La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net - Jaco - 'De color rojo encendido'


De color rojo encendido

Eran las once de la noche de un viernes. El sol nocturno iluminaba la ciudad y su luz entraba por la ventana de la habitación en la que estábamos recostados, cada uno en su cama, mis dos hermanos y yo. Charlábamos de lo que nos había acontecido en el día.

La charla, la luna, mis hermanos, todo producía una placentera y tranquila velada. De repente y de la nada, irrumpiendo por la ventana, cayeron sobre mi cama unas pantaletas de color rojo encendido. El habla voló y anidó por unos segundos el silencio. Nos vimos uno a otro, desconcertados, con la interrogante en los rostros. De un salto bajé de mi aposento, rápidamente dejé la recámara, descendí las escaleras casi levitando y salí a la calle para echar un vistazo a la azotea, con el objeto de confirmar la posibilidad de algún tonto haciéndonos una broma. No había nadie, sólo la noche y el silencio. Regresé con mis hermanos e intentamos buscar una respuesta ante este suceso.

La prenda no llegó desde un tendedero traída por el viento, pues vimos la fuerza con la que entró. Además, no había viento. Tampoco fue arrojada por algún vecino, puesto que las ventanas de sus casas estaban a diez metros de distancia; necesitarían un objeto pesado que acompañara tal vestimenta, y llegó solitaria. Incluso, nunca escuchamos ruidos de pisadas en la azotea y, para que alguien la hubiese aventado de tal forma, su mano tendría que estirarse tanto que la hubiéramos visto, y no fue así. Todo quedó en misterio.

Al siguiente viernes, por la noche, cuatro amigos fueron a mi hogar a buscarme. Salí a platicar un rato con ellos. Nos encontrábamos exactamente frente al portón de mi casa, ahí parados, sólo platicando. Parecía un ritual pues, sin querer, los cinco formábamos un círculo perfecto. Aquel rato de charla se fue prolongando y llegó la medianoche. Tan concentrados estábamos en la tertulia, cuando, sin saber de dónde ni en qué preciso instante, una dama ataviada con un vestido color rojo encendido, de aspecto ni elegante, ni en harapos, ya estaba ahí como un punto fijo junto a nuestra circunferencia. Los que le dábamos la espalda, volteamos a verla de reojo y regresamos la mirada. El habla voló y anidó por unos segundos el silencio. Nos vimos uno a otro, desconcertados, con la interrogante en los rostros. Después de un pequeño lapso, que percibimos como horas, la señora se retiró tranquilamente, tal como llegó, sin decir palabra alguna. Mientras la mujer se distanciaba de nosotros, nos cuestionamos el evento. Estábamos sorprendidos. Cuando aquélla dobló en la esquina, uno de mis amigos y yo corrimos hacia ella para constatar hacía dónde iría. Al llegar a la esquina, lo cual nos llevó sólo unos segundos, grata sorpresa nos ganamos, pues la mujer había desaparecido, ya no estaba. No entró a alguna casa vecina, pues conocíamos a todos los colonos y ella era totalmente una desconocida. Regresamos a la reunión. Todo quedó en misterio.

Ayer soñé con la mujer de mis sueños: el rostro más hermoso jamás visto, ojos grandes y oscuros, cabello ondulado, largo y castaño. Su boca, un manantial de deseo; senos prominentes y perfectamente redondos. Su cintura y sus caderas me tentaban a poseerla; piernas delicadamente torneadas. Portaba un vestido color rojo encendido. De pronto, llegó lo inesperado, se despojó de aquel vestido y quedó frente a mí únicamente en ropa interior, cuyas pantaletas de color rojo encendido, se quitó, lanzándolas hasta mí e incitándome a tomarla. Me acerqué lentamente a ella y, repentinamente, sonó la chicharra del reloj despertador: eran las siete de la mañana. Mi madre ya nos llamaba a desayunar.

Bajé un poco retrasado, mis hermanos ya estaban sentados a la mesa. Mi desconcierto fue ver que no había desayuno para mí, mi madre no me hablaba, sólo lo hacía con mis hermanos. Terminaron de alimentarse y mamá nos despidió. A ellos los besó, conmigo no lo hizo.

Al salir de la casa, en la entrada del portón estaba ella, sí, era la mujer de mis sueños. Quedé estupefacto. Mis hermanos hicieron como si no la hubieran visto, tomaron un taxi y se fueron; de mí no se despidieron. Entonces ella me dijo: “vengo por ti, mi nombre es Lucy, me perteneces”. No creí lo que estaba escuchando, sin embargo, accedí. Después de todo necesitaba un poco de fuego, de calor, pues últimamente mucho frío habitaba mi cuerpo. Me tomó de la mano y me fui a mi destino, me fui… con él.


Texto de Jaco agregado el 25-08-2005.
La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net