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La Batalla de las Lentejas
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Apenas mamá hizo sonar fuerte el portazo en una clara y rotunda señal de malestar, los hermanos se quedaron mirando impávidos. El silencio era sepulcral, ¿y como no?, si minutos antes habían sido flagrantemente descubiertos por ella mientras echaban con sigilo las lentejas directamente del plato a una bolsa plástica, estratégicamente oculta debajo de la mesa por Joaquín antes de que ambos se sentaran a almorzar. Y todo por culpa del Dante que no pudo aguantar entre sus diminutos dedos el peso del plato que fue a estrellarse con estruendo en la cerámica del piso.
Odiaban las lentejas más que a nada en el mundo; y no solo por su asqueroso sabor, sino también por su apestosa apariencia.
Sorprendidos y condenados a raspar el plato aunque se demorasen toda la tarde, esperaron con ansias la llegada de papá, único con quien se podía negociar en estos casos extremos; más aun cuando las lentejas ya mostraban un aspecto frío y latigudo debido al tiempo transcurrido; comerlas así lo consideraban un suicidio y un atentado a sus integridades físicas.
Los dos estaban claros que con mamá las penas eran altísimas e iban desde la reclusión en sus respectivas habitaciones, el arresto domiciliario, el embargo de la televisión y el play station por tiempo indefinido, el corte en el suministro de embelecos y dinero para los recreos en el colegio. Sin embargo de papá se podía recibir un buen coscorrón, de esos que dejaban latiendo el cuero cabelludo, un certero correazo en el lomo con fuga permitida, y en el caso de las lentejas el temido cucharazo de palo. Es decir la diferencia era que con mamá las penas eran restrictivas de libertad, mientras que con papá, las penas eran fundamentalmente corporales, y que tras su aplicación a todo evento las cosas volvían a ser normales, contrariamente a lo que ocurría con mamá quien no perdonaba las maldades con tanta facilidad.
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Cuando los hermanos sintieron el auto de papá entrar al antejardín, sus corazones comenzaron a latir con frenesí. Apenas él atravesó el umbral de la puerta vio que el rostro de mamá - quien aun no acababa de enjuagar la losa - estaba totalmente desfigurado por la furia. De inmediato notaron que el padre entró a la cocina y de allí no salió hasta minutos después con la cuchara de palo para cocinar pegada a su mano derecha, la vena del cuello hinchada y los ojos inyectados en sangre.
Parado con cara de tiranosaurio rex, papá los quedó mirando con alternancia y sin demorar un segundo más, a gritos les habló:
- ¡ Ya el par de huevones mal criados!; ¡¿que van a querer?!; ¡o se comen todas las lentejas en los próximos cinco minutos o les llega a cada uno el feroz cucharazo de palo en el poto!.
De inmediato y como era costumbre en ocasiones como esta; los hermanos dieron rienda suelta a la más variada performance de llantos y lamentos.
Sabían a la perfección que mientras más color y espectacularidad le dieran a éstos, menor sería la intensidad del golpe, porque a papá se le podía manejar sentimentalmente con relativa facilidad. Sin embargo todavía quedaba la huida. Desde la mesa a la habitación había un pasillo largo que debían sortear esquivando cucharazos.
Dante fue el primer valiente; esperó que papá estuviese desprevenido mirando hacía la cocina para echarse a correr con todas sus fuerzas en dirección a la habitación. Dos serían los cucharazos que finalmente recibiría el menor de los hermanos, ¡tac, tac!. Joaquín con mucha mayor fortuna que la habitual ¡tac!, sólo alcanzó a recibir uno.
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Tendidos en el camarote la adrenalina circulaba por sus cuerpos a mil por hora; ambos habían sobrevivido a la paliza. Ahora por fin podían dar inicio al maratón de play station, sin mayores inconvenientes; salvo aquella persistente picazón radicada en la zona de los golpes.
Los sobrevivientes se sentían orgullosos de haber sorteado nuevamente la eterna batalla de las lentejas.
Texto de cao agregado el 23-09-2003. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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