“Yo no conozco mucho de la vida – decía él – pero lo único que si les puedo asegurar es que si se teme a vivirla, es mejor morir”. Él era un jovencito – digo yo – a diferencia de los otros profesores que pasaban de los cuarenta años, incluso algunos estaban para jubilarse.
Había llegado en marzo al colegio en reemplazo del profesor Ricardo, a quien se le había muerto la mamá y por esto tenía que regresar a su pueblo para encargarse del negocio familiar – una tienda de víveres – y de sus hermanos quienes estaban terminando secundaria.
Según Vladimir nunca había dado clases pero se le presentó la oportunidad y no dudó en aprovecharla. Tenía 28 años o por lo menos eso había dicho. Vivía solo. Nosotros tuvimos la oportunidad de ver su apartamento. Fue en una ocasión en que nos propuso un trabajo de aerografía, a lo que aceptamos gustosos. Los materiales eran caros para comprarlos así que ofreció que lo hiciéramos en su morada. Era bastante ascético el espacio, tenía un colchón, cojines por todo lado, su material de trabajo y lo indispensable para comer. El ambiente estaba embargado de deliciosas fragancias naturales. Era pequeño y a pesar de sus pocas pertenencias, era muy acogedor.
Vladimir solía caminar todos los días 5 cuadras antes de llegar al colegio, pues el bus no lo dejaba más cerca. Estas calles no eran muy seguras. En ellas se la pasaba mucho indigente pidiendo plata y chupando boxer. Incluso se había oído de robos y muertes en el lugar. Pero él decía: “Ya que toca pasar por ahí, no hay de otra que disfrutarlo. Cuando camino por ahí puedo ver y sentir como esa gente con lo mal que esta, lucha por ver el sol al otro día”.
Solíamos verlo hablando con algún indigente de allí y a veces le daba monedas. “Sólo Dios sabe si lo que me dicen es cierto y como sólo él lo sabe, lo que le pido es que esa moneda caiga en buenas manos”.
Además de la diferencia de edad con los otros profesores, él se caracterizaba por interesarse en nosotros. Nos gustaba hablar con él, daba buenos consejos generalmente, pero sabía safarse. “Es lo que yo creo, no es lo que tienes que hacer, no soy Dios para asegurar que sea lo correcto”.
Yo, personalmente, lo admiraba mucho. Tenía una respuesta para todo. Parecía tener el control de su vida y la llave para hacer que la de los otros fuera mejor.
Alguna vez le comenté acerca de la traición de una novia. Estaba mal en ese tiempo. La quería de veras y no quería tener más. Renegaba del amor..
- ¿Cuánto tiempo duró?
- 5 meses profe
- ¿Y fue bueno?, es decir, ¿lo disfrutaste?
- Si, profe, mucho. Por eso estaba tan enamorado de ella.
- Pues, si fue así, rescata en tu memoria esos momentos que te hacen bien y desecha los que te dañan la vida. Cuando se vive algo, se debe conservar lo bueno. Es como cuando comes una manzana, no puedes negar que está rica sólo porque hay una parte dañada. Esa parte que está rica es una prueba de que el sabor existe y se puede llegar a encontrar probando otra. Puede que encuentres una sin dañar y de ese modo puedes disfrutarlo plenamente porque ya no tienes el trabajo de descubrir el sabor, esa parte ya ha pasado, en ese momento sólo te limitas a saborearla.
- Profe, usted con esos pensamientos debe vivir una vida excelente.
- La mejor, Morales, la mejor – dijo con convicción
El día en que supimos lo que le pasó, era un día soleado. Un día que no avisaba semejante hecho tan lamentable. “Jóvenes, nos ha llegado una noticia muy triste... el profesor Vladimir se suicidó ayer por la noche”... Un silencio invadió el colegio. Después de unos instantes comenzó un pequeño murmullo que fue creciendo. Parecía cosecha de viejas chismosas “Era un fantoche” decían unos, “tanto que hablaba de vivir bien y miren como terminó” decían otros, “era un mentiroso” era el corrillo general.
No sé que le habrá pasado. No sé que temor lo invadió que prefirió morir. Lo único que sé es que me sirvió y aún me sirve mucho el lado bueno de esa manzana. |