Desperté cuando la muerte levantaba el brazo para asestar el golpe final. Caminé por el traspatio y, menos agitado, volví a dormir. Después llegó el mismo sueño: la neblina, el tam tam, "quiero abrir los ojos"; mi brazo busca el refresco que está en la mesita de noche y, al sonido de los tambores que se acercan, corro. Mi mano agoniza lejos del frasco de agua. Me atan y el filo del hacha titila en mis ojos; los cierro y detengo la respiración.
¡Espera! ¡Espera! -es la voz de mi madre y despierto. ¡Detente! -me grita angustiada. Entonces percibo: mi brazo crispado con el machete en lo alto y bajo la rodilla el pecho de mi hermano. Él intentaba,con los ojos cerrados, apresar la botella de refresco, que bamboleaba sobre el buró.
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