El estudio suele ser a veces agotador y apabullante. Aquella tarde no era la excepción, y yo me sentía casi como una plasta amorfa sobre la cama. Mis libros y la maleta estaban sobre ella, y el cuaderno en el cual hace unos minutos estaba haciendo los ejercicios de cálculo reposaba sobre mis piernas de manera descuidada. Era un momento vacío. Ya había perdido las ganas de estudiar, y el sueño tenía ganas de apoderarse de mí. De alguna forma me sentía como anestesiada, como sumergida en la nada. Sin embargo, algo sucedió, no sé cómo, fue tan repentino. Todo cambió, fue como si hubiera recibido un golpe de imágenes y sensaciones que se empezaron a atascar frenéticamente en mi cabeza. Mis ojos se perdieron en la pared. Era yo, lo sentía, pero a la vez no lo era. La luz amarillenta de mi cuarto cambió. Ahora era distinta, todo era distinto.
La luz en aquellas montañas era tan hermosa, el olor a ellas era tan vivificante y el frío tan agradable y esencial. Y yo era muy feliz, al parecer. Las flores, los árboles perennes que me circundaban y aquellos que ahora aún se erguían desnudos ante mí. Mis ropajes eran tan bellos y sencillos. Mi rostro me era tan familiar y tan extraño a la vez, podía verlo reflejado en los riachuelos, era una niña aún muy pequeña, pero también meditabunda, en un extraño mutismo sonriente. Empecé a crecer, todo al parecer iba muy bien. Pronto me convertí en una muchacha muy delgada, de rasgos muy finos y delicados, ojos pequeños, labios delgados, cabellos azabaches. Era casi una flor, una que no había sido tocada por colibrí alguno. Las montañas eran eternas y tan bellas.
Cosas sucedieron, no las pude ver, no las recordé. Ahora esa alegría de hace un tiempo se había convertido en desazón y miedo. Estaba desamparada, y mis adoradas montañas habían desaparecido. Me encontraba en la costa, en aquella ciudad que parecía fuente de progreso. La verdad, sin embargo, es que mi vista tan sólo recorría maderos viejos, suciedad, botes podridos, un mar infecto y lleno de restos de pescado descompuesto, y claro, también podía ver como llegaban los barcos de los extranjeros que recién venían a imponer sus modas. Yo había escuchado sobre ellos recién llegué a la ciudad, cuando aún no sabía como ganarme la vida. Veía llegar los barcos en un muelle lejano, yo tan sólo esperaba a que llegara alguien, mientras seguía admirándolos. Allí estaba mi fuente de ingreso. Aquellos occidentales eran los que mejor pagaban, y ahora los atendía exclusivamente a ellos. Ya me había acostumbrado, ya era parte de mi vacía rutina para conseguir con que alimentarme. Igual, no podía hacer más, ya lo había perdido todo, y sólo quería sobrevivir porque sentía que en ese horizonte que todas las tardes contemplaba tenía que haber algo más para mí. Si estaba con vida era por alguna razón, y aún era muy joven para arrojarme a la muerte.
Estaba desnuda, en un cuarto de paredes de madera húmedas y semipodridas, sumergida en el agua tibia de aquella tina de tablitas de madera. Lo esperaba sin mucha impaciencia, podía verlo como se levantaba de la cama deseoso de seguir a mi lado. Yo me podía fácilmente perder en aquellos ojos verdes, y ahora lo observaba sintiéndome como una niña tímida y pequeña. Con él era todo tan diferente a lo que yo siempre había conocido. Al final se sentó frente a mí, sumergiéndose también en el agua. Me miraba fijamente, me murmuraba palabras que no entendía, y también algunas en mi idioma, que había aprendido y que yo sabía que las reservaba sólo para mí. Yo me limitaba a sonreírle y a acariciar sus cabellos dorados. Me sentía tan feliz a su lado. Yo ya no actuaba con él como si fuera un cliente más. Ahora me le entregaba porque sentía que realmente lo amaba, y que él también a mí. De hecho, yo ya había dejado de venderme a otros desde poco después de haberlo conocido. Y él me había agradecido ese gesto. Me trataba como su pareja, e incluso ya no le pedía paga, porque con él ya era suficiente.
Su rostro, como iba a olvidarlo, no lo olvidaría nunca, ni siquiera después de la muerte. Él me miraba y me sonreía con tal fervor, besaba mi rostro y mis labios tan tiernamente. Él era aquello que esperaba, que había esperado, era aún más que eso incluso. Tenía tanto miedo de perderlo, ahora que se había convertido en la luz de mi vida.
El sol inmenso se empezó a ocultar en el mar perezosamente. Yo aún seguía de pie, en aquel muelle, con la mirada perdida, aún húmeda y medianamente constreñida. Había sido tan feliz, y aún me sentía tan agradecida por haberme sentido así. A pesar de todo, a pesar de que él hubiera tenido que volver de donde había venido. Él me había amado, estaba segura. Si todo había sucedido de aquella forma, no podía renegar, tenía que haber sido por algo. Sonreí. Él me prometió que nos volveríamos a ver de nuevo, algún día. Yo, por supuesto, lo iba a esperar, y así se lo prometí. Sin importar qué, yo cumpliría. Cuando él volviera, yo lo sabría.
El aroma de las montañas me acompañaba felizmente. De nuevo me sentía agradecida por todo, a pesar de todo, a pesar de que tan sólo él me faltara. Las flores, los árboles de fruta, los hermosos colores, el verde que me rodeaba de nuevo, mis adoradas montañas. Una vocecita muy linda y conocida llegó a mis oídos para hacer más perfecto el cuadro. Mi hermosa chiquita, apenas apareció en mi campo visual mi corazón salto con tal alegría. La tomé por su cinturita, le acomodé levemente su kimono, contemple sus ojitos tan verdes y juguetones. Acaricié sus cabellos castaños e increíblemente finos. Sus rasgos eran una tan extraña pero adorable combinación de los míos con los de él. Besé su frente y la baje de nuevo de mis brazos. Caminábamos casi siempre por el mismo sendero, yo solía llevarle de la mano, pero ella también solía soltarse en ocasiones para correr juguetonamente por el lindero, sin alejarse demasiado. Los árboles de cerezo son tan comunes y hermosos. Ahora estaban rebosantes de frutos. Al llegar a casa podría preparar algún rico dulce con ellos para mi linda pequeña. Comencé a tratar de bajar algunos. Finalmente logré recolectar lo suficiente. Ahora tendría que encontrar a mi niña para que retomáramos de nuevo camino. En dónde se habría metido, hasta hace un instante aún la podía ver.
Mis manos están sangrando un tanto, y siento el dolor ardiendo en ellas. Pero eso no me importa demasiado. Me queda tan poco tiempo, no puedo hacer más que esperar, es cuestión de segundos. Me siento tan impotente, y asustada. No podré cuidar de ella. Cómo resulté en esta situación, no lo entiendo muy bien. Sólo comprendo perfectamente que logré mi objetivo, por lo menos mi niña no está en mi lugar. A pesar de todo no puedo evitar sentir ganas de llorar. Mi chiquita me observa entre lloriqueos, sintiéndose totalmente imposibilitada por ayudarme. Resbalo al fin de la saliente a la cual me aferraba. Aún a pesar de que estoy cayendo, no pierdo de vista el rostro de mi chiquitita. Mi chiquitita. Siento como si todo se hiciera lento, una lágrima al fin resbala. Mi chiquitita. Él. Nuestra promesa. Todo desaparece, hay oscuridad de repente.
Ahora la luz es de nuevo muy segadora, tan blanca que todo desaparece y reaparece, ahora convertido en mi pequeño cuarto, mis libros, y la luz amarilla y tenue de la bombilla. ¿Qué se supone que fue eso?. Tan sólo soy una estudiante, y necesito hacer miles de ejercicios para que no me vaya mal. ¿Qué fue eso?. Me remuevo en mi sitio, me enderezo, observo mis manos con cuidado. Advierto un sentimiento muy extraño. Me sorprendo al sentir que mis ojos están aguados, y una pequeña lágrima a punto de salir se detiene, y regresa a su sitio. Ella…yo…él…la promesa. Todo aún sigue muy confuso, no logro encontrar diferencia entre la realidad y la imaginación. ¿En verdad fue esto último?. ¿Acaso, por alguna inconcebible razón no lo creó mi cerebro travieso y sucedió realmente?. Mi mente busca respuestas, me estanco durante algunos minutos en mis pensamientos. Muchas cosas parecen tener sentido pero no puedo sentirme segura del todo. En el fondo, sin embargo, siento una rara certeza que sin razón alguna me llena. Ella en verdad sabe cumplir sus promesas.
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