Maite contempló con ternura el rostro de Jorge. Sentado en el borde del sillón, inclinado hacia la mesita, lo preparaba todo.
–Le amo tanto... –pensó y un halo de tristeza ensombreció sus ojos–. Sería ahora buen momento para contarle que estoy embarazada, que, a pesar de todo, vamos a tener un hijo, de los dos. Pero no me atrevo. Tal vez después. Cuando el efecto de esta terrible pesadilla dé paso a la tranquilidad. Ahora no sabría que palabras utilizar. Ahora no puedo pensar.
Jorge desvió la vista de la mesa un instante y se encontró con los ojos de Maite. Le temblaban las manos. Sonrió.
–La amo tanto... –pensó y a punto estuvo una lágrima de descubrir sus sentimientos–. Como ha cambiado su rostro. Y todo por mi culpa. Ella sola no habría llegado hasta aquí. Ojalá supiera la forma de sacarla de esto. Si al menos tuviera un motivo. Algo importante que me obligara a dar el paso. Ya no tengo fuerzas para nada. Ya no puedo pensar.
De la mano, de nuevo, entraron en la noche más oscura, la que aniquila los sueños, buscando el absurdo capricho de la felicidad.
Así los encontraron a la mañana siguiente, cogidos de la mano en el sillón de siempre. El aún tenía la jeringuilla clavada en el brazo y en ella, como una sombra, el halo de tristeza se había extendido por todo el cuerpo.
© Blas León. |