Laura, mirada ausente, sentada en su sillón, no se da cuenta de que ha sido el motivo de la discusión. Ya se marchan. Apenas un roce en la mejilla con sus acalorados labios y un hasta mañana que no será cierto. Los niños ni eso, como niños corren a la calle y los maridos tres cuartos de los mismo, la miran de soslayo y hasta luego. Alicia queda sola, reprimiendo las lágrimas.
Convocadas por ella, las hermanas, llegan a media tarde. Como siempre, tarde.
–Paramos un momento, ya sabes –dice Lucía, la mayor.
–En mi casa, como les coge de paso –dice Sara, la de en medio.
–¿Tomamos un café?
Pablo ofrece cerveza a sus cuñados y salen al jardín. Los niños, arriba, con sus primos y la “play station”.
–Mamá empeora por momentos y yo no doy abasto –dice Alicia.
–Tú cargas con todo, claro –dice Lucía–. Pero es que yo, como vivo tan lejos y el trabajo...
–¿Qué quieres decir? –pregunta Sara–.
–Que me echéis una mano...
Vacilan, hablan, discuten largo rato.
–¡Ni soñarlo. No me ocupo de mis hijos y me voy a ocupar de ella...! –exclama Sara.
–¿Qué tal una residencia? –interviene Lucía.
–¿Tú la pagas?. Yo no suelto un euro. No puedo permitírmelo.
Alicia se harta de oír lo que esta oyendo. A Lucía, que no piensa las cosas. A Sara, que siempre, cuando se trata de dinero, barre para sí. No tiene para la residencia pero si para salir a cenar los fines de semana.
–¡Basta! –grita. No se trataba de esto. Se trata de mamá
Ahora las tres callan. Todos lo dan por bueno que todo siga igual.
A la hora de la cena un guiño del alzheimer le devuelve a Laura un minuto de vida:
–Hoy venían las chicas –dice–. ¿Ya llegaron? Quiero ver a los niños, les daré la paga.
© Blas León
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