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Inicio / Cuenteros Locales / abadnael / Cien mil pasos corriendo

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Arrastrándose por su garganta silbó el aire entre sus dientes hasta que por fin dijo adiós. No sería lo último que dijera, pero sí lo último que ella le oiría el resto de su vida. Se entretuvieron un poco más, resistiéndose como siempre a hacerse caso de sus propias palabras. La semilla de la intranquilidad ya había sido sembrada y jamás se marchitaría de sus corazones.
Con una tos hidráulica se cerraron las puertas del tren. No dejaron de mirarse a través de la niebla de las ventanas, llenas de camino y región. Los domingos siempre terminaban siendo una paella mal digerida. Todo el tiempo libre que habían podido disfrutar juntos se rompía en los miles de trozos de momentos. Del espejo del presente quedaron ya cientos de recuerdos que habrían de ir recogiéndose durante el resto de la semana para poder seguir sobreviviendo, aunque fuera con una nimia dieta de pasados. Caricias en pasado, besos y arañazos, risas en pasado, y en cada despedida la promesa bordada con cariño de volver a tenerse cada uno en los brazos del otro. Sabían que las palabras, a partir de ahora iban a saber al color metálico con el que se disfrazan al reconocerse entre el vacío de los teléfonos. Aquellas caricias, los besos otras vez llegarían a ser poco más que la evocación a otro añico del puzle ya vivido. El deseo de volver a tenerlo soportando la crueldad de un torturador llamado distancia.
Con el primer empujón se doblaron las cabezas y sus miradas confirmaron lo que ya se habían dicho: el adiós le pensaron hasta luego. El tren comenzó el camino. Se alzaron con desgana una mano, una sonrisa forzada para aguantar alguna lágrima. Era casi vital memorizar cada gesto, cada poro respirar tormento. Sabe que le quiere porque la duele, sabe que lo soporta con esa sonrisa tan creible. Sabe que la espera porque vuelve, sabe que no le engaña porque sigue oliendo al mismo perfume que hay hoy en sus sábanas, el que se desvanece por horas cuando ella marcha según los recuerdos se desgastan en pedazos más pequeños, hasta necesitar él rellenarse la cabeza con sus imágenes impresas.
Ella se sentó cuando la estación no se veía y los edificios se ponían a correr como locos al otro lado de las ventanas. Abrió una cremallera para ver si tenía sus cuentos, y se quedó dormida para no darse cuenta del viaje. Él estaba solo en la estación, viendo las huellas metálicas por las que se fue dejando el tren su última sonrisa. Bajó la mano. Sabía que ella estaría dormida. Es muy dormilona, y no le gusta viajar los viajes. A él se le había dormido la mano. Mirándosela pensó que se estaría soñando las caricias de esa misma tarde. Se dio la vuelta, buscó la puerta de la estación. Estaba anocheciendo. Un perro vagabundo, negro y polvoriento se asustó al ver que él volvía de otro mundo. El cielo se hizo naranja hasta explotar en un último aliento rojo. La noche vencía otra vez más, el lunes se gestaba. Salío a la calle con desánimo, ya a oscuras. Había pasado una eternidad de minutos, entre el andén y la calle había salido una luna, se extendieron las sábanas de estrellas y se durmió el día. Él abrió una cremallera y se agarró la rabia con las dos manos para abrir el coche. Encendió la radio para estar menos solo, aunque sólo gritasen fútbol a bocanadas sin descanso.
Al dejar de mecerla el tren se despertó en la tercera parada. Noche cerrada. Pasó enloquecido otro interminable mercancías y volvieron a deshacer el camino. Otra vez el mismo destino, otra vez de noche. No había recibido ningún mensaje. Era raro, él siempre se entretenía la congoja con un te quiero de más, por si se le había quedado alguno de menos. El tren se introdujo sin miedo en la negrura de llevar pasajeros. Quedaba medio camino y una sola parada. Ella se dejó dormir otra vez más por el traqueteo.
Del nudo del estómago nacieron mariposas cuando detrás de la cremallera se retorcía la música de uno de sus mensajes. Ansiosa se arrancó el sueño de los ojos y el traqueteo de los oídos. Abrió la bolsa, sujetó el teléfono frenético y le robó sus palabras. Leyó. "Estoy harto de adelgazarme el alma de recuerdos, no te vayas más que me muero". Se la deslizó de las mariposas una lágrima que fue a dar con su amor al suelo. Después de eso, no la quedó más remedio que viajar.
Un pitido más sobre los chillidos y se escondió el tren en su última guarida. El viaje semanal había concluido una vez más con el triunfo de los kilómetros. Tosieron las puertas y se deshicieron los andenes en pasos y maletas entumecidas. La urbe se llenaba de nuevo con su legión semanal de exilados y acentos de provincia, busca la vida y encuentra mejor trabajo: el sustento está a cien mil pasos corriendo del alimento del alma.
La policía auscultaba en la puerta con la ferocidad del silencio. Al llegar ella, la enseñaron la imagen impresa, la separaron del resto y la preguntaron:
-¿Le conoces?
Asintió.
-Se nos ha muerto. No pudo más y de una vez se tragó todos tus recuerdos.
Le reventó el alma por dentro.
Aquella noche ella supo que jamás volvería a montar en un tren. Ni a hacer la maleta con más recuerdos.

21 al 22.11.2004

Texto agregado el 20-08-2005, y leído por 153 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
2007-11-16 20:16:52 ¿06/12/2006?... Como decía mi abuelita:"Más vale tarde que nunca" Lo busqué para orientarme...me sigo rebelando al echo que dos que se aman se tengan que separar.Te vuelvo a enviar *;gracias por la aclaración. pantera1
2006-12-06 20:11:31 Desolador y a la vez hermoso.Por que no creaste un mago que borrara el tiempo y la distancia, debe existir la magia para que dure el amor?. Te felicito.(Te lei porque me llamo la atencion tu seudonimo, significa algo?) pantera1
2005-10-22 10:27:49 Conseguiste tocar mi corazon con este cuento, nunca olvidaré la noche que me lo regalaste. Marie Witchedarwen< /a>
 
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