Se quisieron dejar para septiembre el miedo como asignatura pendiente a sufrir con sus cuatro manos llenas de caricias listas para ser regaladas. Se quisieron desde la primera mirada una noche de junio en la penumbra de algún antro de borrachos. Inevitablemente se acercaron, y tan inevitable como el amor escrito en sus guiones por el destino, se arañaron la distancia con las palabras camufladas para disimular los golpes de sus encabritados pechos. En qué dices que trabajas pareció todo un acto de deseo, y el preguntar por su nombre sonó como un verdadero te quiero que los fue rodeando poco a poco hasta aislarlos en una confusa maraña de frases de escenario, de vida por vivir, sin que aún ellos mismos lo supieran.
Se quisieron esperar una semana, y en el segundo acto se aguantaron los dedos enganchados como garrapatas a los sillones de los cines, queriendo cada uno equivocarse al descansar la mano y sentir el frío sudor del otro esperando bajo las luces de cualquier película mala. Él se amarraba las ganas de besarla a la salida de esos cines sin películas, cines para lucharse en silenciosas batallas de piel, de roces minúsculos con los que soñar sonriendo abrazos interminables en futuros no muy lejanos. Ella se resistía el cortejo a base de miradas de inocencia y de ruedas pinchadas que él se las cambiaba gustoso, sólo por estar un poco más con ella, y así poder ganarse alguna despedida sin más palabras.
Se quisieron resistir quererse tanto como ya se querían, se quisieron resistir a romperse los corazones cansados de calladas traiciones y brazos de veneno de recuerdo, que encierra a los mejores pechos tras los más infranqueables barrotes de hueso. Él se metía en los puños cerrados las noches enteras de insomnio a la luz de esa mirada ardiente que a modo de despedida ella firmaba; amable y cruel, creyó se defendía del dolor que el propio amor otorga a los buenos amantes: el desamor.
Se quisieron por fin una tarde de julio, cuando ella sucumbió a los gritos de su corazón, que había cambiado los escombros del pasado por las flores del presente, un presente de rojas rosas que se marchitarían hasta septiembre. Se desearon dos semanas más, hasta desabrocharse los botones de sus ombligos y en cueros de alma comprobar que de la misma manera se brillaban. Y brillaron juntos como una sola luz, bajo el aterciopelado manto de sus sexos húmedos y sus ansiados besos de alientos insaciables, como si fuera la última vez, siempre como si fuera su última vez.
Se quisieron ver más tiempo del debido, se buscaban en rincones escondidos haciéndose el amor en noches inauditas, muy lejos del reino de Morfeo. Despiertos, se las soñaban juntos para siempre vestidos sólo con sus sonrisas de domingo y sus abrazos de pegamento que el alba deshacía como al hielo el mar, el amor en sueño.
Se quisieron hasta la luna nueva de agosto, en que alguna Afrodita envidiosa le raptó al amante su amada y a la amante su amor, atravesándola a ella con la lanza del olvido y a él con la daga de la desesperación. Deambula todavía desterrado en el frío desierto de su propia piel, las palabras escritas a fuego de piedras en sus costillas, hasta la eternidad tatuado del mismo desierto de caricias de esa última voz, que cantando repite enloquecido en su camino alrededor de su propia demencia de desamor:
"Me prometió volver, me prometió enviarme besos con las gaviotas a través del mar de las golondrinas. Me prometió que septiembre. Me prometió que quererme. Me prometió prometerse que no podría dejarse olvidar, y así mis ojos, ya de sal, sin lágrimas me juran que no será para siempre... algún día será septiembre".
10.08.2005
a Marie |