5:15 AM
Esta es la opinión de un pobre borracho:
todo cuanto quepa en la mente de un hombre
es absolutamente verdadero.
Antonio Dal Masetto.
“Fuego a discreción”
Hasta hace un rato he estado hablando conmigo. Juntos hemos dispuesto un borrador de lo que será mi vida, componiendo acaso de manera inútil una idea de lo que vendrá después, cuando el tiempo me lleve realmente a andar caminos mezclados, y a vivir historias que harán mi historia; una historia que será o tal vez no será la que he intentado concederme hace unos momentos.
No sé cuándo fijar el umbral, el principio arbitrario, exacto de todo esto. Sé que yo venía desde alguna parte porque no estaba aquí, aunque mi memoria se niegue a darme certezas ahora… Cuando me vi llegar pedí un vino y me lo ofrecí sabiendo que era como me gusta: “tinto, grueso y volteador”. Me vi sentarme, empinar el primer trago y quedar en silencio, mirándome tomar mi cerveza. La charla comenzó algo remolona, pero se hizo más íntima a cada palabra mía. No fue fácil, sin embargo.
Hablamos lo justo y necesario, casi sin respiro, comprendiendo que el espacio del encuentro no era nuestro y que debíamos aprovecharlo. Hablamos de amigos, de viajes, de regresos, de sueños, de soledades, de miedos, de dudas, de derrotas, de victorias. Hablamos también de la esperanza, del optimismo, de los hijos, de otras madrugadas trágicas y maravillosas… Hablamos de hermosas hembras que nos serían inolvidables y de tres mujeres que serían imprescindibles. Hablamos solo de lo que creímos preciso, no más. Hubo después un sosiego y un brindis parco.
Fue precisamente en ese momento que escuchamos el ruido de los cascos sobre el ripio, volvimos la mirada y vimos caminar al centauro en contramano por el medio de la calle 12 de Abril, escoltado por pájaros azules con el pecho colorado. Venía como quien lo hace desde plaza Washington hacia plaza San Martín. Caminaba altivo y orgulloso, seguido de cerca por un chancho overo y embarrado que en un principio nos pareció un perro gordo. Apenas si nos miró de reojo. Esa era la llamada, lo entendimos o lo sabíamos, poco importa.
Me levanté y me fui a buscar a esa muchacha que había visto un atardecer, cerca del murallón del puerto: el rito debía cumplirse minuciosamente. Sabía que me esperaba, que estaba desnuda, que ahora que mi sexo resbala duro, urgente, goloso en la humedad del suyo, estoy desapareciendo intacto, invulnerable...
Y mientras esto pasa, soy el único parroquiano que queda en la céntrica confitería “Libertad” de Colón, fumando y tomando cerveza negra, sentado a la mesa que está junto al ventanal más chico. El humo de mi cigarrillo porfía en el aire espeso y dibuja formas absurdas, lentas y caprichosas. La madrugada se desparrama afuera, callejera y blanda, ajena por completo a lo que pienso y lo que me pasa.
Son exactamente las 5:15 del 19 de diciembre de 1959. En el sanatorio mi cabeza asoma entre las piernas de mi madre. Creo que estoy borracho, lo que me hace sentir despejado y lúcido… Cierro los ojos. Dejo de soñarme. Nazco.
Sé que una fría noche de agosto abriré de par en par mi corazón, escribiré un cuento y es éste.
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