Un paria
La policía me anda buscando
por aire mar y tierra
por infligir ante la ley
mis más caros deseos:
un disco quíntuple de El Salmón
que muy bueno el jefe máximo
de la comisaría de Sol de Oro
Mayor Araoz Cutipa
(acaso tío mío y padrino)
tuvo la amabilidad nunca bien pagada
(motivo drástico de mi asilo político)
de prestarme hasta la quincena
del mes pasado
sesenta nuevos soles
disipando mi admiración por Andrés Calamaro
(y no por mi tío y padrino Araoz Cutipa).
Es por lo anterior
que vivo sumiso
tras las persianas sucias de una vieja
pensión
aquí en la selva central
donde mi padre (hermano de la víctima)
muy bueno él
actúa como cómplice y compinche
de este fallo criminal
ambos escuchando
(sorteando el estéreo)
El Salmón
del arrabalero Andrés Calamaro
y del no menos famoso
Cholo Berrocal.
MÒNICA
La conocí una buena tarde calurosa
del mes de marzo del año 2000,
en una conocida academia preuniversitaria,
en la que todos iban sólo a mirarse y coquetearse
(aunque había obviamente escasas y feas excepciones).
Ella me era muy diferente a todas,
eso no me cabía ni la menor duda,
desde el día que la pude ver por primera vez.
Tenía un aire distraído a vampiresa hermosa,
a misterio, a dark queen, a mujer fatal.
Mi primera palabra que crucé con ella fue un torpe:
“TEN”
(en referencia a un papel que era en realidad un examen de primer día de clases).
Ella dijo simple y llanamente “GRACIAS”,
pero fue suficiente para mí
(para no dormir).
Derroche de tiempo
No me gusta bailar.
Nunca me gustó hacerlo.
Siempre me pareció que bailar era una manera
digamos
acrobática y sudorosa de perder el tiempo
(tengo que estar ligeramente chispeado para encontrarle sentido al asunto).
Pero una noche alocada lo intenté.
No lo hice nada bien,
debo confesar.
Bailé feo,
horrible, peripatético.
E incluso me atrevería a aceptar que algo cabranesco,
amanerado,
otra vez peripatético.
Incluso iría más lejos,
puto.
Esa noche bailarina y debutante
me sentí un puto,
un putón,
el más putón de toda la disco.
Diana fue la primera mujer que me acompañó a hacer el tremendo papelón.
Ella insistió con las mejores intenciones del mundo,
debo suponer,
y jaló
y se ofreció a acompañarme en esa estulticia movediza,
aventurera,
pues momentos antes me había confesado,
entre sangría y ron y cigarrillos,
que me tenía gran aprecio,
y yo le había confesado
que nunca en mi vida bailé con chica alguna
(aunque ahora recordando sí lo había hecho,
una sola vez,
era una matiné,
tenía siete años,
por insistencia y alcahuetería de mamá,
bailando alcatraz –y luego Yola Polastri- con la tía Úrsula,
quien sólo se movía como gallina escarbadora
motivo por el cual –y cruel- la apodé
cariñosamente
como la cascarrona).
Diana, muy buena ella,
no tan linda pero sí linda conmigo,
comprensible,
me sorprendió en Cajamarca,
sacándome a bailar
‘porque te quiero como al hermano que nunca tuve, luismiguel’
los dos empalagados
“El amor después del amor”
del gran Fito
canción en boga ese año afiebrado.
No me sentí esta vez como el Travolta de la disco,
ningún bailarín.
sólo rescato de ese momento,
el hecho simple y convincente
de sentirme como el mejor amigo de Dianita
‘porque eres como la segunda hermana que siempre quise tener’.
Derroche de horas
Todos tomaron del pico de la botella
haciendo vivaces alegorías al alcohol.
Y a las mujeres.
Había ocho personas.
Eran las diez de la noche.
Todos estaban enamorados.
Siguieron bebiendo como vikingos
del pico de la botella,
incluso uno,
un joven avispado
de mirada como de ardilla,
lamió el suelo cuando se precipitó un chorrito de vino,
provocando estruendosas risotadas entre sus amigos
que lo llamaban cariñosamente
Fonchito
el gran Fonchito.
Uno de ellos soltó
una sonora flatulencia,
en algún momento de la noche,
y fue secundado (retado) por otro,
quien soltó una bulliciosa precipitación de entrañas,
tuviendo por ello
que correr urgentemente
al baño,
siendo aplaudido
a más no poder,
levantando todos al momento,
una botella semivacía (semillena)
y cantando a coro
¡Salud por la comunión con los amigos!
El departamento era acogedor,
de muebles viejos pero provechosos,
un estéreo sonando Beatles,
y ventanas compensadas con la brisa marina
-un mar inmundo, enmierdado, típico de Lima-
desde donde solía divisar
extasiado
Foncho
el paso presuroso y encantador
de deliciosas mujeres.
Ya había bebido demasiado,
y una sonrisa tibia le dibujaba su famélico rostro.
soñaba con la idea de ser un procaz escritor
y poder de esa manera
sentirse más que querido por los amigos que no soportaría perder.
Vivía enamorado de una joven
llamada Briseida,
que al parecer no le correspondía ese fervoroso amor.
A él parecía no importarle gran cosa el hecho de ser vejado por esa mujer,
mientras pueda escribir asuntos candentes sobre ella,
todo perfecto
(inclusive ya había conseguido hacerle el amor en reiteradas ocasiones,
entre líneas).
Todo perfecto, se decía,
como dándose fuerzas,
pero en eso, no consiguió hacerlo,
pues arrojó al suelo
sus miserias estomacales
porque así es como escribe
el queridísimo y enamoradizo
Fonchito
Mirada de ardilla.
Pájaro Muerto
Te recuerdo cuando te levantabas
todas las mañanas
la mirada sosa y la boca pastosa
buscando una vaso con agua y un alkazetser salvador.
Bebías todas las noches, lo recuerdo,
y no tenías complejos por eso,
Pájaro Muerto.
Y, cuando lo hacías,
eras como un volcán en plena erupción.
Una hecatombe,
amigo de mejores tiempos.
Era allí cuando más te quería,
Pájaro Muerto.
Era allí cuando más te quería,
Gaviota Asesinada
Por un polizonte a sueldo de tragos baratos.
Obseso sin sesos
Obsesionado con la publicación de mi primera novela, dejé de pulir la segunda y abandoné (dejé de escribir) la tercera.
Juro por mi vida (y por la de todos mis infieles lectores) que estaba brutalmente obsesionado con ella.
La mía no era una obsesión marcada por algún mal patológico ni muchos menos neuronal –pero al parecer sí hormonal, sino estaba claro que algún mal llamado ensoñación me privaba de mis citas con la cordura y la excepcional reflexión.
No dormía por verla publicada.
A veces soñaba abrazada a mí.
Bailaba con ella,
Vals
forradita
con su vinifan
tamaño estándar,
una foto mía
tomada con solapa
(por mi amigo fotógrafo
en algún baño
de discoteca)
en la solapa de la pasta, y una carátula que muy atildadamente
(y conveniente)
me regaló mi amigo el pintor, llamado Richard, una noche en su exposición, allá en San Miguel, cuando no
pensaba en escribirla, pues al parecer estaba obsesionado por otra meta:
mi empresa llamada Catalina.
La linda llamada Catalina, a quien dediqué mis humildes sesos
(y dicho sea de paso la susodicha novela, que hasta el día de hoy –es una lástima-no veo publicada).
Y debo decir que
hace un chuchonal
de años
en mi imberbe pubertad
tuve el cuajo
(intenté infructuosamente)
de escribir boberías
y chucherías
que muchos llaman
poesías
ante el juez
pido conmiseración
pues he de ser hombre y honrado
para decir que
no tuve la culpa
de esa bajeza
sino la tiene
única
y exclusivamente
la esbelta Cecilia
a quien dediqué
los desfachatados
nombre al cual tildé ese cuadernillo delirante,
comenzando por ahí
y terminando por el mismo lado
de donde vienen los tiros:
pues por lo pronto
y también es una lástima
(que no lastima)
les privaré de mis desfachatados escritos
mis indecorosos panfletos,
hasta nuevo aviso…
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