Lo saqué a empujones de su casa, diciéndole a su esposa que no tardaríamos. Más tarde en las afueras de la ciudad en un lugar íntimo pedí una botella de tequila. Llegó Zulema, una mulata de ojos verdes y le pregunté ¿es cómo la que soñaste?
Media hora después sonó el móvil; contesté con monosílabos. Te dejo, no me tardo, es un asunto de última hora; atiéndemelo bien, le dije a Zulema, guiñándole; se acercó a su oreja y le mordisqueó el lóbulo con los labios.
Eres terrible, me decía Celia, cuando le ayudaba a ponerle el sostenedor. ¿Dónde dejaste a mi marido? Por qué si llega con olor a perfume barato, le ordenaré que duerma en el cuarto de servicio.
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