--Creo que soy un ángel, dijo sin quitarme los oscuros de encima, y yo, dominando a duras penas mi turbación, movía la cucharita dentro del pocillo como si quisiera arrancar el negro líquido para hacerlo levitar.
No podía, el tiempo no me ha enseñado a permanecer ante el cuerpo desnudo de una mujer sin acabar idealizándolo.
Algunos claroscuros intentaban plasmarla en el lienzo demasiado opaco del cuarto. El alerta de los pezones oscuros, el contorno pálido y sustancioso, el cauce aquel que derramaba el terso caoba y lo hacía descender por el vientre hasta fundirse inevitable, en el boscoso y brillante terciopelo.
--¿Me oíste? Creo que soy un ángel, repitió.
--Sí, sí, te escuché.
--¿Y? ¿no decís nada?
Fruncí el ceño, me rasqué la cabeza, abrí los brazos y las manos como quien espera la salva de un pelotón de fusilamiento.
Las pupilas oscuras desestimaron mis gestos y seguían pegados a mí buscando entre aquella maraña alguna certeza.
--La otra noche estabas allí, en la terraza, continuó. Sé que me viste.
--¿Y en que te basas? Digo... específicamente...
Elk cuarto se encendió con el rumor de un fuego crepitando. Allí estaban, ámplias en aquella estrecha espalda, absorbiendo la luz vacilante de los cristales, completa e inmaculadamente blancas, con plumas luengas que parecian de hielo.
--Pico no me crece, dijo risueña, lo cual descarta el que me haya convertido en pájaro.
--Menos mal que nos cuidamos, sino estaríamos empollando huevos.
No festejó la broma, la que indefectiblemente sin el apoyo de la hilaridad, se transformó en torpeza.
Busqué un atajo.
--¿Y cómo haces che? digo... las alas.
--Las pienso y ¡pif! aparecen.
--¿Así nomás?
Frunció el labio inferior situándolo encima del otro delineando con el gesto una ignorancia profunda.
--¿Y eso en qué me convierte?
--¿A vos? en nada, of course.
--¿Cómo en nada?, repliqué, soy algo así como el primo del ángel, o, ¿porqué no? el concubino de la mujer pájaro.
--Ya te dije que pajaro no soy.
--Bueno, según tengo entendido por algunas cosas que leí, habría que descartar tambien lo del ángel.
--¿Qué cosas?
--Los ángeles no tienen sexo.
--¿Actividad sexual u organos sexuales?
--Ninguna de las dos cosas; espalda tampoco.
--¿Qué tonterías son esas?
--Está en los libros de angelología.
--¿Los libros de quién? ¿Alguna vez vas a formular un pensamiento sin apelar a algún libro?
--Aparte, aventuré, los ángeles son todos hombres, y tu nombre debería terminar en "el" como Gabriel, y tocar la trompeta, y vivir en una nube, y tener un halo o algo así en la cabeza.
--Una mierda de trompeta, se quejó. En cuanto a tener una aureola, eso lo tienen los santos, y desde que tengo uso de razón vivo en una nube, y vos tambien, una gran nube de pedos. Por otra parte sos un retrógrado machista y encima contradictorio. Si esos ángeles que decís no tienen sexo, ¿cómo afirmás que son varoncitos?
¡Ah! antes de que me olvide, ni se te ocurra contarle esto a alguien.
--¿Y a quién queres que se lo cuente?
Karina me miró seria.
--Como contar no se lo conté a nadie, en realidad lo escribí como si fuera una historia, vos sabes che, un relato fantástico o algo así.
--Van a creer que estás loco, que te fumaste un "atanor", que te estás volviendo boludo.
--¿No te parece el tuyo un lenguaje un tanto brusco, sino imprópio para un ángel? Otra cosa, ¿porqué no te tapas con algo? Los vecinos se estan haciendo una panzada.
--La ropa me duele, para que sepas, en cuanto al lenguaje... ¿porqué no probas con irte un poco al carajo?
Y se encaminó a la cocina riendo complacida, haciendo malabares con los pocillos mientras yo la estudiaba buscando un asomo de realidad en la tersura prístina de su espalda, y ella, notando el descaro, abría sus alas para cubrirse, pues odiaba que un hombre la mire sin ojos de concuspicencia... |