Grazalema II
De blanco y rojo viste,
acosada por el gris inerte,
la dama de la sierra.
Grazalema.
Incrustada en su cuna dura
de roca muerta.
Arropada vagamente
por un verde añejo.
Custodiada fiel
por San Cristóbal y Peñón Grande,
testigos sinceros de la historia.
Grazalema.
Abandonada a la lluvia y al tiempo,
a la puntual y fría nieve,
al raudo y fugaz aguacero,
duro, intenso invierno.
Cubierta menos las veces
por el cielo azul, primavera colorida,
blanco resplandor, lucero en mi vida.
Grazalema.
Moriría siempre una vez más
por reír entre tus piedras,
entre tu roca virgen,
entre tus brazos, andaluza bella.
Moriría siempre una vez más
por tus días mojados,
tus tejados bañados de rojo,
tus paredes blancas de cal.
Por tu luz, en la noche,
de plateada estrella.
Por tu brisa helada de invierno,
por tu día de nieve de cuento.
Moriría siempre una vez más
por enamorarme en tus calles.
Piedra, historia. Recuerdos y memoria.
Luces de ensueño, días de gloria.
Moriría siempre una vez más
por sentir la nieve entre mis dedos,
la lluvia mojando mi rostro,
el frío conquistando mis huesos.
Los abriles descalzos y coloridos,
los veranos alegres entre luceros,
niñas bonitas, toros y estrellas,
noches en vela y mejores recuerdos.
Los otoños ocres y verdes,
rezumando melancolía,
oliendo a tierra mojada,
pinceladas de un cuadro, la vida.
Grazalema, tu agua
rebosando entre calizas cuevas,
legiones de piedras firmes,
dueñas de la sierra.
Eres dama del agua,
dueña y señora
del viento y el alba,
de la sierra el alma.
Grazalema.
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