ALGO
Para enmendar mi falta grave que cometí en contra de Valentina, me animé a cortejarla nuevamente de una forma muy ajena a mis acostumbrados flirteos: ganármela sin rodeos.
Era verano del 2003, me encontraba en la selva central, y ya no pensaba en regresar a Lima, en donde me había enamorado ya tres veces, de los cuales sólo uno, el primero, había salido airoso, en cambio con las dos siguientes lo contrario: vapuleado, golpeado, casi lisiado moralmente.
- Perdóname, Valentina, por favor. Sé que estuve muy mal, te lo suplico- le susurré a Valentina muy cerca de su oído, cuando una tarde, parados sobre uno de los puentes (que no recuerdo su nombre) veíamos el paso raudo y limpio de las aguas del río Ene, a diferencia del río Rimac, seco y turbio.
- No tuviste que escribir eso sobre mí. Bastaba que tú y yo guardáramos nuestro secreto; que vengas a mí y me digas ¿sabes qué, Vale, me gustó lo de anoche, quieres volver a hacerlo?, y no andar contándolo o escribiéndolo para dárselo a tus amigotes. Ahora todos esos vagos verán en mí como una puta, Sergio, una cualquiera y regalona puta, y todo por culpa tuya- dijo Valentina, obviamente consternada y mortificada por el cuento que escribí un buen día después de una gran noche de placer con ella.
Me acerqué a Valentina, tratando de solucionar el problema que había ocasionado mi intempestivo deseo por escribir lo prohibido y contarlo todo entre líneas.
- ¿Me perdonas, bebé?- le pregunté con una vocecilla delatora de arrepentimiento y diríase también lagrimosa. Ella sonrió con malicia, vaciló en decir algo que no logré escuchar bien por la fuerza del río que se movía ferozmente por debajo de nosotros y luego, con una actitud poco usual en una chica sumisa, como sin duda lo era, me dejó visiblemente helado cuando me dijo todavía contrariada y mortificada, con absoluta razón:
- Conque te parezco una chica fácil, no? Me pareces despreciable, Sergio, un maldito cobarde cabrón. Me das asco. Adiós, escritor de pacotilla.
Tuve deseos de retroceder el tiempo hasta el momento que hacía el amor con ella en un hostal fuera de la ciudad de Pichanaki, para no llegar a casa y escribir ese maldito cuento que terminé entregando a unos patas míos entre cervezas y cañazos.
Tuve deseos de abrazarla y decirle está bien, fue mi error, lo sé, pero comprende que me vi sumamente emocionado y no pude callar ese hermoso pasaje de mi vida que tú me supiste brindar con el calor propio de la selva y tu cuerpo.
Tuve deseos de llorar y arrodillarme a los pies de Valentina y pedirle más perdón del que ya le había pedido.
Tuve deseos de volar y caer del puente a las aguas limpias de ese río llamado Ene para morir de una buena vez en él.
Tuve deseos de manifestar mi tristeza al verla subir a una mototaxi camino a Pichanaki con los ojos sollozos después de decirme adiós, escritor de pacotilla, en ese puente sin nombre del cual guardo incómodos recuerdos.
Tuve deseos de vivir para siempre en un papel.
Tuve deseos de escribir algo...
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