LA ANÉCDOTA por Thelma
Mi amigo Mario es un tipo muy chistoso, una de esas personas que resultan graciosas sin pretenderlo, que te hacen siempre reír sin buscarlo. Y lo consigue con las anécdotas más inverosímiles, extraídas siempre de sus vivencias cotidianas, porque no hay máxima más verdadera que la que asegura que la realidad siempre supera a la ficción.
La primera vez que me apropié de una de sus historias lo hice sin darme cuenta, se la había escuchado contar tantas veces que la sentía como si fuese mía. Fue en una fiesta de Navidad del trabajo, una de esas horribles cenas en las que por obra del malévolo azar acabas sentado entre tu más inmediato superior y su más inmediato enemigo, así que, supongo que para romper el hielo, me sorprendí a mi mismo, narrándoles la historia de aquella vez en la que Mario dejó olvidado su móvil en la caja de un supermercado y terminó ligando con la cajera del mismo Dia al recuperarlo, sólo que en mi versión, no era Mario quien quedaba con aquella niña para cenar, sino yo.
Desde entonces he vuelto a utilizar el mismo recurso en innumerables ocasiones; de hecho cuando Mario me cuenta ahora alguna nueva anécdota de su agitada vida, presto mucha más atención a los detalles con los que me adereza el cuento; he descubierto que resultan ser la clave del éxito de sus historias.
Con este nuevo método, que por supuesto nunca he revelado a nadie, he conseguido subir quintales en el escalafón de la popularidad entre mis conocidos, amistades, allegados e incluso detractores. Lo único malo es que ahora, Mario y yo, ya no podemos ir nunca juntos a una fiesta. |