En silencio, observando su cuerpo y su rostro en el espejo, de vez en cuando cerraba los ojos para no verse, era absurdo, tarde o temprano los abriría, la misión no había terminado y no podía moverse del sitio. El sudor caía por su frente, se retenía en las cejas hasta que estas desbordaban, entonces su cara se convertía en una cascada salada, mientras, sus manos permanecían estáticas. Su silencio era elegido, no estaba amordazado, pero sus desordenados pensamientos retumbaban dentro de la cabeza para intentar en alguna ocasión ordenarlos sin éxito. Entonces decidió expresar la idea que llevaba algunos minutos forjando, abrió los ojos, no los apartó del espejo, y habló:
- Que patético es cagar frente a un espejo... |