La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net - blasleon - 'Leandro, el de los helados'


Leandro, el de los helados

–Hola, soy Leandro, el de los helados– decía al presentarse.

Luego, al ver la cara de su interlocutor tras leer su tarjeta, añadía:

–Bueno, a mí me los traen helados, ¿no?

Aquella tarde dormitaba sentado en la silla de su despacho, harto ya de leer las necrológicas en los periódicos y de no entender por qué los demás colegas tenían más trabajo que él, siendo este, como era, un negocio seguro dónde había para todos; cuando le sobresaltó el teléfono.

–Vamos chicos– dijo a sus ayudantes–. Llaman de la Residencia de Ancianos. Tenemos trabajo.

Los muchachos asintieron de mala gana. Ya era tarde y se estaban preparando para finalizar la jornada. Pero el trabajo era así. Siempre se ha dicho eso de “abierto las veinticuatro horas, como la funeraria”

En la calle, la tarde huyó tras ellos, como si supiera a qué se dedicaban.

–¿Quién es el finado? –preguntó Leandro sin detenerse. Conocía la Residencia como la palma de su mano.

–Un amigo suyo– contestó la encargada, con sorna–. Don Ricardo.

Leandro se detuvo de golpe y exclamó:

–¡Hostias, “El viejo cascarrabias” No me lo puedo creer!

–Pues créalo. Le puedo asegurar que está más muerto que Napoleón.

Y allí estaba, tendido en la cama, como un bendito.

–Miradlo– dijo Leandro dirigiéndose a los muchachos–. Más malo que la quina y parece que nunca hubiera roto un plato.

Como no tenía familia y nadie le iba a velar aquella noche, decidieron trasladarlo a la funeraria, con el beneplácito de la gobernanta, que no tenía ninguna gana de pasar la noche bajo el mismo techo que un muerto.

Serían cerca de las once cuando Leandro se quedó a solas con él y cuando se disponía a ponerlo al fresco, se dio cuenta de algo en lo que no se había fijado antes: La mano izquierda estaba cerrada. ¿Producto de la artrosis, tal vez? Se acercó y la examinó. Ocultaba algo.

–¿Qué escondes ahí, viejo bastardo? –dijo, al tiempo que intentaba abrir lo rígidos dedos de don Ricardo.

Poco a poco y con paciencia, logró abrir un hueco y sacar un papel. Leandro lo miró, pensó un momento y, de repente, soltó una carcajada y exclamó:

–¡Viejo tonto, toda tu vida soñando este momento y cuando lo consigues, te mueres!

A la mañana siguiente, poco antes de las ocho, los empleados de la funeraria tomaban café en el bar de la esquina.

–¡Mira! –le dijo el uno al otro señalando el periódico–. Un solo acertante de seis en la lotería primitiva. ¡Seis millones de euros!

–Ese ha emigrado ya a las Bahamas– dijo el otro–. Vamos, que Leandro ya habrá abierto.

Pero al llegar a la puerta, se quedaron de una pieza: Estaba cerrada y tras el cristal, pegado con papel adhesivo, había un cartel que decía:

“CERRADO POR DE-FUNCIÓN”

© Blas León








Texto de blasleon agregado el 21-08-2005.
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