanta tranquilidad?
Porque el peso que me saco de encima es colosal, y al fin de cuentas usted nunca me creerá.-


Texto de pierremenard agregado el 20-07-2005.
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